Hay deseos que se ignoran y otros… que te consumen.
Cedric Becker lo tiene todo bajo control: poder, respeto y un compromiso que sellará el futuro de su imperio. Cree en el amor… pero nunca lo ha vivido. Nunca lo ha necesitado… hasta ahora.
Hasta que ella vuelve.
Adara Lobo es peligro envuelto en piel suave. Es la fantasía que nunca debió permitirse, la mirada que lo desarma, el pecado que lo llama por su nombre sin tocarlo… y aun así lo quema.
Se desean en silencio.
Se provocan sin rozarse.
Se pierden… sin haberse tenido.
Porque hay miradas que desnudan más que cualquier caricia.
Y hay tentaciones que no se apagan con una sola vez.
Entre promesas ajenas, cuerpos que arden en secreto y decisiones que pueden destruirlo todo… lo suyo no es amor.
Es obsesión.
Es hambre.
Es un error que ninguno está dispuesto a dejar y cuando el deseo se convierte en adicción huir deja de ser una opción.
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Frenesí.
Adara sale del salón con pasos controlados, aunque por dentro todo en ella arde. La música queda atrás, amortiguada por las paredes de la mansión, mientras la noche alemana la envuelve con una brisa suave que apenas logra rozar el calor que le recorre el cuerpo.
Apoya las manos sobre la baranda de piedra del balcón, respirando hondo. Lo hace una vez, dos, Pero no funciona porque no es el ambiente. Es él.
Lo siente antes de escucharlo. Ese cambio sutil en el aire… esa presencia que no necesita anunciarse.
—Huyes demasiado rápido —dice la voz grave detrás de ella.
Adara cierra los ojos un segundo antes de girarse mientras la piel de su nuca se eriza.
Cedric Becker de pie, imponente, con el traje oscuro perfectamente ajustado a ese cuerpo que parece diseñado para pecar. Las luces cálidas del exterior dibujan sombras en su rostro, resaltando las líneas duras, las canas en sus sienes… y esa mirada.
Esa maldita mirada que es la tentación hecha hombre. Ella lo recorre de pies a cabeza con su mirada.
—No estoy huyendo —responde ella, aunque su voz traiciona un leve temblor.
Cedric se acerca un paso, luego otro y el espacio entre ellos se reduce hasta volverse peligroso.
—Claro que sí —murmura—. Solo que no de mí.
El silencio que sigue no es incómodo, es denso, cargado y vivo.
Adara sostiene su mirada, pero su respiración ya no es regular.
—Así que… te casas —dice finalmente.
Cedric ladea apenas la cabeza, como si analizara cada reacción en su rostro.
—Es un acuerdo —responde con calma—. Una alianza.
Se apoya a su lado en la baranda, lo suficientemente cerca como para que su aroma —madera, sándalo, peligro— la envuelva por completo y le haga palpitar el corazón y otra cosa más abajo.
—La Yakuza tiene rutas globales que nosotros necesitamos —continúa—. Nosotros tenemos tecnología, armamento, desarrollo. Es… conveniente para ambos.
Adara asiente lentamente, lo entiende, claro que lo entiende. Ha crecido en ese mundo y sabe cómo funcionan las cosas, pero entenderlo… no significa aceptarlo.
—¿Y eso es suficiente para casarte con alguien? —pregunta, mirándolo de reojo.
Cedric la observa entonces, directamente.
—En este mundo… sí.
El silencio vuelve, pero esta vez es distinto, más íntimo y peligroso porque mientras él habla… ella deja de escuchar.
Su atención se desliza, inevitable, hacia sus labios gruesos y apetecibles. A la forma en que se mueven al hablar., a cómo se verían… sobre la piel de sus p3zones o sobre su perla roja.
Su lengua aparece, lenta, para humedecer su labio inferior… y termina mordiéndolo sin darse cuenta porque los pensamientos incorrectos, peligrosos, necesarios se adueñan de su mente.
Recuerda el bautismo de los trillizo, ella apenas tenía dieciocho años. Ese primer instante en el que lo miró como hombre… y supo que lo quería probar, aunque quizás no debía. Aunque no podía. Aunque él era todo lo que una mujer como ella debía evitar.
Y aun así lo deseó y lo sigue deseando porque él se convirtió en esa fantasía que una mujer necesita cumplir para poder vivir en paz.
—Te vas a lastimar.
La voz de Cedric la arrastra de vuelta a la realidad. Sus dedos ya están ahí, rozando su labio inferior, liberándolo suavemente de la presión de sus dientes.
El contacto es mínimo, pero suficiente.
Adara contiene el aire.
—Lo siento… —susurra.
Pero no se aparta y ahora es él quien cae porque ahora es el turno de su mente volar.
Sus ojos bajan a esos labios rojos, a esa boca que parece invitarlo a cometer todos los pecados posibles. Su mandíbula se tensa, su respiración cambia, su cuerpo reacciona antes de que su mente pueda intervenir.
Y entonces la maldita pregunta llega.
—¿Crees… —empieza ella, con la voz más baja, más íntima— que una vez… sea suficiente?
Cedric traga grueso, sus ojos se clavan en los de ella mientras su v3rg6 amenaza con romperle el pantalón.
Oscuros. Profundos. Peligrosos. Y sonríe con esa sonrisa suya que promete problemas.
—No lo sé… —responde con voz ronca—. Tendríamos que probar.
Y eso es todo, o hay más palabras ni más advertencias. No hay control y el beso llega brusco, directo y sin permiso.
Sus bocas chocan con una urgencia contenida durante años. No hay dulzura, no hay tanteo… solo hambre. Sus manos se buscan, se aferran, como si el contacto fuera lo único que los mantiene en pie.
Adara se pega a él sin pensar. Cedric la sostiene con firmeza, marcando territorio, perdiendo el control y la excitación en ella aumenta al sentir ese bulto duro contra su vientre y maldición, lo imagina, grande, grueso, venoso y delicioso; la boca se le hace agua de solo imaginarlo rodeado por sus labios.
Se separan apenas con las respiraciones agitadas y la miradas encendidas.
—Tengo novio —dice ella, con la voz rota por el deseo.
—Estoy comprometido —responde él, igual de grave.
Sus miradas bajan de sus ojos a sus bocas y viceversa.
—No le quitaremos nada a nadie… —murmura ella.
Cedric no aparta la mirada.
—Solo… cumpliremos una fantasía.
Un error, una mentira disfrazada y una condena.
—Y ahí muere —añade.
Ambos saben que no es cierto, pero no importa porque en ese instante lo único real es el deseo que está amenazando con consumirlos y sus bocas vuelven a encontrarse con frenesí.