En la ciudad de las sombras de neón, el valor de una persona se mide por su capacidad de someter o su utilidad para ser sometida. Para Fah, la balanza siempre se había inclinado hacia lo segundo. Con su silueta andrógina, sus hombros rectos y ese corte wolf cut que le otorgaba una fortaleza visual que su corazón se negaba a sostener, Fah se había convertido en el accesorio perfecto para la crueldad. En los pasillos de la escuela, ella no era una joven con sueños; era un escudo, un cargador de bolsos caros, una billetera abierta y una dignidad pisoteada por quienes confundían su nobleza con debilidad.
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Muelle 14
La negociación en el muelle 14 no era más que una trampa envuelta en papel de regalo. El aire soplaba cargado de salitre y el olor a gasóleo de los cargueros oxidados. Dará caminaba con paso firme, sus tacones resonando contra el hormigón, mientras Fah iba un paso por detrás, con la mano izquierda rozando el brazalete de plata oscura y la derecha cerca de la culata de la pistola que Dará le había entregado esa mañana.
Los estibadores del sindicato, hombres de espaldas anchas y rostros curtidos, se alinearon frente a ellas. Su líder, un tipo apodado "El Ancla", escupió al suelo al verlas llegar.
—Te dije que vinieras con hombres, Dará —gruñó el Ancla, ignorando por completo a Fah—. No con una sombra que parece que se va a quebrar con la primera brisa.
Dará ni siquiera parpadeó. —Mi sombra muerde más fuerte que todos tus perros juntos, Ancla. ¿Tenemos un trato o vas a seguir perdiendo mi tiempo?
El Ancla hizo una señal casi imperceptible. De repente, desde lo alto de los contenedores de carga, tres luces láser rojas bailaron sobre el pecho de Dará. Fah lo vio antes que nadie. El entrenamiento de "Cuerpo y Acero" se activó en su cerebro como un resorte.
—¡Dará, al suelo! —gritó Fah.
El Despertar de la Escolta
Fah no esperó. Empujó a Dará detrás de un pilar de acero justo cuando el primer disparo impactó contra el hormigón, levantando astillas de piedra. La adrenalina recorrió las venas de Fah, eliminando cualquier rastro de duda.
—Quédate aquí —ordenó Fah, con una autoridad que hizo que incluso Dará levantara una ceja, sorprendida por el cambio de roles.
Fah se asomó y disparó dos veces para cubrirse mientras corría hacia el primer contenedor. Se movía con la agilidad que Dará le había forjado: rápida, letal y silenciosa. Escaló por la estructura metálica como si fuera parte de ella. Cuando llegó a la cima, se encontró de frente con el primer francotirador. El hombre intentó girar su rifle, pero Fah fue más veloz. Le propinó una patada giratoria que lo desarmó y, antes de que pudiera gritar, lo inmovilizó con una llave de cuello hasta dejarlo inconsciente.
Abajo, el caos se desató. Los hombres del Ancla sacaron sus armas, pero Dará ya había desenfundado, respondiendo al fuego con una precisión gélida. Sin embargo, estaba rodeada.
Fah saltó desde el contenedor, cayendo sobre los hombros de uno de los matones que apuntaba a Dará. Lo derribó usando su propio peso y, en un movimiento fluido, recuperó su arma.
—¡Atrás! —rugió Fah, colocándose frente a Dará, sirviendo de escudo humano mientras disparaba a las piernas de los agresores para incapacitarlos sin matarlos, siguiendo el código de "mordida controlada" que Dará le había enseñado.
En medio del tiroteo, Fah se giró un segundo hacia Dará. Tenía la mejilla rozada por una esquirla y el wolf cut revuelto por el viento, pero sus ojos brillaban con una furia protectora que nunca antes había sentido.
—Nadie toca a mi dueña —siseó Fah, disparando el último cartucho para cubrir su retirada hacia la camioneta blindada.
El Impacto: El Precio de la Lealtad
Minutos después, la camioneta se alejaba a toda velocidad del puerto, dejando atrás el humo y los gritos. Dentro, el silencio era absoluto hasta que Dará rompió la tensión. Se acercó a Fah, tomó su rostro entre sus manos y limpió con el pulgar la pequeña herida de su mejilla.
—Dijiste que me pertenecías —susurró Dará, su voz temblando levemente, no de miedo, sino de una emoción oscura y profunda—. Pero hoy... hoy no actuaste como una mascota. Actuaste como una igual.
Fah apoyó su cabeza en la mano de Dará, cerrando los ojos. El cansancio empezaba a pasarle factura, pero el brazalete en su muñeca se sentía más ligero que nunca.
—Solo soy lo que tú me hiciste ser, Dará —respondió Fah—. Y si el mundo entero quiere matarte, tendrán que pasar por encima de mis cenizas.
Dará la atrajo hacia sí, abrazándola con una fuerza que decía más que cualquier palabra. La aventura en el muelle había terminado, pero ambas sabían que esto era solo el comienzo. Los "Altos Mandos" ya no podrían decir nada; la sombra de Dará había demostrado que tenía colmillos de acero.