"El Frágil Lazo de Ciela" es una historia conmovedora sobre la identidad, el perdón y la valentía de amar cuando el tiempo corre en contra. Una novela que demuestra que, a veces, para sanar el cuerpo, primero hay que reconstruir el alma.
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Capítulo 9: La Jaula del Verdugo
El aire en la oficina de Valenzuela se volvió irrespirable. Miriam sostenía el folio azul, pero sus ojos no estaban en el papel, sino en el rostro desencajado del abogado, quien retrocedía hacia la pared mientras se sujetaba la mano herida. Afuera, los hombres del coche negro no estaban entrando para protegerlo; estaban rodeando el edificio para que nadie saliera con el secreto que Valenzuela había guardado por dos décadas.
—¡Tú la tienes! —gritó Miriam, cuya voz resonó con una furia ancestral—. No es Julián, ni mis padres, ni mis tíos. Eres tú, Valenzuela. Siempre fuiste tú.
Diego dio un paso al frente, acorralando al abogado contra el ventanal que daba al puerto.
—El abuelo de Ciela no te tiene respeto, te tiene pánico. Por eso nos envió a "El Salto" para alejarnos de aquí. Sabía que si nos acercábamos a tu oficina, pondríamos en riesgo la vida de Beatriz. ¡Dinos dónde está ahora mismo!
Valenzuela soltó una risotada seca, cargada de una obsesión enfermiza que le deformaba las facciones.
—La amo desde que éramos adolescentes, Diego. Pero ella prefirió a ese imbécil de las caleras... prefirió entregar a su primera hija a unos desconocidos antes que estar conmigo. Tuve que "protegerla" del mundo. Tuve que encerrarla para que entendiera que solo yo podía cuidarla.
—¡La secuestraste! —exclamó Miriam, sintiendo una náusea profunda—. Usaste los pagos de mis tíos para financiar la prisión de la mujer que decías amar. Por eso el acta decía que estaba muerta; querías que nadie la buscara jamás.
El suspenso estalló cuando Valenzuela presionó un botón oculto bajo su escritorio. Una pared falsa al fondo de la oficina se deslizó con un zumbido mecánico, revelando una habitación insonorizada, decorada con un lujo asfixiante y sin ventanas. Allí, sentada en una cama y mirando hacia la nada, estaba Beatriz. Estaba pálida y delgada, pero era innegable: era la versión futura de Ciela.
—¡Mamá! —el grito de Lucía, quien había logrado subir a escondidas tras ellos, rompió el silencio del lugar.
Beatriz levantó la vista, y al ver a Lucía y luego a Diego, sus ojos se llenaron de un brillo de terror y esperanza. Intentó levantarse, pero sus movimientos eran lentos, producto de años de cautiverio.
—¡No se acerquen! —amenazó Valenzuela, sacando una pequeña navaja de su bolsillo—. Si intentan sacarla, mis hombres entrarán y nadie llegará vivo al hospital. Beatriz es mía, y si no es mía, no será de nadie.
En ese momento, el teléfono de Diego vibró en su bolsillo. Era un mensaje de texto de Miriam (la prima que se había quedado en el hospital): "Ciela ha entrado en paro. El médico dice que solo nos quedan 30 minutos. ¿Dónde están?".
Diego miró a Beatriz, luego a Lucía, y finalmente a Valenzuela. El dilema era desgarrador: salvar a la madre del secuestrador o correr al hospital con la esperanza de que la sangre de Beatriz fuera la llave final.
—Escúchame bien, Valenzuela —dijo Miriam, interponiéndose entre el abogado y la puerta—. Afuera está la policía. Mi padre me llamó; confesó todo cuando vio que Ciela se moría. Los hombres que tienes afuera ya no trabajan para ti, trabajan para el miedo a ir a la cárcel. Suéltala. Ahora.
Fue una mentira arriesgada, pero el pánico en los ojos de Miriam era tan real que Valenzuela dudó. Diego aprovechó ese segundo de debilidad para taclear al abogado, derribándolo contra el escritorio. Lucía corrió hacia los brazos de su madre, fundiéndose en un abrazo que llevaba veinte años de retraso.
—¡Tenemos que irnos! —gritó Diego, cargando a Beatriz, quien estaba demasiado débil para correr—. ¡Miriam, toma el expediente original! ¡Ahí están los exámenes de sangre de Beatriz que Valenzuela ocultó!
Salieron del edificio en medio de un caos de sirenas reales que empezaban a escucharse a lo lejos. Mientras Diego conducía como un loco hacia el hospital, en el asiento trasero, Lucía sostenía la mano de su madre. Beatriz, con lágrimas en los ojos, miró a Diego.
—Mi hija... ¿Graciela está viva? —preguntó con un hilo de voz.
—Está luchando, Beatriz. Pero ahora que estás aquí, tiene una oportunidad —respondió Diego, cruzando un semáforo en rojo.
Llegaron a urgencias justo cuando los médicos se preparaban para dar la hora del deceso. Diego entró con Beatriz en brazos.
—¡Aquí está la madre biológica! ¡Hagan las pruebas ahora!
Pasaron minutos que se sintieron como horas. Mientras Beatriz era preparada para una donación de emergencia, en la sala de partos de al lado, se escuchó un llanto agudo y fuerte: el bebé de Anais había nacido, sano y salvo, reclamando su lugar en una familia que acababa de encontrar su verdad.
Una hora después, el médico salió de la sala de operaciones. Tenía la ropa manchada de sangre, pero una sonrisa cansada en el rostro.
—Es un milagro. La compatibilidad de Beatriz es absoluta. El trasplante ha comenzado. Graciela va a vivir.
Diego se desplomó en los asientos de la sala de espera, llorando de alivio. Miriam se sentó a su lado y, por primera vez en años, sintió que el lazo de su familia no era frágil porque fuera de cristal, sino porque estaba hecho de la verdad más cruda.
Ciela despertaría en un mundo nuevo: con una madre recuperada del horror, una hermana que la amaba y el conocimiento de que el amor de Diego y la valentía de sus primas, Anais y Miriam, habían vencido a la oscuridad. El frágil lazo de Ciela finalmente se había convertido en una cadena de hierro imposible de romper.