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CAPÍTULO 9-
Comencé a practicar subíendome a una mesa, intentando hacerla flotar conmigo encima. Al principio, no lo lograba.
Pasó una hora… y nada.
La frustración empezó a apoderarse de mí. ¿Por qué no podía hacerlo? Sabía que el poder estaba ahí, lo sentía… pero no respondía.
Entonces recordé las palabras de mi nana: la clave está en la concentración.
Cerré los ojos, respiré hondo y comencé a canalizar mi energía, enfocándo la únicamente en la mesa. Todo a mi alrededor desapareció. Solo existíamos la mesa… y yo.
Y entonces, sucedió.
La mesa se elevó suavemente del suelo… conmigo encima.
—Esto está mucho mejor… —murmuré, sonriendo con satisfacción.
A la mañana siguiente, salí al amanecer. El cielo aún no estaba completamente iluminado, pero tampoco oscuro; era ese punto perfecto en el que todo parece suspendido entre la noche y el día.
Tenía un objetivo claro: encontrar un lugar en el ala oeste donde pudiera practicar sin ser vista, pero que recibiera suficiente luz del sol.
Floté por encima del ala, con cautela. Sabía que, aunque no hubiera nadie visible, siempre había guardias ocultos, vigilando.
Finalmente, lo encontré.
Un punto elevado, fuera del ángulo de visión desde abajo, pero bañado por la luz suficiente.
—Primer paso… hecho.
Descendí con cuidado, esperando que nadie me hubiera visto. Todo parecía tranquilo… pero en ese lugar, nunca se podía estar completamente segura.
De vuelta en mi habitación, me preparé para el siguiente intento.
—Tengo que hacerlo otra vez… —susurré—.
Pero primero… los planos.
Cerré los ojos.
Imágenes comenzaron a surgir de mis recuerdos. Respiré lenta y profundamente. El silencio me ayudaba a concentrarme.
Busqué entre mi memoria… y lo encontré.
Unos planos que había visto tiempo atrás, cuando acompañé a mi esposo a su lugar de trabajo.
Inhalé… exhalé…
—Deseo este manual.
Abrí los ojos.
Una luz brillante envolvió mis manos, y allí estaba.
El manual.
—Fantástico… —exclamé, maravillada.
Decidí intentar algo más.
—Ahora… Algo diferente.
Repetí el proceso, concentrándo me con más precisión. Esta vez imaginé un helado de chocolate.
Abrí los ojos.
Y apareció frente a mí.
Justo en ese momento, la nana entró en la habitación y me encontró comiéndome lo.
—¿Quieres, nana? —le ofrecí con naturalidad.
—¿De dónde sacaste eso? —preguntó,
sorprendida.
Sonreí.
—Dime un sabor.
—Vainilla —respondió, aún desconfiada.
Cerré los ojos otra vez. Imaginé distintos tipos de helado de vainilla, uno tras otro.
—Quiero uno de este tipo…
Al abrirlos, varios helados aparecieron frente a mí.
Tomé uno y se lo entregué.
—Está rico, ¿no?
La nana asintió lentamente, todavía asimilando lo que acababa de ver.
—Voy a poner una heladería —dije con entusiasmo.
Ella arqueó una ceja.
—Es un buen negocio… pero ¿cómo piensas hacerlo sin dinero?
Me quedé en silencio por un momento.
—Buen punto… —admití—. Tendré que conseguirlo.
Ambas nos quedamos allí, probando los helados, mientras una nueva idea comenzaba a tomar forma en mi mente.
Y así, Sofía continuaba enseñándome todo lo que debía saber una dama: etiqueta, protocolos, cómo presentarme ante emperadores y personas de mayor rango, y cómo comportarme frente a quienes tenían un estatus inferior al mío.
También aprendía sobre administración, economía y política.
Gran parte de ese conocimiento lo adquiría leyendo en la biblioteca, mientras mi nana me explicaba todo aquello que sabía y completaba lo que los libros no decían.
Sofía tenía una esperanza que nunca decía en voz alta: que cuando yo alcanzara la mayoría de edad, me sacaría de esa casa y me llevaría a un lugar donde la maldad de esa familia no pudiera alcanzarme.
Por eso me enseñaba todo.
Pero yo tenía otros planes.
Seguía investigando, averiguando cada detalle sobre mis padres… y sobre la madre de Simone.
No pensaba quedarme sin respuestas.
Fue en la biblioteca donde encontré algo que no debía existir.
Un libro antiguo, oculto entre otros más comunes, sin registro alguno. Como si alguien hubiera querido borrarlo de la existencia.
Lo abrí.
Nombres. Fechas. Símbolos.
Y entonces… lo vi.
El nombre de mi madre.
Mi corazón se detuvo por un instante.
Seguí leyendo.
No había sido un obra del destino.
Había sido planeado.
Y el nombre que aparecía junto al suyo…
era el de la madre de Simone.
Cerré el libro de golpe, con las manos temblorosas.
Un frío recorrió todo mi cuerpo.
—Así que era verdad… —susurré.
Esto no era solo supervivencia.
Era venganza.
En cuanto al gimnasio…
Lo logré.
Pero no todo salió como esperaba.
Mientras practicaba, concentrada en mover los objetos sin tocarlos, sentí algo extraño.
Como si alguien me estuviera observando.
Abrí los ojos de golpe.
Nada.
El lugar estaba vacío… en silencio.
Demasiado silencio.
Fruncí el ceño.
—Solo es mi imaginación… —murmuré, aunque ni yo misma lo creía.
Horas más tarde, al regresar a mi habitación, noté algo diferente.
La nana estaba inquieta.
—¿Ocurre algo? —pregunté.
Ella dudó antes de responder.
—Hoy… uno de los guardias preguntó por ti.
Mi cuerpo se tensó.
—¿Por mí?
Asintió.
—Dijo que había visto… algo extraño en el ala oeste. No supo explicarlo bien. Solo mencionó que parecía que “algo flotaba”.
El aire se volvió pesado.
Mi mente comenzó a trabajar rápidamente.
Había sido descuidada.
Apreté los puños con fuerza.
—¿Dijo algo más?
—No… pero no me gustó su tono.
Guardé silencio.
Entonces no estaba imaginando cosas.
Alguien había visto algo.
Y eso solo significaba una cosa…
Ya no estaba completamente a salvo.