"Luna heredó una cabaña en un pueblo maldito donde vampiros, hombres lobo y la mafia se disputan el derecho a poseerla, sin saber que ella es la última Heredera de la Niebla y la única capaz de destruirlos a todos."
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CAPÍTULO 20: LAS TRES FRACTURAS
El invierno llegó antes de tiempo a Cresta Negra.
Luna lo supo la mañana que despertó y el suelo del porche crujió bajo sus pies descalzos. Escarcha. Hielo azul cubriendo la madera como una segunda piel. Pero el frío no venía del cielo. Venía de la tierra. De las grietas que los Antiguos habían dejado al despertar. De las heridas que ni siquiera el sueño podía cerrar del todo.
—Va a ser un invierno largo —dijo Margaret, sirviendo té en la cocina—. Más largo de lo normal.
—¿Cuánto es «más largo» en Cresta Negra? —preguntó Luna, envolviéndose en una manta.
—El año pasado duró siete meses.
—¿Siete?
—Los Antiguos no controlan su hambre mientras duermen. El frío es su aliento.
Luna apretó la taza de té entre las manos. El vapor le humedecía la cara. En su costilla, las runas de los Primeros latían con un ritmo lento, como un segundo corazón.
Una semana después, la primera fractura estalló.
No fue una bomba. Fue un aullido.
Luna lo oyó desde la cabaña mientras ordenaba los pergaminos que Viktor le había traído. Un aullido largo, desgarrador, que no era de caza. Era de lamento.
Salió al porche. Alec ya estaba allí, descalzo sobre la escarcha, con los nudillos blancos y los ojos dorados brillando como brasas.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Luna.
—La manada —respondió él, y su voz era un gruñido contenido—. Han atacado a tres de los nuestros.
—¿Los Antiguos? —Luna sintió cómo el corazón se le aceleraba—. Creía que dormían.
—No los Antiguos. Vampiros.
El silencio se hizo añicos.
—Viktor no... —empezó Luna.
—No Viktor. Vampiros de su corte. Los que no aceptan el pacto. Los que creen que aliarse con humanos y lobos es una traición a su especie.
—¿Cuántos heridos?
—Tres lobos. Dos muertos. Un vampiro capturado. Lo tenemos en el Círculo de los Colmillos. Viktor está allí. Esperándonos.
Luna no dudó. Cogió la chaqueta de Dante —que todavía colgaba en la silla de la cocina, como si su dueño fuera a volver en cualquier momento— y siguió a Alec.
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El Círculo de los Colmillos estaba igual que la primera vez que Luna lo vio. Un claro perfecto en medio del bosque, la tierra desnuda rodeada por abetos negros, el cielo abierto justo encima.
Pero hoy no era un entrenamiento.
Hoy era un juicio.
En el centro del círculo, arrodillado y atado con cadenas de plata, un vampiro. Joven. Pelo rubio ceniza. Ojos rojos que brillaban con odio y miedo.
Alrededor, lobos. Ocho. Con el pelo erizado y los colmillos afuera.
Y en el borde del círculo, Viktor.
El Primogénito de la Sangre estaba inmóvil, con los brazos cruzados y el rostro pálido como el mármol. Cuando vio llegar a Luna, sus ojos de bourbon se encontraron con los suyos.
—No he sido yo —dijo—. No he ordenado nada.
—Lo sé —respondió Luna.
—Pero mi corte... se está dividiendo. Hay quienes me consideran débil. Quienes creen que la alianza contigo, con los lobos, con los Moretti, es una rendición.
—¿Y tú qué crees?
Viktor tardó en responder. Cuando lo hizo, su voz era tan baja que apenas se oía.
—Creo que he pasado setecientos años sobre esta tierra. He visto imperios caer. He visto civilizaciones arder. He visto a los humanos matarse entre sí por dioses que no existen y por fronteras que no significan nada. Y nunca, en todo ese tiempo, he visto algo parecido a lo que hemos construido este año.
Señaló a Luna.
—Tú has hecho posible lo imposible. Has unido a vampiros, lobos y humanos. Has cerrado puertas que llevaban siglos abiertas. Has negociado con los Antiguos y con los Primeros. Y lo has hecho sin matar. Sin traicionar. Sin perderte a ti misma.
