Amanda Quiroz una mujer de belleza no evidente, su cabello de rizos rubios, y su sonrisa cautivadora es capaz de suavizar el día de cualquiera. Su vida se verá envuelta en un caos con la traición de su novio, y una noche pasión con un desconocido. Y con la llegada de Sebastián a la empresa, su vida se convertirá en un verdadero caos, de la noche a la mañana.
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Advertencia
El padre de Sebastián siempre había sido un hombre que observaba más de lo que hablaba. Su presencia no necesitaba imponerse con gritos ni amenazas; bastaba con su mirada aguda, silenciosa, para que cualquiera entendiera que nada escapaba a su control. Durante años, había construido su autoridad sobre la empresa y sobre su familia con la misma precisión quirúrgica: sin dejar cabos sueltos, sin permitir errores emocionales.
Por eso, no tardó en notar que algo no estaba bien.
Desde hacía días, Sebastián no era el mismo. No en la empresa, no en las juntas, no en los pasillos donde antes caminaba con seguridad absoluta. Su padre lo veía llegar temprano y marcharse tarde, sí, pero también lo veía distraído, ausente, con la mente en otro lugar. Un defecto imperdonable en el mundo que él había creado.
Aquella mañana, el padre de Sebastián permanecía sentado al fondo de la sala de juntas, observando. Los directivos hablaban de cifras, de estrategias, de expansiones. Sebastián presidía la reunión, pero su atención parecía fragmentada. Respondía con corrección, aunque sin la firmeza habitual. Hubo un momento en que alguien repitió una pregunta dos veces antes de obtener respuesta.
Eso bastó.
Al terminar la reunión, el padre de Sebastián se levantó con calma.
—Sebastián — Dijo.— Ven a mi oficina.
No fue una orden explícita, pero lo fue en todo sentido.
Sebastián sintió un leve nudo en el estómago. Conocía ese tono. Lo había escuchado desde niño. Caminó tras él por el pasillo largo y silencioso, consciente de que esa conversación llegaba tarde o temprano.
La oficina de su padre era distinta a cualquier otra. Más sobria, más fría. Los muebles de madera oscura parecían absorber la luz. Cada objeto estaba colocado con intención, como si el espacio mismo fuera una extensión de su carácter.
—Cierra la puerta — Dijo su padre, sin mirarlo.
Sebastián obedeció.
—Siéntate. --
Se sentó frente a él, manteniendo la postura recta, aunque por dentro sentía que algo estaba a punto de romperse.
El padre de Sebastián entrelazó los dedos y lo observó en silencio durante varios segundos. No había enojo en su expresión. Había algo peor: decepción contenida.
—Te he estado observando —dijo finalmente. — Y no me gusta lo que veo. --
Sebastián no respondió.
—Estás distraído. Tomas decisiones sin convicción. Repites errores que ya habías superado.
—Estoy bien. — Replicó Sebastián. — Solo han sido días complicados. --
Su padre negó lentamente.
—No me mientas. — dijo con voz firme. — Te conozco demasiado bien. Cuando pierdes el enfoque, siempre hay una razón. Y esta vez… tiene nombre.
Sebastián sintió cómo la sangre le subía al rostro.
—No sé de qué hablas.
—Amanda. — Pronunció su padre sin titubear.
El nombre cayó como una sentencia.
Sebastián apretó la mandíbula.
—No tienes derecho a traerla a esta conversación. --
—Tengo todo el derecho —respondió su padre—. Porque desde que ella apareció en tu vida, todo se fue al diablo. Y no pienso permitir que eso ocurra de nuevo.
Sebastián se puso de pie de golpe.
—No tienes idea de lo que estás diciendo. --
—Claro que la tengo —Replicó su padre, levantándose también—. La tuve desde el primer día en que la conociste. Desde el momento en que comenzaste a tomar decisiones con el corazón y no con la cabeza. --
Se hizo un silencio tenso.
—Amanda no es parte de este mundo —continuó—. Nunca lo fue. No entiende lo que significa esta empresa, esta familia, esta responsabilidad. Tú sí. Y eso debería bastar. --
Sebastián respiraba con dificultad.
—Ella no fue la causa de tus errores —dijo con voz firme—. Fui yo. --
— Que quieres decir con eso. —respondió su padre.— Pues por eso mismo no puedes permitirte volver a involucrarte con ella.
Sebastián lo miró con una mezcla de rabia y dolor.
—No voy a repetir nada entre tú y esa mujer. — Añadió su padre—. No voy a permitir estás perdiendo el control. No voy a permitir que pongas en riesgo todo por un sentimiento que ya te demostró ser una debilidad.
—No hables de ella como si fuera una enfermedad. — espetó Sebastián. — Es una persona. Y es la única que me ha visto como algo más que un heredero. --
Las palabras flotaron en el aire, pesadas.
El padre de Sebastián lo observó con detenimiento. Por un instante, pareció que algo se quebraba en su mirada… pero solo por un segundo.
—Precisamente ese es el problema —dijo. — No puedes permitirte ser “algo más”. Fuiste criado para liderar, no para perderte en emociones.
Sebastián negó con la cabeza.
—Esa forma de pensar es la que me hizo huir —confesó. — La que me hizo huir de aquí.
— Pero lejos no cometías errores. — Respondió su padre con frialdad. — Mira dónde estás ahora. Mira lo que has construido.
Sebastián rió con amargura.
—¿Y de qué me sirve todo esto si no puedo respirar sin sentir que algo me falta? --
El padre dio un paso hacia él.
—Escúchame bien. — Dijo con voz baja, peligrosa. — Amanda no va a formar parte de tu vida. No ahora, no nunca. Si decides ignorar esta advertencia, tendrás que asumir las consecuencias.
—¿Me estás amenazando? —preguntó Sebastián.
—Te estoy protegiendo —corrigió su padre. — De ti mismo. --
Sebastián sostuvo su mirada.
—No voy a elegir entre la empresa y ella — Dijo. — No otra vez. --
—Entonces estás eligiendo el caos. — Sentenció su padre. — Y el caos no tiene lugar aquí. --
El silencio que siguió fue definitivo.
Sebastián tomó su saco del respaldo de la silla.
—Si para ti amar es un error… entonces nunca estuvimos hablando el mismo idioma.
Se dirigió a la puerta.
—Sebastián. — Lo llamó su padre.
Él se detuvo, sin girarse.
—Piénsalo bien —dijo. — Porque esta vez no habrá marcha atrás.
Sebastián salió de la oficina con el pulso acelerado. Sabía que esa confrontación no era solo una discusión familiar. Era una declaración de guerra silenciosa.
Mientras caminaba por el pasillo, comprendió algo con absoluta claridad: su padre no temía perder el control de la empresa.
Temía perder el control sobre él.
Y por primera vez en su vida, Sebastián no estaba seguro de querer obedecer.
Porque Amanda ya no era solo un recuerdo.
Era una decisión.
Y esta vez, no pensaba huir.
Y el viejo desgraciado disfrutando fuera del país peto pendiente de todo reprochando que su hijo insiste con la empresa.
Y todavía piensas en Amanda están enamorados aunque se niegue.
Así que no te arrepientas sigue siendo profesional lo que paso en esa habitación Amanda se queda allí.
Amanda te fuiste a desahogar a un bar y te encuentras a un chico guapo sera Sebastian el hijo brillante de tu jefe pero con un carácter insufrible veremos que pasara esa noche.
Autora te deseo éxito y mucha suerte con esta nueva novela.
Gracias.