Un amor roto por mentiras renace entre el deseo y el rencor. Aura regresa con un secreto que lo cambia todo: un hijo. Mauricio nunca dejó de amarla, pero el engaño los separó. Entre pasiones, verdades ocultas y una rival obsesiva, el destino los enfrentará nuevamente.
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Capítulo 12: Lo que ya no puede espera
El teléfono vibró suavemente en las manos de Aura.
Abrió el chat.
“Las de siempre”
Y escribió.
Aura: Chicas… necesito verlas.
Camila: ¿Todo bien?
Daniela: Eso no suena a “todo bien”… ¿qué pasó?
Aura sostuvo el teléfono.
Aura: No quiero hablar por aquí…
Aura: ¿Podemos vernos mañana? En tu departamento, Cami.
Hubo una pausa breve.
Camila: Claro. A la hora que quieras.
Daniela: Yo llevo vino. Eso siempre significa drama serio.
Camila: Entonces me encargo de la comida. Esto se va a alargar.
Aura sonrió apenas.
Aura: Gracias… las quiero.
Dejó el teléfono a un lado.
......................
La luz de la sala estaba encendida.
Isabel levantó la mirada cuando vio a su hija bajar las escaleras.
—Hija… —dijo con suavidad—. Deberías estar descansando.
Isabel la observó con más atención.
—Veo que algo te preocupa.
Aura bajó los últimos escalones.
Se sentó frente a su madre.
Y entonces…
lo dijo.
—Mamá… Chris me preguntó por su padre.
Isabel suspiró despacio.
—Sabías que este día llegaría, ¿no?
Aura asintió levemente.
—Sí… pero no pensé que fuera tan rápido.
—Debes tomar una decisión, hija —continuó Isabel con calma—. Por tu hijo.
Aura bajó la mirada.
—Lo sé.
—Las cosas con Mauricio no terminaron bien —añadió su madre—. Y sé que estás dolida.
Aura apretó las manos sobre su regazo.
—Hoy lo vi.
Isabel se tensó apenas.
—¿Qué?
—En un restaurante… —murmuró—. Estaba con ella. —De seguro… —continuó Aura, tragando saliva—. el hijo de ambos debe tener la misma edad de Chris.
El golpe fue directo.
—Y él… —su voz se quebró apenas—. ni siquiera sabe que tiene otro hijo.
Isabel la miró con dolor.
—Aura…
—¿Te das cuenta, mamá? —añadió, ahora con más emoción—. Él vive su vida… con su familia… con su hijo…
Negó suavemente.
—Y Christopher…
—Está creciendo sin su padre —concluyó Isabel con suavidad.
Una lágrima escapó.
—No quiero que le falte nada… —susurró.
—Entonces no le faltes tú —respondió su madre—. Pero tampoco le quites el derecho de saber.
Aura levantó la mirada.
—¿Después de todo lo que pasó?
—Después de todo —afirmó Isabel—. Porque esto ya no es solo sobre ustedes.
—Es sobre tu hijo.
Aura respiró hondo.
—No sé si estoy lista… —admitió.
Isabel tomó su mano.
—Tal vez no lo estés —dijo con ternura—. Pero él sí va a necesitar respuestas.
Aura asintió lentamente.
Con el corazón dividido.
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En la casa de Mauricio...
En la sala, tres botellas de cerveza reposaban sobre la mesa de centro. La nueva producción del Grupo Luzuriaga ya estaba en circulación… y ellos, como siempre, eran los primeros en probarla.
Ricardo dio un largo trago.
—Tengo que admitirlo… —dijo, mirando la botella—. Esta vez sí nos lucimos.
Gabriel sonrió, recostado en el sofá.
—Te lo dije. La estrategia iba a funcionar.
Mauricio no respondió.
Observaba la botella en su mano, girándola ligeramente.
Le dio un trago.
—Está bien —murmuró.
Ricardo lo miró de reojo.
—¿“Está bien”? —repitió con burla—. Para ti eso es como decir que es perfecta.
Gabriel rió.
—Ya sabemos cómo es.
Su mente estaba en otro lugar.
Gabriel lo notó primero.
—¿Qué te pasa?
Mauricio dejó la botella sobre la mesa.
—La vi.
Ricardo y Gabriel intercambiaron miradas.
—¿A quién? —preguntó Ricardo, aunque ya lo intuía.
—A Aura.
El nombre cayó pesado.
Gabriel se incorporó un poco.
—¿Dónde?
—En el restaurante.
—¿Y? —insistió Ricardo.
Mauricio tensó la mandíbula.
—Nada… —respondió.
—No te creo —dijo Gabriel—. Si fuera “nada”, no tendrías esa cara.
