Mía una de 19 años es obligada a casarse con un mafioso por culpa de su hermana gemela ella está pagando
su hermana era una drogadicta siempre estaba en problemas mano a la mujer de un mafioso y el por venganza decide casarse con ella para hacerla pagar todos los días por haber arrebatado al amor de su vida
sus padres por proteger a su princesa entregaron a mía una hija que ellos cautiva
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capitulo 7
Mía se había quedado completamente dormida.
Su cuerpo no resistió más.
El cansancio.
El dolor en el tobillo.
El miedo acumulado.
Renzo la sostuvo durante todo el camino de regreso a la villa.
No la soltó ni un segundo.
La miraba de vez en cuando.
Su rostro tranquilo.
Inocente.
Y algo dentro de él se movía.
Cuando tuvimos que huir de la cabaña… mi único miedo era que le pasara algo.
Apretó un poco más su agarre.
Me gusta…
Y mucho.
Desde aquella primera vez…
no había podido sacarla de su cabeza.
Ni siquiera cuando la odiaba.
Ni siquiera cuando creía que ella era culpable.
—Maldición… —murmuró en voz baja.
Recordaba cómo la trató.
Como basura.
Como alguien que no valía nada.
Y ahora…
Ahora daría cualquier cosa por verla sonreír.
Miró sus labios.
Su respiración tranquila.
Es tan pequeña…
Y yo la arrastré a este mundo.
La culpa lo golpeó con fuerza.
Pero otra idea apareció enseguida.
Más oscura.
Más posesiva.
No la voy a dejar ir.
Sus ojos se endurecieron.
Se volvió mi debilidad…
Y nadie toca lo que es mío.
Llegaron a la villa.
Renzo bajó del auto sin hacer ruido.
La cargó con cuidado.
Subió las escaleras lentamente.
Y entonces—
—¿Renzo?
Hanna bajaba corriendo.
—¿Qué haces acá? —preguntó él, sorprendido—. Tenías trabajo.
—Lo terminé antes —respondió ella—. ¿Mía está bien?
Renzo miró a la chica en sus brazos.
—Sí… solo está dormida.
Hanna se acercó un poco más.
La observó.
—Está agotada…
—Mañana hablamos —dijo Renzo—. Vamos a descansar.
Sin esperar respuesta, siguió subiendo.
Llegó a su habitación.
La depositó con cuidado en la cama.
La observó unos segundos.
No quería despertarla.
Porque sabía algo.
Si se despierta… se va.
Y él no quería eso.
No quería volver a dormir solo.
—¿Por qué no querés quedarte conmigo…? —murmuró.
No obtuvo respuesta.
Solo el silencio.
A la mañana siguiente—
Mía abrió los ojos lentamente.
Se incorporó de golpe.
—¿Por qué dormí acá?
Renzo estaba apoyado en la pared.
Observándola.
—Porque quiero que duermas conmigo —respondió—. Ya mandé a traer tus cosas.
Mía frunció el ceño.
—Te pedí tiempo.
—Te di muchos días.
El ambiente se tensó.
—Contigo no se puede… —murmuró ella.
Se levantó.
Tomó ropa.
Y se encerró en el baño.
Renzo apretó la mandíbula.
Siempre igual…
Con él, fría.
Distante.
Pero no dijo nada.
Minutos después, Mía bajó a desayunar.
—¡Hanna! —exclamó al verla.
Corrió hacia ella.
Y la abrazó con fuerza.
—¿Cuándo llegaste?
—Anoche —sonrió Hanna.
Renzo observaba la escena desde su lugar.
En silencio.
Mía sonreía.
Reía.
Se veía feliz.
Pero no con él.
Nunca con él.
Y eso…
le molestó más de lo que quería admitir.
—Cariño, ya me voy a trabajar —dijo, tomando un vaso de jugo.
Mía apenas lo miró.
—Sí… que te vaya bien.
Y volvió a enfocarse en Hanna.
Renzo dejó el vaso.
Y salió.
Molesto.
Muy molesto.
Cuando él se fue—
Hanna cambió su expresión.
—En una semana —dijo en voz baja.
Los ojos de Mía brillaron.
—¿En serio?
—Sí… mi hermano ya cayó.
Mía sonrió.
—En una semana voy a ver a mi abuela…
Hanna la tomó de los hombros.
—Escuchame bien —dijo seria—. Prométeme algo.
Mía asintió.
—No confíes en nadie.
El tono la hizo dudar.
—Mi hermano tiene muchos enemigos —continuó—. Si saben de vos… te van a usar.
Mía tragó saliva.
—Solo confío en mi abuela.
Hanna asintió.
—Bien.
Sacó un celular.
Y se lo dio.
—Te lo voy a dar cuando te vayas —explicó—. Solo me llamás si estás en problemas.
—¿Y Renzo?
—Me va a pedir que te busque —sonrió levemente—. Yo voy a fingir.
Mía abrió los ojos.
—También voy a borrar todo rastro tuyo.
—¿Y si se entera…?
Hanna suspiró.
—Si pasa… traeme flores al cementerio.
Mía se quedó helada.
—¿Qué?
Hanna soltó una risa.
—Estoy jodiendo… no es para tanto.
Pero en el fondo…
no sonaba tan broma.
—¿Cómo voy a escapar?
Hanna se acercó más.
—En una semana. A las 20 hs.
Mía escuchaba atenta.
—Vas a salir por la puerta principal —continuó—. Los guardias… son míos.
—¿Renzo no sospecha?
—No.
Sonrió.
—Le dije que eran por mi seguridad.
Mía sintió el corazón acelerarse.
Esto es real…
—Cuando te vayas… ya va a ser tarde.
Mía asintió.
—Voy a hacer todo bien.
Hanna la miró.
—Confío en vos.
Hubo un silencio.
Y entonces—
—Tengo que preguntarte algo.
Mía la miró.
—No me mientas.
—Está bien…
Hanna dudó.
Pero preguntó igual.
—¿Te enamoraste de mi hermano?
El aire se volvió pesado.
Mía pensó.
Recordó.
Las noches.
Las palabras.
Los gestos.
Y luego…
su objetivo.
—Me gusta su cambio —respondió—. Pero yo solo quiero irme.
Silencio.
—Quiero estar con mi abuela.
Hanna la observó.
Buscando algo más.
Pero no lo encontró.
—Está bien…
Mía bajó la mirada.
—¿Cómo está ella?
Hanna suspiró.
—Igual que vos… terca.
Mía sonrió.
—No quería irse —continuó—. Tuvieron que llevarla casi a la fuerza.
Mía sintió un nudo en la garganta.
—Pero cuando le dijeron que ibas a ir… se calmó.
Los ojos de Mía se llenaron de lágrimas.
—Gracias…
La abrazó.
—No sé cómo agradecerte todo.
Hanna la sostuvo.
—No hace falta.
—Te quiero mucho…
—Yo también.
Se quedaron así unos segundos.
Dos mujeres unidas por algo más fuerte que la sangre.
Una promesa.
Una salida.
Más tarde—
Hanna tuvo que salir.
—Tengo que hacer unas cosas —dijo.
Mía asintió.
—Cuidate.
—Vos también.
La casa volvió al silencio.
Mía se sentó en el sofá.
Encendió la televisión.
Pero no estaba viendo nada.
Su mente estaba en otro lado.
Una semana.
Solo una semana más.
Después…
todo terminaría.
O empezaría.
Pero en el fondo…
una duda apareció.
¿Y si Renzo no me deja ir…?
Esa idea…
la inquietó.
Porque ahora sabía algo.
Renzo no era el mismo.
Y eso…
podía ser más peligroso que antes