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La mentira de Lila
El sonido de la rama rompiéndose resonó en el silencio de la noche como un disparo.
Me quedé paralizada, conteniendo la respiración, sintiendo cómo el corazón se me salía por la boca. Desde mi escondite, vi cómo el hombre encapuchado daba un paso amenazante hacia los arbustos.
—Sal de ahí ahora mismo o te atravieso con mi espada —amenazó, sacando un arma brillante bajo la luz de la luna.
Cerré los ojos, esperando lo peor. Estoy perdida, pensé. Me descubrieron y ahora me matarán.
Pero entonces, escuché la voz de Lila.
—¡No! —dijo ella rápidamente, interponiéndose entre el hombre y los arbustos—. No es nadie, solo es el viento moviendo las hojas... o algún gato callejero. Aquí no viene nadie a esta hora.
El hombre dudó, mirando hacia donde yo estaba, pero la oscuridad me cubría.
—Mantente alerta —gruñó él finalmente—. Si algo sale mal, tú eres la primera en pagar. Mañana te traeré el veneno. Tienes que asegurarte de que ella lo beba.
—Sí, mi Señor —respondió Lila con sumisión.
El hombre desapareció entre las sombras del muro, saltándolo con agilidad. Lila se quedó sola un momento, mirando hacia la nada, con una expresión de odio y frialdad que jamás le había visto. Luego, lentamente, su rostro volvió a transformarse en esa máscara de dulzura inocente.
Se dio la vuelta y caminó hacia el castillo.
Esperé unos minutos, temblando como una hoja, hasta estar segura de que se había ido. Salí de mi escondite y corrí escaleras arriba, entrando en mi habitación y cerrando la puerta con doble cerrojo.
Me deslicé por la puerta hasta caer sentada en el suelo, abrazándome a mí misma.
—Veneno... —susurré con horror—. Iban a envenenarme... y Lila... Lila iba a hacerlo.
Todo era mentira. Sus cuidados, sus sonrisas, sus palabras de ánimo. Todo era parte de un plan para destruirme. Y lo peor de todo... ¿quién estaba detrás de esto? ¿Era Valeria? ¿O alguien más poderoso?
No podía dormir. Pasé el resto de la noche sentada en una silla, vigilando la puerta, con miedo de que entraran.
A la mañana siguiente, muy temprano, tocaron la puerta.
—Señora... soy yo, Lila. Es hora de despertar y prepararse.
Su voz sonaba tan normal... tan dulce. Me dio asco.
Respiré hondo, me levanté y abrí la puerta. Tenía que actuar. Tenía que fingir que no sabía nada, al menos hasta descubrir quién era el enemigo y cómo protegerme.
—Buenos días, Lila —dije, intentando que mi voz sonara natural, aunque por dentro estaba hirviendo.
—Buenos días, señora —sonrió ella, entrando con una bandeja—. Le traí una infusión caliente para que termine de recuperarse. Verá que le hará muy bien.
Mis ojos se clavaron en esa taza de porcelana blanca. El líquido humeante olía a hierbas... pero sabía que dentro podía estar la muerte. El veneno, pensé.
—Gracias —dije, tomando la taza con manos temblorosas que intenté disimular.
Lila me observaba fijamente, con una sonrisa tensa, esperando a que diera el primer sorbo.
Si bebo esto, muero. Si no bebo, sospechará.
Levanté la taza hacia mis labios, pero justo antes de que tocara mi boca, "accidentalmente" resbaló mi mano.
¡CRASH!
La taza se hizo añicos en el suelo, derramando todo el líquido sobre la alfombra.
—¡Ay! —exclamé—. Lo siento, Lila. Mis manos siguen un poco débiles aún.
Lila se quedó blanca como el papel. Sus ojos se abrieron con pánico y rabia, pero rápidamente lo disimuló agachándose a recoger los pedazos.
—No... no se preocupe, señora —dijo, pero su voz temblaba un poco—. Le prepararé otra.
—No hace falta —la detuve con firmeza—. Prefiero agua fresca. Y date prisa, que tengo mucho que hacer hoy.
Lila asintió y salió casi corriendo. En cuanto se fue, me acerqué a la alfombra y vi cómo las hojas que habían caído se estaban poniendo negras y quemadas al contacto con la tela.
¡Era verdad! ¡Era veneno!
—No vas a salirte con la tuya, traidora —susurré con rabia—. Esta vez, yo voy a ser la que ponga las reglas.
Sabía que no podía quedarme de brazos cruzados. Lila intentaría de nuevo, y más temprano que tarde. Tenía que contarle esto a alguien... y la única persona en todo el castillo que tenía el poder para protegerme... o destruirme, era él.
—Kaelen... —murmuré su nombre—. Tengo que decírselo. Aunque no me crea, aunque piense que estoy loca... tengo que intentarlo.