Carlos sortea con re descubrir el amor, luego de haber sido casi desmoronando al ser repudiado por su pareja. el destino toca a su puerta nuevamente, lo dejará entrar ?
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plan en marcha
Un sonido repetitivo se escucha al fondo. El celular vibrando sobre la mesa de centro. Darío se incorpora de golpe, con el corazón saltándole en el pecho.
—Por un demonio —masculla, pasándose una mano por la cara—. Me quedé dormido en el sofá.
Mueve la cabeza de un lado a otro mientras se frota el cuello. La cervical le cruje como papel arrugado.
—Hoy me dolerá todo el día —se lamenta, poniéndose de pie con esfuerzo.
Los zapatos todavía puestos. La ropa de ayer pegada al cuerpo. La boca le sabe a poco sueño y mucho cansancio.
Entra en su cocina. Menos mal que tiene su cafetera programada. El café ya está listo, humeante y oscuro como la conciencia de un policía. Se sirve una taza grande, de esas que parecen más un tazón, y la sostiene con ambas manos como si fuera un salvavidas.
Se prepara un sándwich rápido. Pan, jamón, queso. Nada de calentar. Nada de platos. Esto es combustible, no gastronomía.
Come de pie, apoyado en la encimera, con el café humeándole la cara.
Después de comer, piensa, voy a tomar una ducha.
No quiere perder tiempo. Quiere ir a la funeraria.
Cruza los dedos mientras termina el sándwich de un bocado. Desea poder ver a Carlos. Necesita verlo. Aunque sea para que lo mire con esos ojos cansados y le diga "otra vez usted".
Pero si no está...
Si llega y solo está Gabriel, el auxiliar...
Darío sonríe mientras se dirige al baño. Una sonrisa pícara, de esas que no le conocen ni sus compañeros.
—Intentaré sobornar a su asistente por su número de teléfono —murmura, abriendo la ducha.
El agua caliente le cae por la espalda. El vapor llena el baño. Y entre el ruido del agua, Darío planea.
"Gabriel, ¿verdad? Mira, te voy a ser sincero..."
No. Mejor no ser tan directo.
"Oye, el jefe me pidió que le entregara esto en mano, ¿me das su número?"
Tampoco. Demasiado obvio.
"¿Sabes qué café le gusta a Carlos? Quiero llevarle uno... para agradecerle lo de la otra vez."
Esa puede funcionar.
Cierra la ducha. Se seca. Se viste con lo primero que encuentra: jeans negros, camisa gris, chaqueta de cuero. No está para ir a una gala. Está para ir a verlo a él.
Se mira en el espejo del pasillo. Tiene ojeras. El cabello aún húmedo. La barba de tres días.
—Estás hecho un desastre —se dice—. Pero es lo que hay.
Coge las llaves de la camioneta. El informe que dejó en la mesita de noche. El teléfono. Todo.
Antes de salir, mira su reflejo en el espejo de la puerta.
—Hoy —susurra—. Hoy le saco el número. O me muero en el intento.
Abre la puerta.
Sale.
El ascensor tarda una eternidad. O quizás solo un minuto. Pero Darío está impaciente.
Cuando pisa la calle, el sol de la mañana le da en la cara. Parpadea. Sonríe.
—Vamos, Fuentes —se anima a sí mismo, abriendo la camioneta—. Que el embalsamador no se va a enamorar solo.
Arranca el motor.
Y pone rumbo a la funeraria.
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A esa misma hora, Carlos ya estaba haciendo un cuerpo.
Un hombre mayor, muerte natural. Rápido. Sin complicaciones. Pero aun así, el cuerpo le pesaba. Todo le pesaba estos días.
—Estos días han estado agitados —murmura mientras limpia la piel arrugada del difunto.
Por un lado es bueno. Puede pagar las cuentas. La funeraria no se mantiene sola. El agua, la luz, el material fungible, el sueldo de Gabriel... todo suma.
Por otro lado, su cuerpo no da más.
Habla con la persona en la plancha como siempre hace. Es su costumbre. Su ritual. Su forma de no volverse loco en el silencio.
—Siempre es más fácil hablar con los muertos que con los vivos —le dice al señor, mientras le acomoda la mandíbula.
Y es verdad.
Desde pequeño, Carlos fue de pocas palabras. Un poco tímido. Observaba más de lo que hablaba. Y por eso mismo, porque no sabía decir que no, porque le costaba poner límites, fue que pudo caer en los enredos de su ex.
Esteban.
El nombre le aparece en la cabeza como una cuchara fría bajando por la espalda.
Esteban siempre fue un Alfa rodeado de muchas personas. Manejaba la atmósfera a su favor. Sabía cómo controlar la narrativa. Sabía cómo hacer que todos lo vieran como el buen partido, el Alfa exitoso, el que había "salvado" a Carlos de una vida mediocre.
Por eso, cuando Carlos les contó a sus amigos que Esteban lo pellizcaba cuando decía algo que él no aprobaba, no le creyeron.
"Exageras", le dijeron. "Es su forma de ser".
Cuando dijo que lo había empujado y hecho perder a su primer bebé, solo le dijeron que él era el torpe que no cuidó de su embarazo.
"Debiste tener más cuidado".
"Los Omegas deben proteger a sus crías".
"Seguro hiciste algo mal".
Carlos aprieta la pinza con más fuerza de la necesaria.
—Perdón —le dice al cadáver—. No era para tanto.
Sacude la cabeza.
