Gael Eryx Valcázar lo tiene todo: poder, dinero y control absoluto sobre su mundo… hasta que ella aparece.
Naelith Corvane, una chica recién graduada con grandes sueños, entra a trabajar en la empresa equivocada… o tal vez en la correcta.
Lo que empieza como una simple oportunidad se convierte en un juego peligroso de secretos, ambición y emociones que ninguno puede controlar.
Porque en un mundo donde todo tiene un precio… enamorarse puede ser el error más caro.
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Capítulo 8: Lo que el silencio permite
Las horas extras no estaban escritas en ningún contrato.
No eran una obligación formal, ni una regla explícita dentro de la empresa. Sin embargo, existían, se imponían con una naturalidad inquietante, como si formaran parte de una dinámica no dicha que solo algunos entendían. Para Naelith Corvane, aquello dejó de ser una coincidencia en el momento en que quedarse más tiempo comenzó a sentirse menos como una decisión… y más como una consecuencia inevitable.
El edificio, que durante el día respiraba actividad constante, se transformaba por completo al caer la noche. La estructura permanecía intacta, impecable, pero el ambiente cambiaba de forma casi imperceptible. El silencio no era solo ausencia de ruido; era una presencia distinta, más densa, más consciente, como si cada espacio adquiriera una intimidad que no existía bajo la luz del día.
Naelith empezó a notar esos cambios con mayor claridad en las noches que siguieron. Ya no le sorprendía encontrarse sola en el piso, ni trabajar bajo la iluminación tenue que reemplazaba la intensidad habitual. Tampoco le resultaba extraño el peso del cansancio acumulado en su cuerpo, esa fatiga silenciosa que no la detenía, pero que le recordaba constantemente cuánto estaba exigiendo de sí misma.
Lo que aún no lograba ignorar…
Era él.
Gael Eryx Valcázar no tenía razón aparente para quedarse hasta tan tarde.
No necesitaba hacerlo.
No en el sentido práctico.
Y, sin embargo, lo hacía.
No siempre de forma evidente, no siempre cerca, pero lo suficiente como para que su presencia nunca desapareciera del todo. Era como si compartieran ese espacio sin necesidad de coincidir constantemente, como si el silencio del lugar los obligara a reconocerse incluso sin palabras.
Esa noche no fue diferente.
O al menos, no al principio.
Naelith llevaba más de una hora revisando el mismo conjunto de documentos, analizando cada detalle con una precisión que comenzaba a volverse casi automática. Sus movimientos eran más lentos, más medidos, no por falta de capacidad, sino por el desgaste natural que el cuerpo imponía después de tantas horas sin descanso real.
Fue en medio de ese ritmo contenido que sintió el cambio.
No fue un sonido.
Ni un movimiento evidente.
Fue algo más sutil.
Esa ligera alteración en el ambiente que ya había aprendido a reconocer.
La presencia.
No levantó la mirada de inmediato.
No lo necesitaba.
Sabía que estaba ahí.
Y, por alguna razón que no terminaba de comprender, no quiso romper ese momento de inmediato.
Continuó trabajando unos segundos más, manteniendo la atención en el documento frente a ella, aunque su mente ya no estaba completamente enfocada en las cifras. Había algo en la quietud que los rodeaba que hacía que todo se sintiera más consciente, más presente, como si cada pequeño gesto adquiriera un peso mayor.
Cuando finalmente levantó la mirada, lo encontró a pocos pasos, observando sin intervenir.
No había sorpresa en su expresión.
Tampoco prisa.
Solo esa atención sostenida que ya comenzaba a resultarle familiar.
Pero esta vez…
Había algo distinto.
No en lo evidente.
Sino en la forma en que permanecía ahí.
Sin hablar.
Sin corregir.
Sin exigir.
Naelith no bajó la mirada de inmediato.
Sostuvo ese instante unos segundos más de lo habitual, consciente de que ese silencio no era vacío, sino compartido. No había tensión en el sentido habitual, no era esa presión constante que marcaba sus interacciones durante el día. Era algo más suave, más lento, pero no por eso menos intenso.
El cansancio parecía haber reducido las barreras que normalmente mantenían intactas.
Gael fue el primero en moverse.
No de forma abrupta, ni con la intención de romper el momento, sino con una naturalidad que hacía que el espacio entre ellos se redujera sin volverse invasivo. Se detuvo a su lado, lo suficientemente cerca como para observar el documento en el que trabajaba, pero sin interferir directamente.
Su mirada recorrió la información con rapidez.
Precisión.
Y, por primera vez desde que Naelith lo conocía…
No corrigió nada.
El silencio se prolongó.
Pero ya no era incómodo.
Era… diferente.
Naelith volvió la vista al documento, no porque necesitara hacerlo, sino porque mantener ese equilibrio le resultaba más sencillo que enfrentar directamente lo que ese momento representaba. Aun así, era imposible ignorar la cercanía, la forma en que el espacio parecía reducirse sin necesidad de contacto, la manera en que el simple hecho de compartir ese instante alteraba algo en el aire.
El tiempo pasó sin que ninguno lo marcara.
No había reloj.
No había prisa.
Solo ese momento suspendido.
Fue Gael quien finalmente rompió el silencio, pero no con una orden, ni con una corrección.
Fue algo más simple.
Más… humano.
Una observación breve sobre el enfoque del documento, dicha en voz baja, sin la rigidez habitual, sin esa distancia marcada que solía imponer en cada palabra. No era una crítica, ni una exigencia. Era una sugerencia.
Y eso, viniendo de él…
Cambiaba todo.
Naelith lo escuchó con atención, ajustando el documento según lo indicado, pero lo que más le llamó la atención no fue el contenido de sus palabras, sino el tono. Era más suave, menos cortante, como si la noche hubiera alterado incluso la forma en que él se relacionaba con el entorno.
Cuando terminó, no se apartó de inmediato.
Y él tampoco.
El silencio volvió.
Pero esta vez…
Se sintió distinto.
Más cercano.
Más consciente.
Naelith dejó el documento a un lado lentamente, permitiéndose finalmente levantar la mirada sin la excusa del trabajo. Sus ojos se encontraron con los de él una vez más, pero esta vez no había presión en ese contacto, no había evaluación constante ni expectativas inmediatas.
Solo… presencia.
Y eso, de alguna manera, resultaba más intenso.
Gael sostuvo la mirada.
Sin prisa.
Sin apartarse.
Como si no hubiera necesidad de hacerlo.
El cansancio había suavizado las defensas, había reducido la distancia que normalmente se imponía entre ellos, no de forma evidente, pero sí lo suficiente como para que ese momento existiera.
Y ninguno de los dos lo interrumpió.
Porque no hacía falta.
En ese instante, no había jerarquías.
No había exigencias.
No había reglas claras.
Solo estaban ahí.
Compartiendo un silencio que, por primera vez, no se sentía como una prueba.
Sino como un espacio.
Y aunque ninguno lo dijo…
Ambos lo entendieron.
Porque algunas cosas no necesitan palabras para volverse reales.