Lilith Gray lo perdió todo dos veces: Primero a su familia en la masacre de la manada Darkfire, y luego su corazón, cuando el hombre que le juró amor eterno la rechazó al encontrar a su "Compañera" predestinada.
Seis años después, la niña frágil había muerto. Ahora todos la conocian como "La Aniquiladora", una guerrera de élite que solo vive para el deber y el combate. Su objetivo es claro: convertirse en la Guardiana Real del Rey Rowan, el Licántropo más temido y poderoso del mundo.
Pero en la ceremonia de su nombramiento, el destino le juega una última carta. Al primer roce, el vínculo se desata: el Rey no quiere solo su lealtad, la quiere a ella. Lilith deberá elegir entre su libertad como guerrera o el poder absoluto como la Reina que nunca buscó ser.
¿Podrá entregarse al hombre por quien tanto lucho en proteger?
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Capítulo 09: Amigos, Charlas y Promesas
Los tres amiguitos descansando de verdad después de mucho tiempo...
Lilith Gray
El movimiento suave del transporte era lo más parecido a una cuna que había sentido en cinco años. Me desperté lentamente, sintiendo una calidez inusual en mi mejilla derecha. Me tomó unos segundos recordar que no estaba en mi litera dura del ala norte, sino en camino a mi destino final. Me separé con cuidado del hombro de Jay, quien seguía roncando suavemente con la cabeza echada hacia atrás.
Pobre Jay. Él, Pía y yo no habíamos pegado el ojo en casi setenta y dos horas entre la misión de los renegados y el papeleo posterior. Podían culparnos de flojos, pero habíamos ganado nuestro derecho a una siesta. Me restregué los ojos y miré por la ventana reforzada. El aliento se me escapó de los pulmones.
—Diosa Luna… —susurré.
Estábamos cruzando los límites de la Ciudad Capital. No era simplemente una ciudad; era el reino de la Diosa traído a la tierra. Los edificios de mármol blanco se alzaban como gigantes bajo el sol del atardecer, con cúpulas doradas que reflejaban la luz de una manera casi mística. La vegetación era exuberante, de un verde tan vibrante que parecía irreal, entrelazándose con la arquitectura moderna y ancestral.
—¡Despierten, pedazos de perezosos! —exclamé, dándole un golpe seco en el brazo a Jay y un empujón a Pía, que babeaba sobre su propia chaqueta.
—¡Ay, por la Diosa! —gritó Jay, saltando de su asiento y golpeándose la cabeza con el techo del transporte—. ¡Eres una bruta, Lilith! ¿Qué te pasa?
—Casi me sacas un pulmón, Lili —se quejó Pía, recomponiéndose el cabello con manos temblorosas.
—Son unos niñatos, ni los golpeé fuerte —me reí, aunque mi corazón latía con fuerza mientras señalaba hacia afuera—. Miren.
Los tres nos quedamos pegados al cristal, sumidos en un silencio de absoluta reverencia. Viajar a la Capital Real no era algo que sucediera así porque sí. Primero, debías ser invitado por el Consejo o tener un pase de sangre de la alta nobleza. Segundo, aunque los hombres lobo somos conocidos por nuestra prosperidad, el nivel de riqueza y poder que emanaba de este lugar era abrumador. Nunca había escuchado de nadie de mi entorno que entrara aquí, excepto… mis padres.
Ellos vinieron con honores cuando Darkfire era la manada más importante del continente. Yo aún estaba en el vientre de mi madre en ese entonces. Sentí una punzada de melancolía en el pecho. “Si me vieran ahora…”, pensé. Mamá, papá, estoy a las puertas del Rey. Sé que estarían orgullosos.
Llegamos al hotel asignado para los finalistas, una estructura impresionante cerca del palacio. Al bajar, nos encontramos con Débora y Kevin. Habían sido parte de mi equipo en la última misión, guerreros formidables y leales. Pero las reglas habían cambiado. A partir de este momento, los cinco (Pía, Jay, Kevin, Débora y yo) éramos contrincantes. De los cinco, solo tres alcanzarían la gloria de la Guardia Real.
—Suerte, Gray —me dijo Kevin con un asentimiento respetuoso antes de entrar.
—Igualmente —respondí con una sonrisa tensa.
Nos entregaron las llaves de nuestras habitaciones privadas. Entré a la mía y me dejé caer en la cama de sábanas de seda. Era demasiado lujo para alguien que se había acostumbrado a oler a barro y pólvora. En el armario, ya colgaba mi uniforme de gala y el de combate, ambos con el escudo real bordado. Casi lloro de la emoción.
Mi teléfono vibró. Era el grupo común que teníamos los cinco finalistas más Clark.
[Clark: Mañana por la noche es el gran banquete oficial. Conocerán al Rey Rowan en persona. Prepárense. No quiero errores.]
