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Reencarnada Para Limpiar Mi Nombre

Reencarnada Para Limpiar Mi Nombre

Status: En proceso
Genre:Época / Reencarnación / Venganza
Popularitas:7k
Nilai: 5
nombre de autor: Jisieli

Fui obligada a casarme con un Duque y después de ello me inculparon de haberlo asesinado!!

- ¡Pero si yo no fui!

Gracias al cielo por darme una segunda oportunidad.
¡Esta vez no seré la dulce Viollet, me vengaré y limpiaré mi nombre!

NovelToon tiene autorización de Jisieli para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 9: El precio de la confianza

Viollet

El palacio de Giosem olía a incienso y a mentira.

Cada vez que cruzaba sus puertas, el aroma me golpeaba como un puñetazo en el estómago. Era el mismo olor que había impregnado mi vestido el día de mi ejecución, el mismo que flotaba en el aire cuando el verdugo ajustó el collarín de la guillotina alrededor de mi cuello. Respiré hondo y forcé a mis pulmones a llenarse de ese hedor sin vomitar.

A mi lado, Rubén caminaba con la rigidez de un soldado que se dirige al campo de batalla. Su mandíbula estaba tensa, sus hombros cuadrados, y en sus ojos grises se reflejaba la luz de las antorchas como esquirlas de hielo. Llevaba su espada al cinto —un privilegio que el rey le había concedido años atrás y que nunca le había retirado, quizá porque Emilio Rosen disfrutaba viendo el arma que algún día esperaba que lo matara— y su mano descansaba sobre la empuñadura con una familiaridad que hablaba de décadas de guerra.

—Los consejos extraordinarios siempre son una mala noticia —murmuró Lars a nuestra espalda, con la mano también en su espada.

—Esta vez no será la excepción —respondí sin volverme.

Atravesamos el gran vestíbulo, donde los retratos de los reyes pasados nos miraban con ojos de piedra. Criados con libreas color burdeos se apartaban a nuestro paso, haciendo reverencias que no lograban ocultar el brillo morboso de sus miradas. Todos sabían que algo se cocía en las altas esferas. Todos querían ver quién caía.

El Salón del Consejo estaba en el ala oeste del palacio, una cámara circular con una mesa de roble tan larga que podía sentar a treinta nobles. En el extremo, elevado sobre un estrado, estaba el trono del rey: un sillón de oro macizo con incrustaciones de rubíes que había pertenecido a su abuelo. Emilio Rosen ya estaba sentado en él cuando entramos, con las piernas cruzadas y una expresión de aburrimiento real que no lograba disimular la avidez de sus ojos verdes.

A su derecha, en un asiento reservado para la familia real, estaba Emill Dubrey. Mi cuñado. El zorro. El hombre que en otra vida había apuñalado a su hermano mientras dormía y luego me había señalado con el dedo ensangrentado.

Llevaba un jubón de terciopelo azul oscuro que le daba un aire casi juvenil, y en sus labios bailaba esa sonrisa amable que tanto me había engañado la primera vez. Cuando nos vio entrar, se puso de pie con una efusividad que me revolvió las entrañas.

—¡Hermano! —exclamó, cruzando la sala con los brazos abiertos como si fuéramos sus mejores amigos—. Qué alegría verte. Y tú, cuñada, cada día más hermosa.

Rubén no correspondió al abrazo. Se detuvo a un paso de su hermano y lo miró con una frialdad que habría congelado el mar.

—Emill.

El nombre salió de sus labios como un disparo. Emill parpadeó, confundido por la falta de calidez, pero su sonrisa no vaciló. Era un actor consumado.

—¿Algo malo, hermano? Pareces tenso. El viaje desde la costa fue pesado, supongo.

—El viaje fue bien —respondió Rubén, sin apartar la mano de su espada—. Lo que me pone tenso es enterarme de que mi propio hermano contrata asesinos para matarme.

El silencio que siguió fue tan absoluto que se oía el crepitar de las velas. Los nobles que ya estaban sentados en la mesa se volvieron hacia nosotros con expresiones que iban desde el horror hasta la fascinación. El rey enderezó la espalda en su trono, y en sus ojos verdes brilló algo que no pude identificar.

