La alta sociedad aveces pasa por momentos de locura, al igual que está historia que está llena de momentos locos nuestra historia estará llena de aventuras, dramas y mucha pasión.
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Responsabilidades
El amanecer llegó teñido de un gris pálido. William había preparado sus cosas, cuando Eleonora bajó las escaleras con paso firme él ya estaba de pie junto a la puerta principal, el abrigo puesto y el sombrero en la mano.
—Parto ahora, Excelencia —anunció, Eleonora asintió.
—Cuando regresas?
—Antes de que comiencen las obras del proyecto —respondió él—. Queda mucho que ordenar.
—Que tengas un buen viaje —concluyó ella.
—Y usted un buen día, mi lady.
El joven subió a su auto.
La carroza la esperaba. Ese día debía presentarse ante la corte. La reina la había solicitado temprano, preocupada por el funeral. Eleonora subió al vehículo
La carretera hacia la ciudad estaba envuelta en una neblina ligera. A Eleonora le gustaba ese trayecto.
Durante el viaje trató, con disciplina, mantener su mente en blanco. Cuando un pensamiento peligroso amenazaba con cruzar, ella lo expulsaba como si fuera humo. Era sorprendente lo rápida que se había vuelto para negarse a sí misma.
No importa. No tiene lugar en tu vida.
Repitiéndose esas palabras, finalmente llegó a la ciudad.
El Palacio Real se alzó frente a ella como una montaña blanca de mármol y vitrales. Guardias con uniformes azul profundo custodiaban las escaleras principales. El estandarte del reino —el ave dorada con las alas extendidas sobre un fondo escarlata— ondeaba en las torres más altas.
Para Eleonora, ese lugar no era solo el corazón político del país: era su segundo hogar. Había crecido allí como dama de honor, entrenada para servir a la corona, para ser la sombra y la mano derecha de su soberana. Con el tiempo, la entonces princesa se convirtió en reina, y Eleonora en la consejera más cercana que tenía.
Los guardias inclinaron la cabeza cuando ella descendió del carruaje.
—Su Excelencia, bienvenida —saludaron al unísono.
Eleonora avanzó con paso elegante, su vestido negro aún correspondiente al luto, pero su porte era regio, digno, impenetrable. A pesar del cansancio, se mantenía erguida como un pilar.
En el interior, los amplios corredores resonaban con el eco de los pasos. Sirvientes y cortesanos se abrían a su paso con respeto. Pocas personas tenían en el reino la influencia de Eleonora. Era duquesa, heredera de una de las casas más antiguas, mano derecha de la reina y enlace político con las regiones del norte. Su presencia imponía, y todos lo sabían.
En la antesala del salón privado, la doncella personal de la reina se inclinó.
—Su Majestad la espera —dijo suavemente, abriéndole las puertas.
La reina estaba de pie junto a uno de los grandes ventanales que daban al jardín oeste. La luz del día caía sobre su vestido azul profundo, resaltando las joyas que portaba con elegancia majestuosa. Al escuchar los pasos de Eleonora, giró.
—Por fin —exclamó, extendiendo las manos hacia ella—. Gracias por venir tan temprano.
Eleonora realizó una reverencia antes de que la reina, rompiendo el protocolo por su amistad, la tomara de las manos con afecto.
—Lamento no haber podido acompañarte ayer —dijo la soberana con voz genuinamente triste—. No podía abandonar la capital tan de improviso, pero envié mis respetos a tu familia.
Eleonora asintió.
—Lo sé, Majestad. Mi tío agradece sus condolencias.
La reina la observó con más atención, frunciendo el ceño con preocupación.
—Luz de mi vida, estás exhausta. ¿Dormiste algo?
Eleonora evitó la pregunta con habilidad.
—Dormí lo suficiente.
—Mentira —murmuró la reina, guiándola hacia un sofá tapizado en blanco—. Conozco esa expresión. Es la misma que llevabas cuando murió tu madre.
Eleonora respiró hondo. No quería recordar. No quería sentir. Solo necesitaba avanzar.
—Ha sido duro, pero estoy bien —aseguró, en tono diplomático.
La reina suspiró, sabiendo que no obtendría más de ella en ese tema por ahora. Se sentó a su lado y tomó aire, cambiando al asunto que realmente la había llevado a citarla.
—Eleonora, debes saber que ayer por la noche recibí una carta de tu tío. Me sorprendió su contenido. Me imagino que te habló al respecto.
—Sí —respondió la duquesa, en voz baja.
La reina la miró con seriedad regia y al mismo tiempo un dejo de ternura.
—¿Estás preparada para asumirlo?
Eleonora dudó. La respuesta debía ser simple, pero la realidad no lo era.
El tío de Eleonora, cabeza de la rama norte de la familia, había perdido a su único hijo varón. Con la muerte del primo de Eleonora, la línea directa se extinguía. Y en su carta, el hombre había expresado una decisión irrevocable: nombrarla a ella como heredera absoluta de todas sus tierras y títulos.
Un patrimonio inmenso,Eleonora exhaló lentamente.
—No sé si estoy lista. Pero sé que es mi deber.
La reina la observó con un gesto entre orgullo y preocupación.
—Tu tío te convierte en una de las mujeres más influyentes del reino —dijo—. A la altura… de muy pocos.
Ambas sabían que estaba insinuando que, con ese nombramiento, Eleonora se volvería la única duquesa con un territorio que rivalizaba en riqueza y extensión con las propias tierras reales.
—Haré lo que deba —dijo, con la voz firme que la caracterizaba.
La reina sonrió ligeramente.
—Eres la mujer más fuerte que conozco. Pero incluso las mujeres fuertes necesitan descansar.
Hablaron durante una hora más sobre el funeral, sobre los arreglos políticos que vendrían, sobre la reestructuración de las tierras del norte y sobre las audiencias que la reina quería programar en conjunto con ella.
Cuando la reunión terminó, la reina se puso de pie y la abrazó por primera vez en meses. Un abrazo sincero, cálido, de amiga más que de monarca.
—Cuídate, Eleonora —susurró—. Si necesitas algo, lo que sea, solo pide.
Eleonora cerró los ojos un instante.
—Gracias, Majestad.
El resto de la mañana transcurrió entre documentos, audiencias menores, revisiones de protocolo y conversaciones con el consejo real.
Cerca del mediodía, una de las damas de la corte se acercó a ella.
—Mi lady, ha llegado correspondencia para usted.
Eleonora tomó el sobre sin darle importancia. Siguió caminando mientras lo abría.
Guardó la carta sin leerla.