Matrimonio por conveniencia
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CAPÍTULO 6: TRACCIÓN, REACCIÓN Y UNA NALGA EN JUEGO
La mañana en la mansión Valeriano comenzó con el sonido de una cafetera de alta gama y el crujir de los huesos de Dante.
Dormir en una alfombra persa de cinco mil dólares no la hacía menos dura que el pavimento.
Alessandra, por el contrario, salió del vestidor a las 6:00 AM, impecable en un traje sastre color perla, sin un solo cabello fuera de su lugar. Miró a Dante, que intentaba estirar su espalda, con la misma empatía que se le tiene a un insecto aplastado.
—Espero que el suelo haya sido de tu agrado, "cariño" —dijo ella, tomando su maletín—. César nos espera en el vestíbulo. Tenemos una junta con los coreanos a las ocho.
Dante se levantó, ocultando una mueca de dolor tras una sonrisa peligrosa.
Sus ojos brillaron.
"Oh, jefa, no tienes idea de lo que te espera", pensó.
En el vestíbulo, César estaba de pie junto a la puerta principal, revisando la agenda en su tablet, rodeado por cuatro miembros del personal de servicio que esperaban órdenes.
El ama de llaves, el chófer y dos doncellas estaban alineados, observando con curiosidad a la "pareja del momento".
Alessandra caminaba hacia la salida con paso firme, lista para ignorar la existencia de Dante hasta que llegaran a la oficina. Pero Dante no se quedó atrás. Aceleró el paso, alcanzándola justo cuando pasaban frente a César y el servicio.
—¡Casi se me olvida, mi vida! —exclamó Dante con una voz llena de falso entusiasmo juvenil.
Antes de que Alessandra pudiera procesar el tono, Dante extendió la mano y le dio una nalgada sonora y firme. El "¡PLAS!" resonó en las paredes de mármol del vestíbulo.
El tiempo se detuvo.
César dejó caer la tablet.
El ama de llaves ahogó un grito.
Los chóferes miraron al techo como si de pronto hubiera una gotera interesantísima.
Alessandra se quedó petrificada.
Sus pupilas se dilataron tanto que sus ojos parecieron dos pozos negros de odio puro.
Sintió cómo la sangre le subía a las mejillas, no de vergüenza, sino de una rabia volcánica.
Sus dedos se cerraron en puños, enterrando las uñas en las palmas.
—¡Dante! —siseó ella, girándose lentamente. Sus dientes estaban tan apretados que sus palabras apenas lograban escapar.
—¿Qué pasa, preciosa? —Dante la tomó de las mejillas y le plantó un beso rápido en la punta de la nariz antes de que ella pudiera morderlo—. Anoche estuviste tan... "distante" en la cama con tus medusas, que pensé que necesitabas un recordatorio de que tu esposo te adora.
Él le guiñó un ojo al servicio, que empezó a murmurar: "¡Vaya, parece que la señora al fin encontró a alguien que la domine!".
Alessandra miró a César.
El secretario estaba blanco, haciendo señas con las manos como si estuviera tratando de desactivar una bomba nuclear con un mondadientes.
—Sonríe, Alessandra —susurró Dante al oído de ella, su aliento rozando su piel—. Si me abofeteas delante de ellos, el rumor de que nuestro matrimonio es un contrato frío será oficial antes de las nueve. Demuéstrales lo "enamorada" que estás.
Alessandra cerró los ojos un segundo, contando hasta diez en binario para no sufrir un derrame cerebral.
Lentamente, forzó sus labios a curvarse hacia arriba en una mueca que, para alguien que no la conociera, podría pasar por una sonrisa tímida.
—Eres... un... sol... mi amor —dijo ella, cada sílaba cargada de una promesa de muerte lenta—. César, vámonos. Ahora mismo.
—¡Madre mía... Eso fué contacto físico no autorizado! —balbuceó César, recogiendo su tablet del suelo— Sí, jefa. El coche está encendido. ¡Rápido, por el amor de Dios!
Dante caminó hacia el coche silbando, mientras Alessandra subía a la parte trasera con la rigidez de un cadáver.
En cuanto la puerta del coche se cerró y los cristales blindados los aislaron del mundo, la "sonrisa" de Alessandra desapareció.
—Dante —dijo ella, su voz era un susurro mortal—, si vuelves a poner una mano sobre mi anatomía sin mi autorización escrita por triplicado, te aseguro que la próxima vez que despiertes, estarás en una bañera de hielo, pero sin tus órganos internos.
Dante se reclinó en el asiento de cuero, cruzando los brazos detrás de la cabeza, totalmente satisfecho.
—Valió la pena. Tu cara de "quiero destruir el mundo" es mucho más bonita que tu cara de "estoy calculando impuestos". Por cierto, tienes un buen tono muscular. El gimnasio está dando resultados, jefa.
César, en el asiento del copiloto, se puso los auriculares y subió el volumen al máximo.
«¡Código Negro!», pensó.
«Bitácora de supervivencia, día 5: Dante le tocó la nalga a Alessandra en público. Repito: le tocó la nalga. A Alessandra. El servicio es testigo. Yo soy cómplice. Si la Reina no lo mata hoy, mañana La Haya nos cita a los tres por crímenes de guerra conyugal.»