Mauricio lo ignoró.
Tomó la botella otra vez.
—Estaba con alguien.
Ricardo dejó su cerveza sobre la mesa.
—¿Quien?
—Un tipo —respondió Mauricio, con la mirada endurecida—. De seguro su nueva víctima… o su amante, no lo sé.
El desprecio en su voz fue evidente.
Pero también…
los celos.
Gabriel lo observó con atención.
—Han pasado seis años —dijo con calma—. ¿Qué esperabas?
Mauricio no respondió.
Ricardo suspiró.
—Si quieres… —dijo— puedo preguntarle a Daniela qué ha hecho todo este tiempo.
Mauricio levantó la mirada.
—No.
Ricardo alzó las manos.
—Solo digo.
Gabriel intervino.
—Yo te diría lo mismo… —murmuró—. Pero Camila es un hueso duro. No me acepta ni con mis mejores encantos.
Ricardo soltó una risa.
—Eso es porque te conoce demasiado bien.
Gabriel negó con la cabeza, divertido.
—Imposible sacarle información.
Mauricio se recostó en el sofá.
—No digan tonterías.
Su tono volvió a ser frío.
—No me interesa lo que haga.
Mentira.
—Hoy la vi —añadió, más bajo—. Y fue suficiente.
El silencio se instaló otra vez.
Ricardo y Gabriel intercambiaron miradas.
Ambos sabían que eso no estaba cerrado.
Ni de cerca.
—¿Y cómo reaccionó? —preguntó Gabriel.
Apretó la mandíbula.
—Como siempre —murmuró—. Evadiendo.
Pero incluso mientras lo decía…
algo dentro de él dudaba.
Porque había visto algo más.
Algo que no lograba encajar.
Tomó otro trago de cerveza.
Más largo.
Como si pudiera apagar lo que llevaba dentro.
Pero no podía.
Porque por más que lo negara…
Aura ya no era solo pasado.
Y eso…
lo irritaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.
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La madrugada avanzaba…
Pero ninguno de los dos podía dormir.
......................
En la casa de Mauricio…
La habitación estaba en penumbra.
Él yacía sobre la cama, con un brazo sobre la frente, mirando al techo sin realmente verlo.
El silencio era absoluto.
Pero su mente…
no.
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En la casa de Aura…
Ella estaba acostada de lado, observando a Christopher dormir. Su respiración era tranquila, ajena a todo.
Aura, en cambio…
no encontraba calma.
Cerró los ojos.
Y entonces…
El recuerdo llegó.
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Blackback...
Había sido una noche como tantas otras.
Tarde en la oficina.
Demasiado tarde.
Aura estaba organizando unos documentos cuando sintió la mirada de Mauricio sobre ella.
Levantó la vista.
—¿Pasa algo?
Se levantó de su silla.
Caminó hacia ella.
—Sí —dijo finalmente—. Pasa algo.
Aura dejó los papeles sobre el escritorio.
Su corazón empezó a latir más rápido.
—¿Qué sucede?
Mauricio se detuvo frente a ella.
—Esto —respondió, señalando el espacio entre ellos—. Esto que está pasando.
Aura intentó mantener la calma.
—No está pasando nada.
—No mientas.
—Lo sientes —añadió—. Igual que yo.
El aire se volvió pesado.
—Eres mi jefe —susurró ella.
—Y tú eres la mujer que no puedo sacar de mi cabeza.
El golpe fue directo.
Aura desvió la mirada.
—Esto no es correcto.
—No me interesa que sea correcto.
Mauricio dio un paso más.
Su cercanía la envolvió.
—Quiero que estemos juntos.
Aura lo miró.
Sorprendida.
—¿Así… sin más?
—No es “sin más” —respondió él—. Llevo semanas… meses conteniéndome.
—Pero ya no quiero hacerlo.
Aura sintió cómo todo dentro de ella se movía.
—Esto puede salir mal…
—O puede ser lo mejor que nos pase.
Sus miradas se sostuvieron.
—Dime que no quieres esto —pidió él.
Aura abrió los labios…
Pero no salió ningún “no”.
Y él lo vio.
Siempre supo leerla.
Mauricio alzó la mano lentamente.
Rozó su mejilla.
—Quédate conmigo… —murmuró.
Aura cerró los ojos un segundo.
Y cuando los abrió…
Asintió.
Mauricio no esperó más.
La besó.
Fin del blackback.
perp cuando veas la realidad haber si vas a llorar y rogar para pedir perdón hombre...
ya deja de comportarte como niño y aprende a ser hombre ..e investiga qué fue lo que paso en realidad porque esa silvana e una culebra ponsoñosa ...