Emill, por su parte, se quedó inmóvil un instante. Luego soltó una risa que sonó forzada, como la de un actor que ha olvidado su siguiente línea.

—¿Asesinos? Hermano, no sé de qué hablas. Debes de estar cansado. O quizá alguien te ha llenado la cabeza de mentiras.

—Las mentiras —dije yo, dando un paso al frente— son tuyas, Emill. Y tenemos las pruebas.

Saqué de mi bolso las cartas que Lars había recuperado de la casa de Goran. Las sostuve en alto para que todos las vieran, con los sellos rotos pero aún reconocibles: el grifo de la casa Dubrey, el mismo que Emill usaba en su correspondencia personal.

—Estas cartas —continué, con la voz clara y firme— fueron escritas por tu mano, Emill. En ellas ordenas a un hombre llamado Goran que asesine a tu hermano en su propia cama. Y antes de que niegues haberlas escrito, quiero que sepas que tenemos testigos que pueden cotejar tu caligrafía.

Emill palideció. Solo un instante, pero lo vi. Sus dedos se crisparon a los costados, y por un momento el zorro dejó asomar sus colmillos.

—Eso es una falsificación —dijo, recuperando la compostura—. Cualquiera puede imitar mi letra. ¿Y quién es ese tal Goran? Un criminal, supongo. Un hombre que dirá cualquier cosa a cambio de unos pocos días de vida.

—Goran habló porque le ofrecí proteger a su hija —respondí, y mi sonrisa fue tan dulce como venenosa—. No porque lo torturáramos. Eso, Emill, es la diferencia entre tú y nosotros: nosotros no necesitamos la violencia para obtener la verdad. La verdad siempre sale a la luz, por más que se empeñen en enterrarla.

El rey alzó una mano, y todos enmudecieron.

—Esto es grave —dijo, con su voz de terciopelo y veneno—. Acusaciones de asesinato entre hermanos. Traición a la corona, si es cierto que se planeó matar a un duque. Pero también es grave acusar a un noble sin pruebas fehacientes. Duquesa Dubrey, ¿puede demostrar que esas cartas no fueron fraguadas?

—Podemos —intervino Rubén, sacando un segundo pergamino de su bolsillo—. Esto es un informe de mi capitán Lars, que incluye la declaración jurada de Goran y el testimonio de tres testigos que vieron a Emill reunirse con él en secreto la semana anterior al atentado. También hay un recibo de pago, con la firma de Emill, por una cantidad de oro que Goran confesó haber recibido como adelanto.

Emill dio un paso atrás. Su rostro había perdido todo el color, y en sus ojos ya no había amabilidad, sino pánico.

—Eso… eso no prueba nada —balbuceó—. Mi firma también puede ser falsificada. Todo esto es una conspiración de mi hermano para deshacerse de mí, para quedarse con la herencia…

—¿La herencia? —Rubén rió, pero su risa era un sonido amargo—. Tú no tienes herencia, Emill. Yo soy el duque. Tú eres mi hermano menor, y vives de mi generosidad. ¿Qué herencia podría quitarte si todo lo que tienes te lo he dado yo?

El golpe fue certero. Emill enmudeció, y en su rostro vi el momento exacto en que comprendió que había perdido el control de la situación.

—Majestad —dijo, volviéndose hacia el rey con una súplica en los ojos—, esto es una trampa. Mi hermano siempre me ha envidiado. Siempre ha querido verme caer. Por favor, no permita que estas mentiras…

—Silencio —lo cortó el rey, y su voz ya no era de terciopelo, sino de acero—. He oído suficiente.

Se puso de pie, y todos los nobles hicieron lo mismo por reflejo. Emilio Rosen descendió del estrado con paso lento, haciendo resonar sus botas en el mármol, y se detuvo frente a nosotros. Sus ojos verdes me recorrieron de arriba abajo, y sentí el mismo escalofrío que la primera vez, cuando me condenó a muerte con una sonrisa.

—Duquesa Dubrey —dijo, y su voz era casi un susurro—. Me impresiona su valentía. Pocas mujeres se atreverían a acusar a un noble en mi propia corte.