Todos respondimos con un "Entendido, señor". Me puse cómoda, decidida a dormir un poco más antes del gran día, sabiendo que mañana sería el día más agotador de mi vida. Me sumergí en un sueño celestial, profundo, donde no había renegados ni traiciones.
Pero mi paz no duró mucho. Un golpe firme en la puerta me sacó de mi letargo.
—¿Quién es? —gruñí, levantándome con el cabello despeinado y la cara marcada por la almohada.
Al abrir, me quedé en shock. Clark estaba allí, apoyado en el marco de la puerta con una expresión relajada que rara vez mostraba en el campamento. Llevaba varias bolsas de papel que olían a comida de verdad, de esa que tiene especias y amor.
—Oye, princesa, ¿qué tal una cena en la terraza? —dijo con una media sonrisa—. Pía y Jay ya nos están esperando arriba.
—¡Clark! —exclamé, tratando de taparme un poco con mi camiseta holgada—. Me tomaste por sorpresa, ni siquiera estoy arreglada, mírame, soy un desastre.
Él dio un paso al frente, y por un momento, su aroma a madera y poder me envolvió por completo, haciendo que Artemis diera un vuelco en mi interior. Me miró de arriba abajo, deteniéndose en mis ojos con una intensidad que me hizo flaquear las rodillas.
—Tranquila, es algo casual entre amigos —susurró, y luego añadió con una voz más suave—: Y además, estás preciosa así, Lilith.
Me sonrojé violentamente. En cinco años, Clark nunca me había llamado por mi nombre de esa manera, ni me había hecho un cumplido tan directo. Me apresuré a ponerme unos pantalones cómodos y me recogí el pelo en una coleta rápida. Nos pusimos en marcha hacia la terraza del hotel en un silencio que no era incómodo, sino expectante.
Allí arriba, la vista de la ciudad iluminada era un espectáculo de luces blancas y azules. Pía y Jay ya estaban sentados en una mesa redonda, riendo y destapando envases de comida tailandesa.
—¡Al fin llegan! —gritó Pía—. ¡Jay ya se iba a comer tus brochetas, Lilith!
—¡Mentirosaaaaa! —protestó Jay, aunque tenía salsa en la comisura de los labios él muy atrevido.
Nos sentamos y compartimos una velada magnífica. Durante esas horas, Clark no era el instructor gélido ni el Beta del Rey; era un amigo, un mentor que compartía anécdotas de sus propias batallas. Por primera vez en mucho tiempo, me permití bajar la guardia. Reímos, recordamos los momentos más absurdos del entrenamiento y disfrutamos de la comida como si fuera nuestra última cena.
Miré a Pía, que bromeaba con Jay, y luego a Clark, que me observaba con un orgullo silencioso mientras bebía de su copa. Un sentimiento de plenitud me invadió. Había perdido una manada, pero en el infierno del entrenamiento, había encontrado otra. Una basada en la elección y el sacrificio mutuo.
—Espero que el futuro, aunque sea incierto, siga siendo así —dije en voz alta, levantando mi vaso de agua.
—Lo será —afirmó Clark, chocando su copa con la mía. Sus ojos brillaron bajo la luz de la luna con una promesa que no supe descifrar—. Mañana el Rey pondrá sus ojos en ustedes. Y créanme cuando les digo que nadie queda igual después de conocer a mismísimo Rey Rowan.
—Yo no le tengo miedo a al rey, será superior y todo, pero miedo jamas voy a tener—respondí con la arrogancia que solo una Alfa puede permitirse.
—Deberías —murmuró él, aunque su sonrisa me decía que estaba ansioso por ver ese choque de trenes.
La cena terminó tarde. Nos despedimos con abrazos y buenos deseos. Al volver a mi habitación, la adrenalina y la cena me mantenían despierta. Me asomé al balcón y miré hacia el Palacio Real, esa mole de piedra blanca que brillaba en la distancia.
Mañana conocería al hombre que gobernaba mi destino. Mañana vería si todo el dolor de estos años valía la pena. Artemis estaba inquieta, moviéndose en mi interior como si olfateara algo en el aire de la capital.
“Todo va a mejorar Lilith, por primera vez estamos donde queremos y aquí vamos a quedarnos”, susurró mi loba.
—Lo sé —respondí, sintiendo un escalofrío—. Estamos listas para todo.
Me acosté de nuevo, esta vez con la mente clara. Había sobrevivido a James, había sobrevivido a perder a mis padres y al acónito. El Rey Rowan sería solo un paso más en mi ascenso.
Mañana, la Capital Real conocería a la última Alfa heredera de Darkfire. cCon ese pensamiento, me dejé vencer por el sueño, ignorando el hilo invisible que ya empezaba a tensarse entre el palacio y mi habitación.
golosa /Drool/
Haber de qué cuero, sale más correas /Proud/
el terminará postrándose...serás tú /Tongue/