El miedo….. cualquier persona lo tiene Dicen que los niños son más miedosos pero es eso verdad? O solo lo usan de excusa para no aceptar los miedos de los adultos , fantasmas, zombis o cualquier género que se vea un viernes por la noche con comida ¿Dirías tus miedos?…. Tal vez los ruidos de tu casa sean reales…
NovelToon tiene autorización de maleramram para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Nunca se fueron
Nadie gritó.Eso fue lo más extraño.
Porque había algo ahí. Algo real. Algo imposible. Y aun así… el mundo siguió.
Una silla se movió en otra mesa. Alguien pasó páginas. La señora Purklin siguió limándose las uñas como si nada.
Como si no lo viera.
Como si solo nosotras pudiéramos.
Apreté el brazo de Sofía sin darme cuenta.
—No te muevas… —susurré.
Pero ella no me escuchaba.
Estaba mirando fijo.
A esa figura.
—Illimani… —repitió, más bajo, como si la palabra se le escapara sola.
Sentí un escalofrío más fuerte que todos los anteriores.
—¿Cómo sabés ese nombre?
No respondió.
Su respiración se volvió irregular.
—Yo… yo lo olvidé —murmuró—. Estoy segura de que lo olvidé…
La figura no se movía.
Pero tampoco desaparecía.
Era distinta a Hunter.
Más… definida.
El cabello largo caía sobre su rostro, ocultándolo en parte, pero sus ojos… esos ojos no se apartaban de Sofía.
No de mí.De ella.
Entonces lo entendí.No era el mismo.
No era Hunter.
Había más.
—Sofi… —dije con cuidado—. ¿Ese es tu…?
No terminé la frase.
Ella asintió apenas.
—Sí.
Silencio.
Y en ese instante…
La figura inclinó la cabeza.Un gesto mínimo.Pero suficiente.Sofía soltó un pequeño jadeo.
—Nos reconocen… —susurró.
Mi mente empezó a girar.
Hunter.
Illimani.
Los dibujos.
Los casos.
Los niños.
No era uno.
Nunca lo fue.
—Tenemos que irnos —dije de golpe.
Sofía no reaccionó.
—Sofi.
Nada.La figura dio un paso.
No hizo ruido.Pero el aire cambió.Más frío.Más denso.
—¡Sofía! —la sacudí.
Parpadeó.
Como si despertara.
—¿Qué?
—Nos vamos. Ahora.
No discutió.
Cerré el libro de golpe, agarré el recorte del periódico y lo metí en la mochila sin pensar. Tomé su mano y empezamos a caminar.
Despacio al principio.
Sin correr.
Como si eso fuera a hacer una diferencia.
Pasamos entre los estantes.
La figura seguía ahí.
Pero no nos bloqueó el paso.
Solo… observaba.
Cuando llegamos al mostrador, la señora Purklin levantó la vista.
—¿Encontraron lo que buscaban?
Su voz sonaba normal.
Demasiado normal.
—Sí —respondí rápido.
—Qué bueno —dijo, sonriendo apenas.
Y entonces…
Sus ojos bajaron.
A mi mochila.
Donde estaba el recorte.
La sonrisa desapareció.
Por un segundo.
Uno muy corto.
Pero lo vi.
—Tengan cuidado con lo que leen —agregó, volviendo a limar sus uñas.
Un escalofrío me recorrió.
—¿Por qué? —preguntó Sofía.
La señora no levantó la vista.
—Porque hay cosas que… prefieren quedarse olvidadas.
Silencio.
No respondimos.
Salimos.
El aire de afuera golpeó fuerte.
Más liviano.
Más real.
O eso parecía.
Caminamos unos metros sin hablar.
Hasta que finalmente Sofía se soltó.
—No era como lo recordaba —dijo.
—¿Lo recordás ahora?
Asintió lentamente.
—Partes… —murmuró—. Él… siempre estaba lejos. Nunca tan cerca.
Tragué saliva.
—Hunter también cambió.
Nos miramos.
Y en esa mirada…
Estaba todo.
Esto no era un recuerdo.
Era algo activo.
Algo que volvía.
—¿Qué decía el papel? —preguntó Sofía.
Saqué el recorte de la mochila con manos todavía temblorosas.
—Que no hay que nombrarlos… ni recordarlos.
Ella soltó una risa seca.
—Llegamos un poco tarde para eso.
No respondí.
Porque había algo más.
Algo que no había dicho todavía.
—También decía que el vínculo se fortalece con la atención.
Silencio.
—Genial —murmuró—. Entonces básicamente los estamos haciendo más fuertes.
Asentí.
—Sí.
Nos quedamos quietas en la vereda.
El sol seguía brillando.
La gente pasaba.
Autos.
Ruidos.
Todo normal.
Pero ahora sabíamos la verdad.
—No son imaginarios —dijo Sofía.
—No.
—Y no son uno solo.
Negué.
—No.
Bajé la mirada hacia mi muñeca.
La marca…
Había cambiado.
Ya no parecía una presión.
Era más definida.
Como si algo se estuviera marcando desde adentro.
Levanté la vista.
—Nos eligieron.
Sofía apretó los labios.
—No.
La miré.
—¿Qué?
—No nos eligieron ahora —dijo, con una certeza que no había tenido antes—. Ya lo habían hecho.
Un silencio más profundo cayó entre nosotras.
Porque eso significaba algo peor.
Mucho peor.
No era que estaban volviendo.
Era que…
Nunca se fueron.