La perdida de un ser amado es difícil de superar; pero al final siempre llega una pequeña luz que comienza a iluminar nuestras vidas hasta cambiarlo todo.
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La mujer de ojos grises.
La tarde se tornaba color miel a través de las cortinas. Emiliano preparaba chocolate caliente mientras Amelie, con su cuaderno de tareas en el regazo, dibujaba círculos sobre la mesa como si buscara valor entre cada línea invisible.
— Papá… — Susurró de pronto. — ¿Puedo preguntarte algo serio?
Emiliano dejó las tazas y tomó asiento frente a Amelie. Ella, con una expresión de profunda seriedad y anticipación, lo observó fijamente a los ojos.
— Claro, pequeña. Lo que quieras.
— En el colegio nos pidieron escribir sobre nuestra familia. — Agacho su mirada por un momento, y al instante lo volvió a mirar. — Yo sé que tú eres mi papá, pero… ¿cómo eras antes de encontrarme? ¿Y por qué no estabas cuando nací?
Emiliano respiro profundo ante la pregunta. Aunque el dolor persistía, ya no lo quemaba como antes. En ocasiones, el recuerdo de lo ocurrido resurgió con una punzada de tristeza, y se preguntaba qué habría pasado si el curso de los acontecimientos hubiera sido otro. Sin embargo, todas las respuestas llegaban a la misma conclusión. Miró a la niña, sopesando con cautela cada palabra antes de responder.
— Cuando tú llegaste al mundo yo no lo sabía, Amelie. Tu mamá y yo nos queríamos, pero ella tenía mucho miedo de no ser suficiente y tomó decisiones sin contar conmigo. — Tomó la mano de la niña y la apretó con cariño. — Si hubiese sabido que existías, habría estado contigo desde tu primer latido.
— Entonces… — Amelie observó su taza, pensativa. — ¿Fui un secreto?
— Así es. Pero eras un secreto que tu mamá guardó porque pensaba que así te protegería. — Emiliano acarició su cabeza. — Tu madre se equivocó, pero nunca dejó de amarte. A veces los adultos también tenemos miedo, y hacemos cosas que no entendemos hasta después de ver el resultado.
La niña asimiló la respuesta de su padre en silencio, mirando cómo el vapor del chocolate se fusionaba con el aire. Tras unos segundos, levantó de nuevo la vista con otra duda brillando en la mirada.
— Y… mis amigas tienen mamá y papá. ¿Crees que yo vuelva a tener una mamá algún día?
A Emiliano se le apretó la garganta. No por la pregunta, sino por la ternura con que había sido formulada, y porque ella tenía esa esperanza brillando en su mirada.
—Tú ya tienes una mamá. — Respondió despacio. — Bianca siempre será tu mamá, aunque no podamos verla. Vive en tu risa, en la forma en que frunces el ceño cuando te concentras, y en cada historia que te cuento sobre ella.
Amelie frunció los labios, asintiendo despacio. Esa no era la respuesta que ella buscaba escuchar.
— ¿Pero crees que pueda tener una mamá que me abrace aquí, en la tierra?
Emiliano se detuvo a pensar por un instante. Era comprensible que una niña de su edad añorara tener una madre a su lado. Entendía que habían cosas que solo las madres entienden y sabían como explicarlas o solucionarlas. Él mismo había reflexionado sobre eso incontables veces, pero no esperaba tener que dar una respuesta tan de pronto.
— Puede que algún día conozcamos a alguien que nos quiera y que tú quieras a esa persona. Entonces habrá otra mujer que te abrace, cocine contigo y te ayude con las trenzas. Pero no será alguien que ocupe el lugar de Bianca; porque ella siempre estará en tu corazón. Esta persona será alguien nuevo que se una a nuestra familia. — Dijo mientras le sonreía cálidamente. — Y si eso nunca sucede, seguiremos siendo tú, Nube, y yo, con abuelos, tíos y amigos que te adoran. Pero no te faltará amor, te lo prometo.
La niña se quedó callada, reflexionando. Después se levantó y rodeó con sus brazos el cuello de Emiliano.
— Mientras no me faltes tú, estaré bien.
Él la apretó contra su pecho, dejando que su olor a lápices y cacao le llenara los pulmones. Amelie había llegado para cambiar su mundo por completo, y no necesitaba nada más.
—Siempre estaré a tu lado.
Amelie volvió a su cuaderno. En él, dibujó un árbol de raíces profundas, y a su lado se encontraban dos figuras; ella y Emiliano, tomados de la mano. En la parte superior, entre las ramas del árbol, dibujó una silueta brillante con un lazo ondeando.
— ¿Esa es tu mamá? — Preguntó Emiliano, señalando la figura.
— Sí. — Respondió con una sonrisa. — Está en las hojas para que el sol la atraviese. Así siempre nos iluminará.
Emiliano sintió una profunda calma, como si una pieza perdida se hubiera encajado en su sitio. Comprendió que su hija no buscaba suplir a su madre, sino expandir el amor que ya existía entre ellos, y para eso, las raíces que habían cultivado juntos eran más que suficientes.
Al caer la noche, la casa se sumió en una quietud apacible. El viento susurraba afuera entre los árboles, mientras padre e hija compartían un silencio lleno de renovadas convicciones; y aunque el pasado pudiera doler, el futuro continuaba floreciendo al amparo de esas raíces.