—No soy una mujer que tema a los nobles, majestad —respondí, sosteniendo su mirada—. Solo temo a la injusticia. Y aquí, hoy, hay mucha injusticia que desenmascarar.

El rey sonrió, pero era una sonrisa que no llegaba a sus ojos.

—Veremos. Por ahora, ordeno que el duque Emill Dubrey sea arrestado y llevado a las mazmorras, a la espera de juicio. Y ordeno también que las cartas y los testimonios sean examinados por mis propios escribas, para determinar su autenticidad.

Emill lanzó un grito ahogado cuando dos guardias se acercaron a él para esposarlo.

—¡Esto es una farsa! —gritó, forcejeando—. ¡El rey no tiene autoridad para arrestarme sin un juicio previo! ¡Exijo ver a un abogado!

—En mi reino —dijo Emilio Rosen, y su voz era hielo—, el rey tiene autoridad para todo. Llévenselo.

Los guardias arrastraron a Emill fuera del salón mientras él seguía gritando protestas. Sus ojos se encontraron con los míos un instante antes de que la puerta se cerrara, y en ellos vi un odio tan puro que me erizó la piel.

Pero también vi miedo. Y el miedo, pensé, era el mejor aliado.

 

Rubén

Algo no cuadraba.

El rey había actuado con demasiada rapidez. Demasiada disposición a arrestar a Emill sin apenas examinar las pruebas. Eso no era propio de un hombre que, según todos mis informes, estaba aliado con mi hermano en una conspiración para matarme.

Algo olía mal.

—Rubén —susurró Viollet a mi lado, mientras los nobles se dispersaban en murmullos—. El rey nos está observando.

No necesitaba que me lo dijera. Sentía su mirada como un puñal entre los omóplatos.

—Lo sé —respondí, también en voz baja—. Vámonos de aquí. Ahora.

Nos dirigimos hacia la puerta, pero antes de que pudiéramos alcanzarla, una voz nos detuvo.

—Duque Dubrey. Duquesa. Una palabra, por favor.

Era el rey. Estaba de pie junto a su trono, con las manos enlazadas a la espalda y una expresión que no supe interpretar.

Me volví hacia él, obligando a mi rostro a mostrar la neutralidad que había perfeccionado durante años.

—¿Majestad?

—Los acompaño a sus aposentos —dijo, como si fuera el gesto más natural del mundo—. Hay asuntos de los que debemos hablar. En privado.

Viollet tensó su mano sobre mi brazo, pero yo asentí.

—Como ordene su majestad.

Caminamos juntos por los pasillos del palacio, flanqueados por guardias que mantenían a raya a los cortesanos curiosos. El rey iba delante, con su paso pausado y seguro, y yo no podía dejar de pensar en todas las veces que había soñado con clavarle mi espada en el pecho por lo que le hizo a Darell.

Pero no era el momento. No aún.

Cuando llegamos a los aposentos que nos habían asignado —una suite en el ala norte, con vistas a los jardines reales—, el rey hizo un gesto a los guardias para que se quedaran fuera. Entramos los tres solos, y la puerta se cerró con un clic que sonó a sentencia.

—Siéntense —dijo el rey, señalando dos sillones frente a la chimenea.

Viollet y yo nos sentamos. El rey se quedó de pie, con la espalda apoyada en la repisa de la chimenea, y nos miró con esos ojos verdes que parecían verlo todo.

—Duquesa —comenzó, y su voz era casi amable—. Usted ha hecho hoy algo muy valiente. Pero también muy imprudente.

—¿Imprudente, majestad? —preguntó Viollet, y en su tono no había ni un ápice de sumisión—. ¿Acusar a un traidor es imprudente?

—Acusar a un traidor sin saber quién está detrás de él, sí.

El silencio que siguió fue eléctrico.

—¿A qué se refiere? —pregunté, con la mano otra vez en la empuñadura de mi espada.

El rey sonrió, y esta vez su sonrisa era diferente. No era la sonrisa del enemigo, ni la del aliado. Era la sonrisa de alguien que está a punto de revelar una carta que ha guardado durante demasiado tiempo.