Se acercó al vampiro arrodillado.
—Y este... este niño cree que puede destruir eso con violencia.
El vampiro levantó la cabeza. Tenía un corte en la mejilla y la mandíbula amoratada.
—No soy un niño —escupió—. Tengo doscientos años.
—Y sigues pensando como uno —respondió Viktor.
Luna dio un paso al frente.
—¿Qué va a pasar con él?
—La tradición dice que debe morir —dijo Alec, con la voz ronca—. Ojo por ojo. Dos lobos han muerto. Un vampiro debe pagar.
—No —dijo Luna.
Todos la miraron.
—Dos lobos muertos. Un vampiro capturado. Matarlo no devolverá la vida a los lobos. Solo añadirá más sangre a la sangre.
—¿Qué sugieres, Heredera? —preguntó uno de los lobos, una mujer mayor con el pelo gris y una cicatriz en el labio.
—Desterrarlo. Que se vaya de Cresta Negra. Que nunca regrese. Y que se lleve su odio con él.
El vampiri arrodillado soltó una risa amarga.
—¿Desterrarme? ¿Eso es todo? ¿No vas a matarme, bruja? ¿No vas a usar tu niebla para hacerme pedazos?
—Mi niebla ya no está conmigo —respondió Luna—. Se la presté a los Antiguos para que durmieran. Pero aunque la tuviera... no la usaría para matar a alguien que solo tiene miedo.
—¿Miedo? —El vampiro la miró con desprecio—. Yo no tengo miedo.
—Claro que lo tienes. Miedo a que el mundo cambie. Miedo a que lo que conoces desaparezca. Miedo a quedarte atrás. Yo también tuve miedo. Todos lo tenemos. Pero actuar por miedo... eso no es valentía. Es cobardía.
El vampiro calló.
Viktor se arrodilló frente a él. Le cortó las cadenas con una uña.
—Vete —dijo—. Y no vuelvas.
El vampiro se puso en pie. Frotó sus muñecas marcadas por la plata. Miró a Viktor. Miró a los lobos. Miró a Luna.
—Esto no ha terminado —dijo—. Hay muchos como yo. Y cuando caigáis... cuando esta frágil alianza se rompa... os acordaréis de mí.
Desapareció en el bosque.
El silencio fue denso.
—Eso no era miedo —dijo Alec en voz baja—. Era veneno.
—Lo sé —respondió Luna.
—Y acaba de esparcirse por el valle.
La segunda fractura llegó tres días después.
No fue un vampiro. Fue un Moretti.
Luna estaba en la cabaña, traduciendo un pergamino sobre la Primera, cuando Dante irrumpió por la puerta con la camisa manchada de sangre.
—Mi tío —dijo, jadeando—. Ha intentado matarme.
—¿Tu tío? —Luna se puso en pie de un salto—. Creía que no te quedaba familia.
—Me quedaba. Matteo. Mi tío abuelo. El hermano pequeño de Salvatore. Estuvo escondido en Italia durante décadas. Volvió hace un mes. No sabe del pacto. No sabe de ti. No sabe de nada. Solo sabe que soy el último Moretti y que quiere el control de la familia.
—¿Y ahora qué?
Dante se dejó caer en una silla. La sangre de su camisa no era suya.
—Le he matado. Era él o yo. Elegí yo.
Luna se sentó frente a él.
—¿Duele? —preguntó.
—Matar a tu propia sangre siempre duele. Aunque sea mala. Aunque te quiera muerto. La sangre es la sangre.
—Lo sé —dijo Luna, pensando en su madre, en la carta, en las runas de su costilla.
—Ese no es el único problema —continuó Dante—. Mi tío no vino solo. Trajo a gente. Hombres armados. Moretti que no aceptan mi liderazgo. Están en el pueblo. En la funeraria. En las calles.
—¿Cuántos?
—Suficientes para empezar una guerra.
—¿Y Viktor y Alec?
—Viktor tiene su propia guerra con su corte. Alec tiene la suya con los lobos disidentes. Estamos solos, Luna. Los tres frentes abiertos al mismo tiempo.