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El centro comercial resplandecía con luces, música y una explosión de colores, mientras la gente se movía incesantemente, como si huyera del tiempo. Emiliano y Amelie iban de la mano disfrutando de ese ambiente, recorriendo tiendas y probando fragancias para el abuelo Leandro. Las risas se les escapaban con cada anuncio navideño prematuro proyectado en las pantallas gigantes.
— ¿Podemos pasar por la tienda de libros? Dijiste que tenían una sorpresa. — Le recordó Amelie a su padre, apretándole los dedos con emoción.
— Sí, claro. — Dijo Emiliano, sonriendo. — Pero primero vamos por un helado.
Se detuvieron frente a una heladería. Mientras Emiliano sacaba su billetera, distraído por la gestión del pago, Amelie se deslizó entre la multitud y la fila. Pero pronto, algo llamó su atención; estas eran unas figuras de origami en un escaparate navideño, por lo que se soltó de la mano de Emiliano para acercarse. Pero cuando él se giró, ella había desaparecido.
— Amelie. — Llamó al principio, con tranquilidad.
El tono de voz de Emiliano cambió al no verla, volviéndose más fuerte al llamarla. Miró a su alrededor, apartando cortésmente a quienes se cruzaban en su camino, pero no lograba encontrarla. Los latidos de su corazón comenzaron a acelerarse al ver que no podía encontrarla.
Mientras tanto, Amelie caminaba sin percatarse de lo lejos que se había ido. Al darse la vuelta, ya no quedaba ni rastro de Emiliano. Sus ojos empezaron a llenarse de lágrimas.
— Papá… — Susurró con un temblor en la voz. — ¡¿Papá?!
Desde una mesa en la cafetería del segundo piso, alguien la observaba. Ella era una mujer impecable, vestida de negro; llevaba un blazer ajustado y un moño elegante. Entre sus manos sostenía una taza de té sin azúcar, mientras leía un informe impreso en su Tablet. Su semblante era serio, sus labios en una línea firme, y sus ojos grises, afilados como cuchillas.
Pero de repente, algo llamó su atención; este era un llanto suave pero audible. Su instinto le indicó que lo ignorara; al fin y al cabo, no era su problema; el mundo estaba lleno de niños llorando por una golosina o porque sus padres no les compraban algo.
Sin embargo, al alzar la vista, la imagen de esa niña solitaria, con la cara húmeda y el moño amarillo a punto de zafarse de su trenza, removió algo profundo en su interior. La observó buscando entre la multitud, mientras su propia respiración se agitaba al verla sostener con fuerza su bracito. Pero lo que más la impactó fue la forma en que la pequeña contenía sus lágrimas, negándose a mostrar debilidad.
En ese instante, vio su propio reflejo; el de la mujer que había perdido a su bebé por culpa del hombre que decía amarla, y que la abandonó justo cuando más lo necesitaba. En ese instante, algo se quebró en su alma. Cerró los ojos por un momento, exhaló profundo, y luego se puso de pie para acercarse a la niña con cautela.
— Oye. — Dijo en voz baja pero firme.
Amelie alzó la cabeza, asustada. La mujer se inclinó hasta quedar a su altura, sin invadir su espacio.
— ¿Estás sola?
La niña asintió. Pero a diferencia de lo que ella esperaba, la niña no huyó. La observo por un instante, y entonces susurro.
— Perdí a mi papá.
La mujer dejó escapar un suspiro de resignación. Se consideraba la persona menos indicada para consolar a una niña; sin embargo, una fuerza interior la impulsaba a permanecer a su lado.
— No te preocupes. Lo vamos a encontrar. — Dijo con seguridad. — ¿Quieres que llamemos a seguridad?
— ¿Puedo quedarme contigo mientras tanto? — Preguntó Amelie. — Pareces fuerte.
La frase le impactó en el estómago, no por su dulzura, sino por la inesperada verdad que emanaba de una niña.
— Está bien. Pero solo por unos minutos. — Respondió con indiferencia.
La tomó de la mano de forma instintiva, como si sostuviera algo extremadamente delicado, sin tener idea de cómo protegerlo.
Veinte minutos después, el corazón de Emiliano latía con fuerza al llegar al punto de seguridad. Al ver a Amelie sentada en un sofá junto a una mujer de rostro elegante y expresión severa, sintió un profundo alivio.
— ¡Amelie! — Gritó mientras corría hacia ella.
La niña se levantó y corrió a sus brazos sin dudarlo, llorando finalmente sin poder contenerse.
— Te busqué, papá. — Dijo entre sollozos — Me asusté mucho al no verte, pero ella me cuidó.
Emiliano levantó los ojos hacia la mujer con la intención de darle las gracias, pero ella se dio la vuelta para marcharse, como si no esperara nada a cambio.
— Espera. — Dijo él deteniéndola. — Gracias por cuidarla. No sé cómo agradecerte.
La mujer lo miró por encima del hombro. Pero su expresión no cambió. Ella se mantuvo indiferente ante sus palabras.
— No lo hice por ti.
Ella respondió y se fue, dejando a Emiliano perplejo, pero a la vez cautivado. Era la primera vez que conocía a una mujer con ese aura. Lo que ninguno sabía era que, en ese instante, el destino de los tres se había unido de forma irrevocable.