RITUALES DE GUERRA Y CARIÑO.

La tensión en el auto se sentía pesada. Como dinamita mojada. No explotaba todavía, pero el aire ya olía a pólvora. No decían nada. No hacía falta. Bastaba un roce, una palabra, un suspiro más fuerte, y todo volaría. El chofer tragaba saliva. No sabía por qué. Tenía las manos sudorosas en el volante.

Cuando llegaron a la casa, el silencio dolía. El chofer ayudó a Cora a bajar. Ella ni lo miró. Caminó con los puños cerrados. Sus pasos eran secos. Como cuchilladas en la acera. Lauro bajó del auto despacio. Sin prisa, pero con el miedo de alguien que sabe que va al paredón. Caminó detrás de ella. Cada paso le dolía. Cada paso era pesado.

Al cruzar la puerta, sin cerrarla, llegó el primer golpe. No era físico, pero dolía igual.

—¡Bravo! —dijo Cora, girando sobre sus talones—. ¡Bravo, Lauro! ¡Apláudete! ¡Eres una obra maestra de la hipocresía!

Lauro parpadeó. Sabía que venía, pero no pudo esquivarlo.

—¿A qué te refieres ahora? —preguntó. Su voz estaba espesa. Como hablando a través de vidrio.

—¿Sabes qué me sorprende? —siguió ella, con una sonrisa torcida—. Lo bien que encajas. Con mi familia. Con todos. Como si fueras… el hombre perfecto.

Sus ojos brillaban. Tenían lágrimas que no caerían, pero dolían. Temblaban un poco, como si algo en ella estuviera por romperse.

—¿Y eso es un problema? —dijo Lauro, cruzándose de brazos—. ¿Te molesta que no haya hecho un escándalo?

—¡Me molesta que hayas fingido! —gritó Cora, avanzando hacia él—. Que parezcas cálido, atento, amable… cuando eres cruel. Lauro. Eres cruel.

—Otra vez con eso… —murmuró él, cansado.

—¡Claro que otra vez! —Explotó ella—. ¡¿Cuándo vamos a dejar de hablar de esto?! ¿Cuándo tú decides que ya no vale la pena sentir dolor?

Lauro intentó acercarse. Ella lo empujó.

—Cora…

—¡Ella estaba ahí! ¡Sentada ahí! —gritó, su voz como cuerda tensa—. ¡Y tú no hiciste nada! ¡Nada! Ni un paso, ni un gesto, ni un parpadeo que dijera que te dolía. ¿Sabes lo que sentí al verla contigo? Como si me arrancaran el pecho. Y tú… como si nada.

—No le hablé. No me acerqué —dijo él, firme, aunque con un nudo en la garganta.

—¡Exactamente! ¡Eso me destruye! ¡Me dejaste sola! Cargando todo este veneno. Como siempre. Como todo lo que me pasa contigo.

—¡Cora, por favor! —Lauro bajó la mirada, respirando hondo. Parpadeó lento, intentando calmar algo que ya estaba fuera de control—. Yo también vivo con esto. Me culpo todos los días. Todos los días. Pero ya no puedo. Esta rabia tuya… nos está matando.

—¿Y que Quieres que te aplauda? ¿Ahora quieres que te abrace por soportarme? —rió ella con sarcasmo y rota—. ¿Quieres que celebre que sigues aquí? ¡Que eres el mártir, mientras todos creen que yo soy la loca y tu, el pobrecito Lauro con la mujer difícil!

—¡No es eso!

—¡Claro que sí! —Ella lo empujó otra vez—. Te gusta la pose de víctima silenciosa. Pero tú también estás cómodo en esta guerra.

—Lo único que quiero es superar esto —dijo él, casi susurrando—.

—¡Yo no puedo! —gritó ella. Temblaba. Caminaba de un lado a otro—. ¡No puedo mirarte sin recordar lo que hiciste!

—¡Por favor, Cora! —intentó tocarle los hombros. Ella lo apartó—. Me humillé. Te pedí perdón. Ya no sé qué hacer. Me arrastras con tus silencios, con tus ausencias, con tus explosiones.

Ella lo miró fijo. El cuerpo temblando. La voz grave:

—No soy yo la que arrastra, tu solo te arrastras por algo que ya no tiene solución, TU eres que se arrastra detrás de una vida que destruyó. Eres patético.

Las palabras lo golpearon como látigo. Algo se rompió dentro de el, tal vez el orgullo o quizá en este punto la dignidad y explotó.

—¡¿Y tú crees que es fácil?! —gritó él, profundo, como trueno—. ¡¿Crees que no me mata estar aquí, escuchándote, cargando tu odio y mi culpa cada segundo?!

—¡No me grites! —chilló ella.

—¡No me empujes! —espetó él.

—¡No me provoques! —gritó ella—. ¡No te escondas detrás de tu fachada mientras yo… me quedo vacía!

—¡¿Y tú crees que yo no?! —aulló Lauro—. ¡¿Crees que sigo aquí por placer?!

—¡Sigues porque no soportas perder!

Era cuerto Lauro no soportaba no poder controlar todo, y talvez eso lo mantenía anclado.

—¡Y tú no soportas que ya no te tenga miedo!

—¡No te soporto, Lauro! —gritó ella—. ¡No te soporto!— Hizo una pausa en cada la palabra al final.

—¡Pues aguántate! —rugió él—. Porque aquí estás. Y aquí me tienes. Me tienes jodido, Cora.