—Su hermano, duque, no es más que un peón. Un títere. Alguien le ha estado dando órdenes, alguien con más poder que él. Y ese alguien no es quien usted cree.

—¿El rey? —dije, y mi voz fue un desafío.

Emilio Rosen negó con la cabeza.

—No, duque. Yo no necesito asesinar a mis nobles. Prefiero usarlos vivos. El hombre que quiere verlo muerto está más cerca de lo que imagina. Y no está en este palacio.

Viollet se puso de pie de un salto.

—¿Quién? —preguntó, y su voz temblaba, pero no de miedo—. ¿Quién es?

El rey la miró un largo rato. Luego, lentamente, sacó un pergamino de su bolsillo y se lo tendió.

—Lea esto. Y luego entenderá por qué arresté a Emill tan rápido. No fue por ayudarles. Fue para protegerles.

Viollet tomó el pergamino con dedos temblorosos. Lo desenrolló, y mientras lo leía, vi cómo la sangre se drenaba de su rostro.

—¿Qué dice? —pregunté, levantándome también.

Ella alzó la vista hacia mí, y en sus ojos violetas vi algo que nunca había visto: terror puro.

—Dice —susurró— que la persona que ordenó el asesinato de Rubén no es Emill. Es… mi padre. El conde Sergio Ritman.

El mundo se detuvo.

—¿Tu padre? —repetí, sin dar crédito—. ¿Por qué querría tu padre matarme?

Viollet dejó caer el pergamino como si quemara.

—Porque yo soy la heredera de algo que él quiere —dijo, y su voz era apenas un hilo—. Algo que mi madre me dejó antes de morir. Algo que ni siquiera yo sabía que existía hasta ahora.

El rey asintió, grave.

—Su madre, duquesa, no se suicidó. Fue asesinada. Y el motivo fue precisamente ese: un secreto que ella guardaba, un secreto que podría derribar a media nobleza de este reino. Usted es la única que puede desvelarlo. Por eso su padre la casó con el duque: para tener acceso a su fortuna y a sus ejércitos. Y por eso, cuando vio que el duque se estaba enamorando de usted y que el plan se desmoronaba, decidió eliminarlo.

Me giré hacia Viollet. Estaba pálida, temblorosa, pero en sus ojos ya no había terror. Había determinación.

—Cuéntamelo todo —dije—. Ahora.

Ella asintió, y sentándose de nuevo en el sillón, comenzó a hablar.

Y mientras hablaba, el mundo que creía conocer se derrumbó piedra a piedra.

 

Viollet

Mi madre no se había suicidado.

Toda mi vida, mi padre me había hecho creer que ella se había arrojado al vacío desde lo alto de las murallas del castillo porque no soportaba la culpa de haberme traído al mundo. Era la historia que me habían repetido desde niña, la que había llorado en las noches de insomnio, la que me había hecho sentir culpable de mi propia existencia.

Pero era mentira.

Mi madre, Lena Ritman, había sido la hija bastarda del anterior rey, Emilio Rosen padre. Una mancha en el linaje real, ocultada en un matrimonio arreglado con mi padre para que nadie hablara. Pero antes de morir, había dejado escrito un testamento secreto en el que revelaba su verdadero origen y, lo más importante, la ubicación de un tesoro real que su padre le había legado en secreto. Un tesoro lo suficientemente grande como para financiar un ejército, comprar a media nobleza y desafiar al trono.

Mi padre se había casado con ella por ese tesoro. Cuando ella se negó a revelar su ubicación, la asesinó. Y luego, cuando yo nací, me vio como la llave para abrir el cofre: la sangre de Lena corría por mis venas, y según la leyenda, solo un descendiente directo podía reclamar el tesoro.

Por eso me casó con Rubén. Por eso intentó matarlo cuando vio que él se estaba enamorando de mí y que yo podía ponerme de su lado. Porque si yo revelaba el secreto a Rubén, el poder del tesoro pasaría al duque, no a mi padre.

—Y ahora —dijo el rey, con una sonrisa amarga—, ustedes saben tanto como yo. Y tienen que decidir qué hacer con ese conocimiento.

