Reencarné en el omega destinado a morir por amor.
Abandonado por el protagonista, incluso estando embarazado.
Esta vez no rogaré.
Me iré con mi hijo… y escribiré mi propio final feliz.
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Capítulo 8 — Donde no me quiebro
El amanecer llegó con un cielo pálido, como si la noche hubiera dejado una gasa de niebla suspendida sobre la ciudad. La capital interior despertaba con sonidos contenidos: ruedas de carretas golpeando el empedrado húmedo, vendedores levantando toldos, escobas barriendo los umbrales. Lysien salió de la posada con el abrigo bien cerrado, dejando que el aire frío le despejara la cabeza. La ausencia de Kaelen se sentía como un hueco discreto. No dolía, pero estaba ahí. Un espacio que había aprendido a reconocer.
Caminó hacia la imprenta. El olor a tinta lo recibió como una promesa conocida. Dentro, la prensa ya estaba en marcha; el golpe del metal marcaba el ritmo del día. Lysien se ató el delantal y comenzó a trabajar. Copió cartas, ordenó folletos, corrigió erratas. Su mano se movía con la seguridad de quien ha encontrado un oficio que no lo traiciona.
A media mañana, la puerta se abrió con brusquedad. Un hombre de abrigo caro entró, seguido de dos guardias del consejo del barrio. El murmullo se apagó. Lysien levantó la vista, el pulso resonándole en los oídos.
—Buscamos a Lysien Armandell —dijo el hombre, con una cortesía que no alcanzaba a los ojos.
Lysien se levantó sin prisa. No ocultó su nombre.
—Soy yo.
El hombre lo recorrió con la mirada, deteniéndose apenas en su vientre. Hizo una seña a los guardias.
—Ha llegado una queja. Se afirma que realizas labores que requieren permanecer de pie por periodos prolongados. Eso contradice las recomendaciones médicas del consejo para omegas en tu estado.
El impresor frunció el ceño.
—Aquí nadie obliga a nadie.
—No hemos venido a discutir —replicó el hombre—. Venimos a prevenir riesgos.
Lysien inhaló hondo. El aire olía a tinta y metal caliente. Dejó que el temblor pasara antes de hablar.
—No he incumplido ninguna norma. Asisto a mis revisiones. Trabajo con pausas. Si hay un problema, dígalo con claridad.
El hombre ladeó la cabeza.
—El problema es la imagen. Omegas en tu estado no deberían exponerse en espacios públicos de trabajo. Es por tu bien.
Lysien sostuvo su mirada.
—No hablen de mi bien como si no me perteneciera. Mi cuerpo no es un argumento para sacarme del lugar que ocupo.
Los guardias intercambiaron miradas. El hombre chasqueó la lengua, molesto.
—Se te notificará por escrito. Espera instrucciones.
Se marcharon. El ruido regresó poco a poco. Lysien se sentó, sintiendo el pulso en la garganta. El impresor se acercó.
—No te vayas —dijo—. Aquí no te echa nadie.
Lysien lo miró, agradecido.
—No me iré por miedo. Me iré cuando decida que es tiempo.
Al salir al mediodía, la plaza estaba más llena. El rumor de la visita del consejo corría como una corriente subterránea. Algunas miradas se alargaban; otras se esquivaban. Lysien avanzó con el abrigo cerrado y la espalda firme. Cada paso era una afirmación silenciosa: estaba ahí, ocupando su lugar.
En la ribera del río, el viento traía olor a algas y madera húmeda. Se sentó en el banco de siempre y cerró los ojos un momento. Pensó en Kaelen, en la forma en que había dicho “volveré” sin prometer imposibles. Pensó en Darian, ya sin urgencia, apenas un nombre que empezaba a perder peso.
Una mujer se sentó a su lado con una cesta de manzanas. Lo observó con curiosidad directa.
—Mi hermana fue omega —dijo—. Trabajaba hasta que la obligaron a quedarse en casa. Se marchitó.
Lysien abrió los ojos.
—Lo siento.
—No —respondió ella—. Lo siento por quienes no saben dejar vivir a los demás.
Le ofreció una manzana. Lysien la tomó. La mordida fue ácida, real. Agradeció esa simpleza.
Esa noche, la posada estaba más ruidosa. Un grupo de viajeros cantaba en una mesa. El humo de las velas dibujaba sombras en el techo. Lysien subió a su cuarto con la cabeza pesada. Abrió el cuaderno y escribió, no cuentas, sino frases que no quería olvidar: No me iré por miedo. No me quedaré por costumbre. Elegiré cada día.
Un golpe suave en la puerta lo sacó del trance. La posadera asomó la cabeza.
—Llegó una carta para ti. Del frente norte.
El corazón le dio un vuelco. Tomó el sobre. El sello era de campaña. Rompió el lacre con cuidado.
Kaelen escribía poco. Sus palabras eran rectas: el frío mordía, la frontera seguía tensa, no había grandes batallas aún. Al final, una línea distinta:
Sigo pensando en tu forma de caminar sin bajar la cabeza. Me recuerda que volver es posible.
Lysien dejó la carta sobre la mesa. Se sentó en la cama. La habitación olía a jabón y madera. Se permitió sonreír. No por promesas. Por presencia.
Apoyó la mano en su vientre.
—No nos quebraron hoy —susurró—. Y mañana tampoco.
Afuera, la ciudad seguía respirando. Dentro, Lysien aprendía a sostener su lugar en el mundo con el peso justo de su nombre.
una historia de amor, decisiones y familia 🥺✨
¿Qué parte les tocó más el corazón? 👀
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