El silencio que siguió fue brutal. Ambos respiraban como animales heridos. Ella lo miraba, con rímel corrido, labios temblando. Él apenas se movía, pero los puños cerrados traicionaban su tormenta.

—Soy estúpida por no irme —dijo ella, susurrando, cortante—. Pero no iba a dejarte ir tranquilo. No iba a dejar que fueras feliz mientras yo… me quedaba deshecha.

Lauro no se movió.

—Y si mi vida es miserable —continuó, temblando—, tú vas a ser miserable conmigo. Por que cuando nos casamos, hicimos una promesa, eñ las buenas y en las malas, y ahora te juro…. Que tambien el infierno.

Y lo entendió.

Ella no lo perdonaría. Ni lo dejaría ir.

—Te odio —dijo ella, dientes apretados, temblando.

Lauro la miró. Quiso decir lo mismo. Pero no lo hizo. Sería mentira. Y decirlo significaba rendirse.

Ella se giró. Caminó al fondo, sin mirar atrás. La puerta quedó abierta. Lauro quedó allí. Sentía el cuerpo aplastado, el alma más aún.

...****************...

El televisor llevaba más de una hora pausada en azul. Pero peor que eso era el silencio. Lauro estaba recordado sobre el sofa eñ una posición de derrota. No sabía si subir o quedarse. No sabía si dormir en la recámara de invitados o en la suya. No quería otra discusión. Ni sabía qué quería ella, aunque seguramente para ella cualquierr cosa estaría mal.

Se levantó del sofá. Fue directo a la cocina. Cada noche tenía su rutina: tres galletas con chispas de chocolate y un vaso de leche. Nunca más. Nunca menos. Hasta viajando, llevaba su propio paquete. Era algo que hacía desde niño.

Sacó el paquete. Solo quedaban tres. Sonrio, pero no tomó ninguna. Solo sirvió la leche y subió.

En la escalera se cruzaron. Ella bajabacon una mascarilla verde puesta en la cara, pants viejos y una playera olgada que era de Lauro. Ella no lo miro. Él siguió subiendo. Antes de entrar a su cuarto, se detuvo en el pasillo. Desde ahí, la cocina abierta le permitió verla.

Cora sacó un vaso, sirvió leche, buscó las galletas. Ella lo hacía desde que vivían juntos. Al principio, para acompañarlo. Después, fue su propia rutina. Lauro había notado que ella lodisfrutaba demasiado.

Se sentó, pierna arriba, como siempre. Sacó un libro que él le había regalado años atrás de Romance. Ella leía poco. Pero cuando algo le atrapaba, se perdía.

Y Lauro la vio sonreír.

No era sonrisa falsa. No irónica. No molesta.

Era auténtica, de disfrute, apenas una comisura elevándose.

Él casi apostó que tenía morusas de galleta en la mascarilla.

Se congeló. Hacía tanto que no la veía así. Tan suya.

Su pecho se tensó, algo crujió por dentro. Cerró los ojos y guardó el momento como frasco para días peores.

Sin hacer ruido, bajó la mirada. Caminó a la recámara de huéspedes. No se sintió con derecho a dormir junto a ella.

Se lavó la cara. Se echó en la cama. Apagó la luz.

Justo cuando cerraba los ojos, la escuchó. Cantaba para sentirse mejor después de la pelea.

Su voz llegaba tenue, clara como si la casa supiera que era un momento solo de ellos.

Y el recuerdo llegó.

Fiesta, música, vasos de plástico y luces que parpadeaban.

Lauro y Cora, conocidos a penas, se acercan a la mesa de bebidas.

—Prepárate —le dijo ella—. Vas a quedar fascinado.

—Ah, sí… yo juzgaré eso —respondió Lauro.

Ella se notaba incómoda, nerviosa osa de que el viera, pero le gustaba.

—Soy la mejor en mi familia —dijo—. Atesóralo. Solo lo hago por ti.

—Solo por ti lo atesoraría.

Ella rió bajito si sonrisa no se fue.

Le dio el vaso. Lauro probó. Sorprendido. Sabía bien.

—Sabe bien.

—Claro. No te daría algo que no sabe bien… al chico que me ayudó a patearle el trasero al ex imbecil de mi amiga. — Se recargó cora en la mesa.

Lauro sonrió con ese gesto qie se volvio solo para ella.

Alguien desde la sala gritó:

—¡Cora! ¡Canta una canción!

Ella negó.

—Muy temprano. Deben estar más ebrios.

— Vamos ponle ambiente a esto.

Accedió solo porque Lauro la miraba. Esa noche era suya.

Se subió a una silla. Conectó la canción. Vieja balada pop latino. No gran voz, pero actitud. Todos rieron, aplaudieron.

Lauro la vio embobado, incluso cuando chico se acercó y bailó con ellax

Ella bailaba. Señalaba al nada. Luego lo señaló a él:

—“Te lo dije, papacito, no sabías lo que perdías”.

Rieron todos. Él también. Pero no despegó la mirada.

Desde ese instante supo. Esa mujer le iba a partir la madre.

De vuelta al presente.

Lauro abrió los ojos. Techo oscuro su pecho dolía. No de tristeza. De memoria.

La voz de Cora seguía bajita, mientras terminaba la canción abajo.

Él no bajó. No abrió la puerta. No se acercó.

Sonrió escuchándo su melodiosa voz.

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