Él es peligroso, distante y está rodeado de mujeres que harían lo que fuera por su poder. Sin embargo, Elena ha tomado una decisión: el hombre más temido del ejército será suyo. Aunque deba romper su propia timidez para reclamar el corazón de hielo que nadie ha logrado incendiar.
En la guerra del deseo, la vulnerabilidad es el arma más letal.
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capitulo 10
Habían pasado dos semanas desde que envié aquella carta impulsiva, sellada con cera roja y cargada de una confesión que me hacía temblar cada vez que la recordaba. Dos semanas en las que Lady Genevieve se había encargado de convertir el cuartel en su salón de té personal, apareciendo día tras día con el pretexto de "supervisar los intereses de su prometido de facto".
Sus ataques ya no eran directos; eran sutiles, como el veneno que se desliza en una copa de vino. Comentarios sobre el futuro matrimonio de Alistair, miradas de lástima hacia mi ropa humilde y la constante mención de sus noches compartidas antes de que él partiera.
—Elena, tienes visitas. De nuevo —suspiró el Capitán Vane, señalando hacia la puerta.
Genevieve entró, luciendo un vestido de seda escarlata que gritaba poder. Se acercó a mi mesa, golpeando suavemente un sobre de papel grueso con el emblema real.
—He recibido correspondencia de Alistair —anunció con una sonrisa triunfal—. Me cuenta que el frente está tranquilo. También dice que apenas tiene tiempo para pensar en nada que no sea la estrategia. Me preguntaba... ¿ha tenido la decencia de enviarte un simple acuse de recibo por tus aburridos inventarios?
Sentí un pinchazo de dolor en el pecho. ¿Y si Genevieve tenía razón? ¿Y si para él yo solo era un paréntesis carnal en una vida de deberes?
—No necesito un acuse de recibo para saber que estoy haciendo mi trabajo, milady —respondí, manteniendo la mirada fija en mis registros, aunque mis dedos apretaban la pluma con fuerza.
—Pobrecilla. La ignorancia es una bendición, supongo.
Justo cuando Genevieve se disponía a soltar otro dardo, un mensajero militar, cubierto de polvo y con el rostro curtido por el sol del norte, entró en la oficina. No se detuvo ante la noble; se dirigió directamente a mi mesa coja.
—¿Señorita Elena de Valois? —preguntó, jadeando—. Despacho prioritario. El Duque ordenó que se le entregara en mano y bajo sello de máxima confidencialidad.
El silencio que cayó sobre la oficina fue absoluto. Genevieve se puso pálida, su sonrisa desapareciendo como el humo. El mensajero me tendió un pergamino envuelto en cuero oscuro. No era el papel elegante de la corte; olía a humo, a campo abierto y a ese aroma cítrico y masculino que me hacía humedecer instantáneamente.
Con manos temblorosas, rompí el sello. No era cera real; era una mezcla de resina y, juraría, una mancha de sangre seca en el borde.
Ignoré la presencia de Genevieve y de Vane. Mis ojos devoraron las palabras escritas con esa caligrafía dura y angulosa que conocía tan bien.
> "Elena.
> He leído tu carta a la luz de una hoguera que no calienta tanto como el recuerdo de tu piel sobre mi escritorio. Me hablas de sombras y de fuegos que te consumen. Aquí, en el norte, el hielo es real, pero mi sangre hierve cada vez que cierro los ojos y siento tu aliento contra mi cuello.
> No escuches a las sombras que rondan el cuartel. Las lenguas de seda no saben nada de la guerra, ni de lo que un hombre está dispuesto a hacer cuando encuentra la única luz en su oscuridad. Si alguien intenta reclamar lo que es mío, recuérdales que el Muro de Invierno no tiene piedad con los traidores.
> Escríbeme de nuevo. Cuéntame cómo late tu corazón cuando piensas en mi tacto. Necesito tus palabras para no olvidar que todavía soy un hombre.
> Regresaré. Y cuando lo haga, terminaré lo que empezamos. No habrá mapas ni informes que se interpongan entre nosotros.
> A.T."
>
Un calor sofocante subió por mi pecho, instalándose en mi vientre con una fuerza que me hizo arquear la espalda sutilmente en la silla. "Terminaré lo que empezamos". La promesa de su posesión física era tan clara que sentí un espasmo de deseo que me obligó a cerrar los ojos por un segundo. Él me reclamaba. Delante de la corte, delante de sus enemigos y, sobre todo, delante de Lady Genevieve.
—¿Y bien? —la voz de Genevieve era ahora un graznido agudo—. ¿Qué dice ese trozo de papel sucio? Seguramente sea una orden de despido o una queja por tus errores.
Me levanté lentamente. Mi timidez se había evaporado, reemplazada por la seguridad de una mujer que sabe que es amada por un monstruo. Me acerqué a ella, guardando la carta en el escote de mi vestido, justo contra mi piel, donde podía sentir el calor del papel.
—Dice, milady —sonreí, una sonrisa que la hizo retroceder—, que el Duque tiene muy buena memoria. Especialmente para los detalles... íntimos. Y me ha pedido que le recuerde a cualquiera que intente "reclamarlo", que él no pertenece a nadie que no sea capaz de seguirlo al campo de batalla.
Genevieve apretó los puños, su rostro transformado por la rabia.
—¡Esto no ha terminado! —gritó antes de salir furiosa, sus tacones resonando como disparos en el suelo de piedra.
Me quedé sola con el Capitán Vane, que me miraba con una mezcla de respeto y temor.
—Elena... te has metido en la boca del lobo —murmuró—. Ella irá a la Reina. Buscará una forma de destruirte.
—Que lo intente —respondí, sintiendo el roce de la carta contra mi pecho—. El lobo me ha dicho que soy suya. Y yo no pienso soltar su rastro.
Esa noche, en mi habitación, la soledad ya no pesaba tanto. Me quité la ropa con lentitud, sintiendo el aire frío en mi piel, e imaginé que eran sus ojos los que me observaban desde las sombras. Tomé su carta y la pasé por mi cuerpo, recorriendo mis pechos y bajando por mi abdomen, imaginando que era su mano áspera la que me tocaba.
Cerré los ojos, visualizando su rostro, su mandíbula tensa y el fuego de su mirada. Mis dedos buscaron mi propio centro, buscando el alivio que solo la imagen de él podía proporcionarme. "Terminaré lo que empezamos", susurré en la oscuridad, mientras el placer me envolvía en oleadas calientes.
Él estaba lejos, luchando en una guerra de acero. Pero yo estaba aquí, ganando la guerra de los corazones.
El deseo ya no era una chispa; era un incendio forestal que amenazaba con devorar todo a su paso. Ahora, empezaba el verdadero desafío: sobrevivir a la intriga y a la espera hasta que el Muro de Invierno regresara para reclamar su premio.
Porque yo ya no era solo la chica tímida. Era la mujer del Comandante. Y Dios ayudara a quien intentara interponerse en mi camino.
lo mejor que podrías hacer es concentrarte en el trabajo y cuando todo el lío de la guerra pase dar el paso adelante con el
por el momento hay que priorizar después te vas a desahogar 😉