—¿Por qué me puse a pensar en eso? —se pregunta en voz alta—. Ya me empezó a doler la cabeza.
Termina lo que está haciendo. Rápido. Con oficio pero sin esmero. Hoy no tiene ganas de perfección. Hoy solo quiere terminar y esconderse.
Sale de esa sala buscando a Gabriel. Necesita las pastillas. La jaqueca le empieza a latir en la sien izquierda, justo donde siempre empieza.
Camina hacia la recepción. Gabriel está allí, apoyado en el mostrador, hablando con alguien.
Carlos no se fija en quién. Solo quiere las malditas pastillas.
—Gabriel —dice, frotándose la sien—. ¿Sabes dónde están las pastillas para el dolor de cabeza?
Gabriel se gira. Pero no responde.
Porque la persona con la que estaba hablando también se gira.
Y Carlos levanta la vista.
Y ahí está.
Darío.
Con una carpeta en la mano. Con esa sonrisa de medio lado. Con los ojos verdes clavados en él como si fuera el único Omega en la sala.
—Buenos días —dice Darío, y su voz suena más suave de lo que Carlos recuerda—. Vengo por el informe.
Carlos parpadea.
El dolor de cabeza se intensifica.
O quizás no es dolor.
Quizás es otra cosa.
Pero no va a pensar en eso ahora.
—Gabriel —dice, sin apartar la mirada de Darío—. Las pastillas.
—En el cajón de su escritorio, jefe —responde el muchacho, con una sonrisa que Carlos no ve pero intuye.
—Gracias.
Carlos se da la vuelta. Camina hacia su oficina. Siente la mirada de Darío en la nuca. Como un peso. Como un cosquilleo.
No se da vuelta.
Pero en el pasillo, a solas, exhala.
—Mierda —susurra.
Y no sabe si lo dice por el dolor de cabeza o por otra cosa.
Busca en los cajones. Revolviendo papeles, lapiceros, carpetas. Nada. Revisa el cajón de la izquierda. El de la derecha. El del medio. Nada.
—¿Dónde mierda están? —masculla, pasándose una mano por la frente sudorosa.
El dolor de cabeza le late en la sien como un tambor. No sabe si es la jaqueca lo que lo tiene aturdido... o es Darío, que lo tomó por sorpresa. Que apareció de la nada en su recepción con esa sonrisa y esos ojos verdes y esa presencia que llena todo el maldito espacio.
Revisa otro cajón. Nada.
La frustración le sube por el pecho. No puede pensar. No puede encontrar nada. No puede respirar.
—¡GABRIEL! —grita, con una voz que ni él mismo reconoce. Ronca. Desesperada.
El silencio dura un segundo.
Luego, un estrépito en el pasillo. Alguien corre. Las pisadas retumban en el cemento como disparos.
La puerta de la oficina se abre de golpe. Casi la parten del golpe.
Entra Gabriel, con los ojos abiertos como platos, el pecho subiendo y bajando.
Y seguido está Darío.
Con cara de susto.
No de policía. No de Alfa. De susto. Como si hubiera escuchado un grito de auxilio y su cuerpo hubiera reaccionado antes que su cerebro.
—¿Jefe? —jadea Gabriel—. ¿Qué pasó? ¿Está bien?
Carlos los mira a los dos. Uno con el uniforme arrugado. El otro con la chaqueta de cuero entreabierta. Los dos respirando fuerte. Los dos mirándolo como si fuera a desplomarse en cualquier momento.
—Las pastillas —dice Carlos, y su voz suena más pequeña de lo que quisiera—. No las encuentro.
Gabriel parpadea.
—¿Las... las pastillas?
—Para el dolor de cabeza —Carlos se frota la sien con los dedos, apretando fuerte, como si quisiera sacarse el dolor a la fuerza—. Dijiste que estaban en mi escritorio y no están.
Gabriel se acerca con cuidado. Abre el cajón superior derecho. Saca una agenda. La levanta.
Debajo, un pequeño estuche de metal.
—Aquí están, jefe —dice, entregándoselas.
Carlos las toma. Sus dedos tiemblan. Abre el estuche. Saca dos pastillas. Se las traga secas.
No le importa el sabor amargo.
Darío sigue en la puerta. No ha entrado del todo. Como si supiera que ese espacio no es suyo. Pero tampoco se ha ido.
—¿Estás bien? —pregunta.
Carlos levanta la vista. Se encuentra con esos ojos verdes. Tan verdes. Tan brillantes. Tan llenos de algo que no sabe nombrar.
—Estoy bien —miente—. Solo fue un momento de... desesperación.
—No pareció solo eso —dice Darío, y su voz es baja. Casi íntima.
Carlos no responde.
Gabriel mira a uno y al otro. Carraspea.
—Bueno, jefe... yo... me voy a la recepción. Por si llega alguien.
—Sí —dice Carlos—. Vete.
Gabriel sale. Pero Darío no.
Se queda en la puerta. Con la carpeta en la mano. Con esa maldita presencia.
—El informe —dice Carlos, recuperando algo de su tono habitual—. ¿Vienes por el informe?
—Sí —responde Darío. Pero no se mueve.
—Pues siéntate. Voy a buscarlo.
Carlos se pone de pie. Pasa junto a Darío. Tan cerca que podría rozarlo. Siente su olor. Ese olor a cedro y pimienta que ya empieza a reconocer.
Y por un segundo, solo uno, algo se mueve en su pecho.
No sabe qué.
Pero lo siente.
Y lo odia.