Valentina Ruiz, de 29 años, se casa con Alejandro Montesinos en una ceremonia de ensueño, pero apenas después del matrimonio, él tiene que viajar a Estados Unidos por un largo viaje de negocios. Mientras él está ausente, la familia de Alejandro – su madre doña Elena, su hermana Carolina y su tío Javier – la trata con indiferencia, desprecio y hasta humillaciones.
Cuando Valentina descubre que Alejandro le es infiel con su antigua novia, decide callarlo todo para proteger el matrimonio que tanto soñó y porque cree que su amor puede cambiar las cosas.
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Capitulo 18
Valentina estaba recogiendo los cuchillos afilados después de limpiar la cocina cuando su mano resbaló sobre el mango de uno de ellos. El metal cortó profundamente el dedo índice de la mano derecha, y la sangre comenzó a brotar con fuerza, cayendo sobre el suelo de baldosas frías.
—¡Ay! —susurró, sujetándose el dedo con el otro puño para detener el flujo.
Doña Elena entró en la cocina en ese momento, buscando un vaso de agua fresca. Al verla con la mano sangrando, frunció el ceño:
—¿Qué te ha pasado? —preguntó, sin moverse de su sitio—. Ten cuidado con los cuchillos, Valentina. Si no sabes usarlos bien, mejor pídeles ayuda a la empleada.
—Me he cortado un poco —respondió Valentina, presionando la herida con un paño sucio—. Ya está, en un momento pasa.
Carolina llegó corriendo al oír el ruido, y al ver la sangre se rió suavemente: "¡Valentina, siempre tan torpe! No sabes ni cortar verduras sin hacerte daño. Mi hermano dice que eres cuidadosa, pero parece que no es así".
Valentina no respondió. Se fue directamente a su habitación, cerró la puerta con llave y fue al baño a curarse la herida. Con agua tibia y algodón, limpió la corte profunda, conteniendo el llanto de dolor con cada toque. Luego cogió unos apósitos y se vendó el dedo con manos temblorosas, mirándose el reflejo en el espejo – los ojos llenos de cansancio, la boca temblando.
Se sentó en la cama y abrió su diario, escribiendo con la mano izquierda para no hacer daño a la herida:
"Hoy me he cortado con un cuchillo. La sangre salió caliente y roja, como las flores que Alejandro me envió una vez. Pero mi suegra solo dijo que tuviera más cuidado, y Carolina me llamó torpe. La herida del dedo duele cuando muevo la mano, pero no es nada comparado con el dolor que siento dentro. La herida del alma no se ve, no se cura con apósitos ni vendas. No se ve, pero está ahí, abierta y sangrando cada día más."
Guardó el diario debajo de la almohada y se acostó, acurrucándose sobre sí misma. La herida del dedo seguía latiendo de dolor, pero era un dolor que podía tocar, que podía sentir. El otro dolor era invisible, y por eso era mucho peor.
Al día siguiente, Valentina bajó a la cocina con el dedo todavía vendado. Doña Elena la miró brevemente y dijo:
—¿Sigues con ese dedo así? Ya te dije que tuvieras más cuidado. Ahora no podrás ayudar con las tareas de la cocina como deberías.
Valentina asintió y se fue a lavar las verduras para el almuerzo, usando solo la mano izquierda. Carolina entró unos minutos después y la vio trabajando con dificultad.
—¿De verdad crees que puedes seguir haciendo las cosas así? —preguntó, con una mirada de desdén—. Esa herida te va a impedir hacer nada bien. Quizás deberías irte a tu casa de Sevilla por unos días, para que no estorbes aquí.
Valentina dejó las verduras en el fregadero y se secó las manos con cuidado.
—No voy a irme —dijo, con voz más firme de lo que se sentía—. Esta es mi casa también.
Carolina rio suavemente y se fue. Valentina volvió a sus tareas, pero cada movimiento del dedo le recordaba el corte. Más tarde, cuando estaba sola en su habitación, sacó el diario y escribió:
"La herida del dedo sanará con el tiempo. Pero ¿y la del alma? ¿Cuándo dejará de doler? Ya no sé si puedo seguir esperando a que las cosas cambien. Quizás es hora de dejar de callar."
Se cerró el diario y lo guardó, mirando por la ventana al jardín donde el sol brillaba con fuerza. Por primera vez, sintió que el miedo a estar sola ya no era más fuerte que el dolor de seguir así.
Esa tarde, mientras se sentaba en el jardín cosiendo un pañuelo de encaje blanco, doña Elena se acercó y se sentó a su lado.
—Veo que sigues cosiendo —dijo su suegra, mirando las agujas moverse entre sus dedos—. Mi madre también cosía mucho cuando era joven. Decía que era una forma de calmar la mente.
Valentina asintió sin dejar de coser: "Sí, señora. Me ayuda a pensar en cosas buenas".
—Hablé con Alejandro esta mañana —continuó doña Elena, con la mirada fija en los pétalos de una rosa rota en el suelo—. Me dijo que pronto volverá a Madrid. También me mencionó a Sofía – dijo que ella está ayudando mucho con el proyecto de Nueva York.
Valentina sintió cómo se le apretaba el corazón, pero siguió cosiendo con movimientos precisos.
—Ya veo —respondió, sin levantar la vista—. Espero que el proyecto vaya bien.
Doña Elena se quedó en silencio por un instante, como si pensara en qué decir a continuación. Luego se levantó y dijo: "Bueno, sigue con tu trabajo. Cuando él regrese, seguro que encontrará la forma de arreglar las cosas".
Cuando se fue, Valentina dejó caer la aguja sobre el pañuelo. Las palabras de doña Elena resonaban en su cabeza – "encontrará la forma de arreglar las cosas". Pero ya no estaba segura de si ese arreglo incluiría a ella.
Se guardó el pañuelo terminado en su cajón y entró en la casa, donde la oscuridad de la tarde comenzaba a envolver las habitaciones. Se fue a su habitación y abrió el diario, escribiendo una sola línea:
"Estoy cansada de esperar que ellos arreglen las cosas. Quizás es hora de que yo haga algo por mí misma."