fantacia urbana y drama psicológico
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Capitulo 6: Paredes Gruesas
La mansión olía a polvo, a madera lustrada y a nada. A nadie.
Newt se quedó parado en el hall. El techo estaba a cinco metros arriba. Las escaleras subían en curva, alfombra roja, baranda de bronce. Todo lo que odiaba. Todo lo que era suyo.
No había goteras. No había ruido de calle. No había vecinos peleando al otro lado de la pared. Había silencio. Y el silencio, descubrió, también podía gritar.
Felix entró detrás de él y cerró la puerta. El _click_ de la cerradura sonó a disparo. Dejó las llaves del departamento —las viejas— sobre una mesa de mármol que valía más que el edificio entero donde vivieron cuatro años. No combinaban.
"No toques nada", dijo Newt. Automático. El dueño de casa hablando. "Hay cosas que si las rompes, valen más que vos."
Felix lo miró. Agarró un adorno de vidrio de la mesa, lo tiró al aire y lo atajó con una mano. "¿Este?"
Newt no contestó. Las sombras se movieron, inquietas. No les gustaba el lugar. Demasiado espacio. Demasiado vacío. En el depto de mierda estaban apretadas, contenidas. Acá podían estirarse. _Podemos correr. Podríamos llenar todo esto. Seríamos grandes._
"Callate", murmuró Newt.
"¿Qué?", dijo Felix. Ya estaba revisando la casa. Abriendo puertas, mirando a los costados. Soldado reconociendo terreno. No turista. No invitado.
"Nada."
Caminaron. El eco de sus pasos rebotaba. Cocina del tamaño del departamento entero. Living con sillones en los que nadie se había sentado en cuatro años. Ventanales con cortinas pesadas. Todo cerrado. Todo muerto.
Llegaron al segundo piso. La puerta de su cuarto. Newt no la tocaba desde los diecisiete. Desde la noche que Varela mandó a dos tipos a pararse en la puerta y él saltó por la ventana con una mochila y Felix esperándolo abajo en una moto robada.
Puso la mano en el picaporte. Frío. Real.
Adentro olía a encierro. La cama estaba hecha. Sábanas caras. Almohadas mullidas. Una cárcel de lujo.
Felix se quedó en el umbral. No entró. "Tenés veinte cuartos. Elegiste este."
"Es mío", dijo Newt. Sonó a chico. Lo odió.
"Era tuyo", corrigió Felix. Miró alrededor. "Ahora es de las sombras también. Mirá."
Señaló la esquina. Donde no daba la luz del velador que se prendió solo con el sensor. Ahí estaban. Más grandes que en el departamento. Más nítidas. No susurraban. Lo miraban. Esperando que la casa nueva les diera permiso.
Newt sintió el picor en la mano izquierda. El impulso. Chasquear los dedos. Mandarlas a revisar la casa. Ver si Varela había dejado a alguien. Si el tío había puesto micrófonos. Saber. Controlar.
Cerró el puño. No. A pulso. Había dicho a pulso.
"Voy a abrir las ventanas", dijo Felix. Y lo hizo. Corrió las cortinas pesadas, levantó la madera. Entró aire de noche. Olía a pasto recién cortado y a ciudad lejos. "Para que no se junte olor a muerto."
Se giró. Miró la cama. Luego a Newt. "¿Vas a poder dormir acá?"
Era la pregunta. La única que importaba. Cuatro años durmiendo en el piso, con la espalda contra la puerta, porque si alguien entraba, lo iba a sentir. Acá la puerta estaba a diez metros. Podía entrar un ejército y no se enteraba.
"No sé", dijo Newt. Honesto. Porque mentirle a Felix en esta casa se sentía distinto. Se sentía mal. "Hace cuatro años que no lo intento."
Felix asintió. No dijo "vas a estar bien". No mintió. Caminó hasta la puerta del cuarto de al lado. La abrió. Vacío. Cama hecha. Igual de grande. Igual de frío.
"Esta", dijo. Dejó la campera gastada sobre la cama. Marcando territorio. "Desde acá escucho si las paredes hablan."
No era "voy a cuidarte". Era "me quedo cerca". No era promesa. Era hecho.
Newt se sentó en el borde de su cama. Se hundió. Demasiado blanda. Demasiado. En el depto el colchón del piso te recordaba que estabas vivo porque te dolía la espalda. Esto te tragaba.
Las sombras se estiraron por el techo. _Grande. Lindo. Podemos quedarnos acá para siempre. Sin goteras. Sin fideos recalentados. Sin él. Solo nosotros._
Newt apretó los ojos. "Felix."
"¿Qué?"
"Dejá la puerta abierta."
Silencio. Después, pasos. Felix volvió a aparecer en el umbral. No dijo nada. Dejó la puerta abierta de par en par. Y se fue a su cuarto. Tampoco cerró esa puerta.
Dos puertas abiertas. Un pasillo de diez metros entre ellas. Suficiente. Insuficiente.
Newt se acostó vestido. Con las zapatillas puestas. Por si había que correr. Por si había que saltar otra ventana.
Apagó el velador.
La oscuridad fue total por dos segundos. Después sus ojos se acostumbraron. Y las vio. Las sombras en el techo, en las esquinas, en el placard abierto. Más grandes. Más fuertes. Alimentadas por el espacio, por el silencio, por el peso de cuatro años de apellido Jordan cayéndole encima de golpe.
_Solo. Por fin solo. Él está lejos. Diez metros es lejos. Chasqueá. Una vez. Para ver. Para saber si estás seguro._
Le picaban las dos manos ahora. El pecho. La garganta. Era más fuerte acá. En el depto era supervivencia. Acá era lujo. Y el lujo lo tentaba a gastar.
Del otro cuarto vino un ruido. Una página pasando. Felix leía. O fingía leer. Ruido blanco. A diez metros. Distinto al del depto, pero ahí.
Newt se giró para el lado de la puerta. No veía a Felix. Solo escuchaba el fantasma del papel cada tanto. Suficiente.
Cerró los ojos. No durmió. Dormitó.
Las sombras no lo tocaron. No esa noche.
Estaban ocupadas midiendo la casa nueva. Calculando cuánto tardarían en llenarla.