Rubén me tomó la mano. La apretó con fuerza.

—Protegeremos a Viollet —dijo—. Eso es lo que haremos.

—No será suficiente —respondió el rey—. Su padre tiene aliados en la corte. Hombres que están dispuestos a matar por él. Y ahora que Emill está arrestado, su padre se sentirá acorralado. Un hombre acorralado es peligroso.

—¿Qué sugiere, majestad? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.

—Sugiero que encuentren el tesoro antes que él. Que lo usen para comprar la lealtad de los nobles que aún dudan. Y que luego, cuando tengan suficiente poder, destierren a su padre y a su hermana a tierras lejanas, donde no puedan hacer daño a nadie.

—¿Destierro? —Rubén arqueó una ceja—. ¿No cree que merecen la muerte?

—La muerte es demasiado fácil —dijo el rey, y en sus ojos verdes vi un destello de algo que se parecía a la piedad—. El destierro, en cambio, es una agonía larga. Saber que alguien más ocupa tu lugar, que tu nombre es borrado de la historia, que nunca podrás volver… eso duele más que cualquier cuchillo.

Lo miré, y por primera vez, vi al rey Emilio Rosen no como el enemigo que me había condenado en otra vida, sino como un hombre que también había sido víctima de mi padre. Un hombre que quizá, solo quizá, podía ser un aliado.

—Está bien —dije—. Encontraremos el tesoro. Y luego, limpiaremos mi nombre de una vez por todas.

Rubén me apretó la mano.

—Juntos —dijo.

—Juntos —repetí.

Afuera, la noche había caído por completo sobre Giosem, y las estrellas brillaban como ojos vigilantes.

La partida de ajedrez apenas comenzaba, y las piezas se movían en el tablero.

Pero esta vez, yo no era un peón.

Era la reina.

Y las reinas, en el ajedrez, siempre dan jaque mate.

______________________________

Gracias por leer 😊

1
DAISY VARGAS
el reencarno también 🤔
Iliana Curiel
Vaya autora me encantó este capítulo, me enamoré y me encanta que haces que vea cada lugar y sentimientos de los protas, que bonito gracias 🥰🥰🥰
inuyasha/ Tomoe🦊
estoy pérdida el rey que sería? es Emiliano?
inuyasha/ Tomoe🦊
quiero ver la caída del Rey, esperen Emilio que es el hermano de la madre de ella. el sería el rey?
🦋Akiro🦋
👏
noem
este capítulo no debería ir antes 👀👀
osea si está bien publicado o se publicó primero uno y después el otro
por qué a como medio entendí se supone este iba antes (osea este vendría siendo el caso 9 ) o da igual ?
Jisieli: tengo q revisar
total 1 replies
noem
gracias por publicar
Alberto Ayala
interesante 🥰se va poniendo muy interesante 🤭
(˃̣̣̣̣̣̣︿˂̣̣̣̣̣̣ )SOMEBODY
Me E N C A N T A 😌💅 DIVA EMPODERARA💅😌💅💅
Beatriz Diaz
👏muy bien gracias buenas imágenes
inuyasha/ Tomoe🦊
ya necesito la declaración de que ella renació y el de una cierta manera también pero sin recuerdos
inuyasha/ Tomoe🦊
AHHH necesito más capítulos o me va agarrar algo lo jurooooo
autora un maratón está joya se merece un maratón 🔥🔥🔥
Iliana Curiel
ahhhhh dios mío está ansiedad por leer más jajajaja ya me quedé sin uñas autora,
gracias mil gracias me encanta tu novela eres una escritora maravillosa ❤️❤️🥰🥰
Iliana Curiel
dios mío autora me mori, me regresé y me derretir por ese beso ansiado. ❤️❤️❤️❤️
Iliana Curiel
Esa hermana espero y sufra por lo que hizo
Iliana Curiel
me encanta tu historia autora 🥰🥰🥰🥰
Jisieli: Muchas gracias ❤️✨
total 1 replies
inuyasha/ Tomoe🦊
AHHH me tiene tan Atrapada necesito más capítulos plisss
Jisieli: Ya van en Camino 🤭
total 2 replies
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