Luna se levantó. Caminó hacia la ventana. La nieve empezaba a caer otra vez.
—No estamos solos.
—¿Quién nos va a ayudar? ¿Los Antiguos? ¿Los Primeros?
—El pueblo.
Dante la miró como si hubiera dicho una locura.
—¿El pueblo humano? Esos que nos temen. Esos que nos odian. Esos que nos necesitan pero nos desprecian.
—Esos mismos —dijo Luna—. Porque si no aprendemos a vivir juntos... todos vamos a morir separados.
La tercera fractura fue la peor.
Porque no vino de fuera.
Vino de dentro.
De Margaret.
Luna la encontró una tarde en el sótano de la cabaña. Su abuela estaba sentada en el suelo, rodeada de cajas de madera que nunca había abierto, con una fotografía en las manos.
La foto mostraba a una mujer joven. Pelo castaño. Ojos violetas.
Clara.
—Abuela —dijo Luna, arrodillándose a su lado—. ¿Qué haces aquí?
—Buscando —respondió Margaret, y su voz era un hilo de humo—. Algo que tu madre me dejó. Algo que nunca quise encontrar.
—¿Qué es?
Margaret le tendió la foto. Al dorso, escrito con la misma letra temblorosa de la carta:
"Mamá: si estás leyendo esto, es que Luna ha vuelto a Cresta Negra. Y es que yo... yo no estoy. No te culpes. Fue mi decisión. Y fue la decisión correcta. Cuida de mi hija. Dile que la quiero. Siempre. Clara."
Luna apretó la foto contra su pecho.
—Abuela —dijo—. ¿Por qué no me enseñaste esto antes?
—Porque no quería que sufrieras. Porque ya habías sufrido bastante. Porque —Margaret levantó la mirada, y sus ojos violetas estaban llenos de lágrimas— porque soy una cobarde.
—No eres una cobarde.
—Lo soy. He pasado setenta años huyendo. De la Bruja. De los Moretti. De mi propia hija. Y ahora... ahora que finalmente tengo una oportunidad de quedarme... el mundo se está desmoronando a nuestro alrededor.
Luna abrazó a su abuela. La sostuvo mientras lloraba. Y mientras la sostenía, sintió cómo las runas de su costilla latían con más fuerza.
Puerta. Tiempo. Sangre. Origen.
La verdad estaba cerca. Pero la verdad no serviría de nada si Cresta Negra ardía antes de encontrarla.
Esa noche, reunió a los tres reyes en la cabaña.
No en la cocina. En el sótano. Rodeados de cajas viejas y recuerdos olvidados.
—Vuestras cortes se están desmoronando —dijo—. Vuestras familias se están dividiendo. Y los humanos... los humanos están atrapados en medio.
—Lo sabemos —dijo Viktor.
—¿Y qué vais a hacer?
Los tres reyes se miraron.
—Eso es lo que te hemos pedido —dijo Alec—. Que nos digas qué tenemos que hacer.
Luna negó con la cabeza.
—No soy vuestra líder. No soy vuestra reina. No soy vuestra salvadora. Soy solo una mujer que heredó una maldición y está intentando romperla.
—Pues rompe esta también —dijo Dante.
Luna los miró a los tres. Al vampiro dividido. Al lobo herido. Al mafioso acorralado.
Y tomó una decisión.
—Mañana —dijo—, convocaremos una asamblea. En el Círculo de los Colmillos. Vampiros, lobos y humanos. Todos. Los que están con nosotros. Los que están en contra. Todos.
—¿Y qué les vamos a decir? —preguntó Viktor.
—La verdad. Sobre la Bruja. Sobre los Antiguos. Sobre los Primeros. Sobre el lago. Sobre mi madre. Sobre todo.
—¿Crees que eso calmará los ánimos? —preguntó Alec.
—No. Pero al menos sabrán por qué están luchando. Y quiénes son sus verdaderos enemigos.
—¿Y si no funciona? —preguntó Dante.
Luna se llevó la mano a la costilla. Las runas latían.
—Entonces buscaremos otra tercera opción. Como siempre.
Afuera, la nieve caía sin cesar.
Y en el lago sin nombre, algo muy antiguo empezaba a moverse.