"A veces, el final de un matrimonio es solo el prólogo de tu verdadera historia de amor."
A sus 40 años, Elena creía tener la vida perfecta: un matrimonio sólido de dos décadas y una posición social envidiable. Todo se derrumba la noche en que descubre que su esposo, el frío y calculador Julián, no solo le es infiel, sino que planea dejarla en la ruina para iniciar una nueva vida.
Humillada y al borde del abismo, Elena decide que no será la víctima de esta historia. En su camino hacia la libertad, aparece Gabriel, un hombre mucho más joven, audaz y peligrosamente encantador, que ve en Elena la pasión y el fuego que Julián intentó apagar durante años.
Mientras Elena orquesta su venganza contra el hombre que la traicionó, deberá enfrentar sus propios prejuicios: ¿Es demasiado tarde para volver a amar? ¿O es este el momento perfecto para descubrir quién es ella realmente?
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capitulo 3
Gabriel se inclina un poco, invadiendo mi espacio con una confianza que no resulta molesta. Huele a lluvia y a algo limpio, como el aire después de una tormenta.
—La mirada de alguien que acaba de decidir que el mundo no es suficiente. Es una mirada peligrosa, Elena. Y muy hermosa.
Me quedo sin palabras. Durante años, los cumplidos de Julián eran sobre mi eficiencia o sobre lo bien que me veía con tal joya que él había comprado. Nadie me había hablado de mi mirada, de lo que había detrás de la máscara.
—Solo estoy cansada, Gabriel. No soy peligrosa.
—Eso es lo que dicen todos los que están a punto de incendiarlo todo —responde él con una sonrisa juguetona—. ¿Te gusta la obra?
—No entiendo mucho de arte moderno. Solo sé lo que me hace sentir. Y esto me hace sentir que el hierro también puede llorar.
Gabriel me mira con una intensidad que me obliga a apartar la vista. Hay algo en él que me desarma. No es solo que sea guapo, que lo es, con esa mandíbula marcada y esos ojos que parecen leerte el alma. Es la forma en que me escucha, como si mis palabras fueran lo más importante en esta sala llena de gente influyente.
—Eres interesante, Elena. ¿Vienes mucho por aquí?
—Es mi primera vez en años. He estado... ocupada siendo otra persona.
—Bueno, me gusta la persona que eres hoy —dice él, dando un paso más hacia mí—. ¿Quieres tomar una copa de vino? Prometo no hablar de arte si tú prometes no huir.
Acepto. Pasamos la siguiente hora hablando. Me pregunta qué hago, pero no le doy detalles de mi matrimonio ni de mi enfermedad. Le hablo de los libros que me gustaban antes de que Julián los llamara "pérdida de tiempo", de mi abuela, de cómo me gusta el olor de la tierra mojada. Él me cuenta que es fotógrafo, que busca capturar la verdad en los rostros de la gente porque la mayoría de las personas viven vidas de mentira.
—¿Y tú, Gabriel? —pregunto, sintiendo el efecto del vino—. ¿Vives una vida de verdad?
Él se queda pensativo, mirando el fondo de su copa.
—Lo intento. Pero a veces la verdad es solitaria. Por eso, cuando encuentro a alguien que parece tener una verdad que contar, no puedo evitar acercarme.
El ambiente en la galería se vuelve más íntimo a medida que la gente se marcha. Siento que estoy en una burbuja, lejos de la casa de mármol frío, lejos de Rebeca y sus huevos benedictinos, lejos del diagnóstico que me espera en el cajón de mi vestidor. Por un momento, soy solo Elena. Una mujer que atrae la atención de un hombre joven y lleno de vida.
De repente, mi teléfono vibra en el bolso. Es un mensaje de Julián.
"¿Dónde demonios estás? Rebeca se siente mal y no sé dónde están las medicinas que el médico le dio. Vuelve ahora mismo."
La burbuja explota. El peso del aire vuelve a caer sobre mis hombros con una fuerza brutal. Miro a Gabriel, que ha notado el cambio en mi expresión.
—Tengo que irme —digo, dejando la copa sobre una mesa cercana.
—¿Pasa algo? ¿Te sientes mal? —pregunta él con una preocupación genuina, dando un paso hacia mí.
—No, estoy bien. Solo que... la realidad me acaba de encontrar.
Gabriel me toma del brazo con suavidad.
—Elena, espera. No hemos terminado de hablar.
—Lo siento, Gabriel. De verdad.
—Dame tu número —pide él, casi con urgencia—. Sé que suena a cliché de película, pero no quiero que te vayas así. Siento que te estoy perdiendo antes de haberte encontrado.
Saco una tarjeta de mi bolso, una de mis tarjetas personales que casi nunca usaba, y se la entrego. Él la guarda en el bolsillo de su camisa, justo sobre el corazón.
—Te llamaré —dice con firmeza.
Salgo de la galería casi corriendo. El aire nocturno me golpea la cara. Conduzco de regreso a casa, con las manos apretando el volante hasta que los nudillos se ponen blancos. Al entrar, las luces de la sala están encendidas. Julián camina de un lado a otro, visiblemente furioso. Rebeca está tumbada en el sofá, con una manta sobre las piernas, gimiendo dramáticamente.
—¡Por fin! —grita Julián en cuanto me ve—. Te he mandado diez mensajes. Rebeca tiene náuseas y no encontrábamos nada. ¿Dónde estabas con esa pinta de... de qué te has hecho en el pelo?
Lo miro con un desprecio tan absoluto que él se queda mudo por un segundo. Camino hacia la cocina, saco un frasco de antiácidos del armario de arriba y lo tiro sobre la mesa del centro.
—Ahí tienes. No es una emergencia médica, Julián. Es un embarazo, no una discapacidad. Y la próxima vez que me hables en ese tono, el próximo mensaje que reciba será de mi abogado.
Paso por su lado, ignorando su mirada de asombro ante mi nuevo aspecto y mi actitud. Subo las escaleras y entro en el vestidor. Me quito el vestido verde esmeralda y me pongo un camisón de seda negra. Me siento frente al tocador y me miro.
Tengo cáncer. Mi marido me ha engañado y ha metido a su amante en mi casa. Tengo los días contados.
Pero también tengo el número de un hombre que me mira como si fuera un tesoro, y tengo una tarjeta de crédito con un límite muy alto.
Miro el teléfono sobre la mesa. No hay llamadas de Gabriel todavía, pero sé que vendrán. Por primera vez en nueve años, no tengo miedo de lo que vendrá mañana. Tengo curiosidad.
Me acuesto en la cama de invitados, que a partir de ahora será mi fortaleza. Escucho los murmullos de Julián y Rebeca en el pasillo, pero esta vez, cierro los ojos y los imagino como ruidos de fondo, como el viento golpeando una ventana que ya no puede romperse.
Me toco el pelo corto. Me siento ligera. Me siento peligrosa.
Y mientras me quedo dormida, solo puedo pensar en una cosa: mañana va a ser un día muy largo para Julián, y un día muy corto para la muerte.