¿Qué harías si la única persona que puede salvarte es un "fantasma" que solo tú puedes ver?
Hades está en coma, pero su espíritu está atrapado en el mundo de los vivos, atado a Ela por un hilo rojo incandescente. Él busca una salida; ella busca una razón para seguir adelante. Están anclados el uno al otro en una lucha desesperada contra el destino. Juntos deberán enfrentar los nudos de dolor que los unen antes de que sea demasiado tarde. Una historia sobre la vida, la muerte y el poder de una conexión que no se puede romper.
Descubre "Rojo destino: El último nudo", una novela donde el amor es la única luz en la oscuridad del vacío.
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Memorias entrelazadas.
El trayecto de vuelta a casa fue una neblina de paranoia. Isela mantenía la mano apretada sobre el bolsillo de su mochila, donde el frasco de Mía se sentía como un trozo de carbón encendido. A su lado, Hades estaba inusualmente inquieto; su imagen parpadeaba con cada farol de la calle, como si la cercanía de la sustancia estuviera interfiriendo con su propia frecuencia.
Una vez a salvo en la habitación, Isela cerró la puerta y sacó el frasco. Lo dejó sobre su escritorio, bajo la luz de la lámpara. El color azul grisáceo de las pastillas parecía brillar con una luz propia, artificial y fría.
—Ela, ten cuidado —advirtió Hades mientras se acercaba al escritorio—. Ese frasco no solo contiene químicos. Contiene mi rastro. Puedo sentir la estructura del algoritmo que diseñé vibrando dentro de esas pastillas. Es como oír el eco de mi propio trabajo.
Isela miró el frasco con una mezcla de fascinación y miedo.
—Dijiste que querías saber de dónde vienen. Mía las sacó de la oficina del Director, pero alguien tuvo que ponerlas ahí.
Hades intentó tocar el frasco, pero sus dedos lo atravesaron con un chispazo de estática. Retrocedió, frustrado.
—Mi energía rechaza la sustancia, Ela. Pero tú eres el puente. Si las tocas y te concentras en nuestro vínculo, quizás podamos recuperar lo que mi memoria bloqueó tras el accidente.
Isela asintió. Extendió la mano y tomó una de las pastillas. En el momento en que el pequeño comprimido tocó su palma, el mundo alrededor de ella se fragmentó. No fue un desmayo; fue una transfusión de memoria.
De repente, Isela ya no estaba en su habitación. Vio a través de los ojos de Hades un departamento oscuro, iluminado solo por el resplandor de los monitores. Sus manos volaban sobre un teclado, introduciendo líneas de código a una velocidad asombrosa.
—Cifrado de ruta completado —escribió Hades en un chat privado con un usuario anónimo—. El sistema de logística para los fármacos de la Fase 1 ya es irrastreable. Enviando paquete de datos ahora.
—Recibido, Belmont —respondió una voz neutra—. El laboratorio farmacéutico agradece tu eficiencia. El pago ya ha sido procesado.
En la visión, Isela sintió la indiferencia de él: no le importaba la empresa ni para qué se usaría el fármaco. Solo le importaba el dinero. Pero entonces, Luna entró en la habitación. Se veía cansada y decepcionada.
—¿Otra vez trabajando para esa gente, Hades? —preguntó ella, apoyándose en la puerta—. Me dijiste que ya teníamos suficiente.
—Falta poco, Luna —respondió él sin mirarla—. Con este último pago nos vamos de aquí. Solo necesito terminar este sistema de entregas.
Isela sintió la punzada de culpa que Hades sentía en ese momento. La imagen se aceleró: registros de "suministros médicos" y un destello de una conversación donde aparecía Miller coordinando una "entrega especial" en el depósito del colegio.
—¡Basta! —gritó Isela, soltando la pastilla.
Cayó sentada en su cama, respirando con dificultad. Hades estaba frente a ella, con una expresión de absoluto vacío. El hilo rojo entre ellos vibraba con fuerza.
—Lo viste —susurró Hades—. Viste cómo les entregué las llaves sin siquiera preguntar quiénes eran.
Isela levantó la vista, todavía procesando las imágenes.
—Te dijeron que era para una farmacéutica. Te usaron, Hades. Miller te contrató bajo un nombre falso para que construyeras su red sin dejar rastro. Y cuando Luna cayó en esa misma red que vos hiciste invisible... ahí fue cuando todo se rompió.
Hades bajó la mirada. Los recuerdos que Isela acababa de desbloquear eran la pieza que faltaba.
—No fue un error. Fue una trampa. Me convertí en el arquitecto de mi propia tragedia.
Isela se puso de pie. La conexión le había dejado una claridad amarga.
—Mi padre estaba siguiendo ese rastro, Hades. Él no buscaba a un hacker criminal; buscaba el origen de esa logística que estaba matando a los chicos. Por eso Miller lo eliminó. Porque mi padre estaba a un paso de descubrir que el "cerebro" detrás del sistema era un chico engañado y que el verdadero jefe estaba sentado en la comisaría.
Hades se levantó, más nítido por la rabia.
—Ya no estamos a ciegas, Ela. Si encontramos el rastro de ese pago en los archivos de Miller, tenemos el vínculo que lo destruye.
Isela miró el frasco. La mano que los manipuló a ambos era la misma.
—Vamos a terminar lo que ellos empezaron —sentenció Isela—. Pero esta vez, el algoritmo va a jugar a nuestro favor.