Francisco Valois, un magnate que perdió la vista y su imperio tras un atentado, acepta un matrimonio de conveniencia con Andrea, quien promete ser sus ojos y devolverle el poder. Mientras Francisco la desprecia creyéndola una oportunista, Andrea oculta una verdad devastadora: padece una enfermedad terminal y ha planeado su muerte para donarle sus córneas y asegurar el futuro del hombre que ama en secreto.
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capitulo 03
La mansión Valdivia no recibió a Andrea con calidez, sino con el silencio sepulcral de un mausoleo de lujo. El aire dentro de la propiedad se sentía denso, cargado de un aroma a cera de muebles, cuero viejo y ese frío aséptico que emana del mármol pulido. Para Andrea, cruzar el umbral no fue el inicio de una vida de privilegios, sino la entrada voluntaria a una jaula donde el carcelero era un hombre roto que usaba su ceguera como un arma.
Francisco no la esperaba en la puerta. Estaba sentado en el gran salón, una estancia de techos altísimos que amplificaba cada sonido, convirtiendo el roce de la maleta de Andrea contra el suelo en un estruendo invasivo.
—Llegas tres minutos tarde —dijo Francisco. Su voz, profunda y desprovista de emoción, cortó el aire. Estaba sentado en un sillón orejero de terciopelo azul noche, con la espalda tan recta que parecía parte de la estructura del mueble. Sus ojos, aunque fijos en un punto muerto frente a él, parecían escrutar el alma de Andrea—. Supongo que ya estás calculando cuánto valen las molduras de oro del techo para tu comisión de salida.
Andrea apretó el asa de su maleta hasta que los nudillos le blanquearon. El desprecio en las palabras de él dolió más de lo que esperaba, pero se obligó a mantener la voz firme. No podía permitirse flaquear; Marina, la mujer que lo amaba en secreto, sabía que este Francisco era un reflejo del dolor, no el hombre real.
—He venido a trabajar, señor Valdivia. No a tasar su casa —respondió ella con una calma que pareció irritarlo.
Francisco esbozó una sonrisa torcida, una mueca cargada de cinismo.
—Trabajar. Qué palabra tan noble para alguien que ha vendido su libertad por un contrato matrimonial. Vamos a ver cuánto dura esa nobleza cuando la realidad de mi ceguera deje de ser una tragedia romántica y se convierta en tu pesadilla diaria.
Francisco se puso de pie. A pesar de su ceguera, se movía por el salón con una precisión inquietante, producto de haber memorizado cada centímetro de su encierro. Se acercó a una mesa lateral donde descansaba una jarra de cristal veneciano llena de agua y dos vasos tallados.
Con un movimiento que pareció accidental, pero que Andrea supo perfectamente calculado, Francisco extendió la mano con excesiva fuerza. Su brazo barrió la mesa. El sonido del cristal estallando contra el mármol fue como un disparo en la habitación. El agua se desparramó, creando un charco brillante sembrado de esquirlas afiladas que salpicaron hasta los pies de Andrea.
—Vaya —dijo él, sin rastro de arrepentimiento—. Mi torpeza es tan... inoportuna. Como no puedo ver dónde cayeron los trozos, supongo que tu primera tarea "humanizada" será recogerlos. Ahora mismo.
Andrea miró el desastre. Sabía que había personal de limpieza en la casa, pero Francisco había dejado claro que esto era algo personal. Ella se arrodilló, sintiendo el frío del mármol penetrar en sus rodillas.
—¿A qué esperas? —presionó él, permaneciendo de pie a escasos centímetros del charco—. ¿O es que las manos de una futura señora Valdivia son demasiado delicadas para recoger los restos de mi inutilidad?
Andrea comenzó a recoger los cristales. No buscó una escoba; sabía que él quería verla rebajarse, quería oír el roce de sus manos contra el suelo. Con cuidado, fue juntando los pedazos más grandes. El silencio era tan absoluto que podía oír la respiración pesada de Francisco sobre ella. Él estaba disfrutando de su poder, saboreando la idea de que una mujer "cazafortunas" estuviera de rodillas a sus pies por unos cuantos diamantes en el futuro.
De repente, Francisco dio un paso adelante, sus zapatos de cuero italiano rozando peligrosamente los dedos de Andrea.
—¿Ya terminaste? No oigo nada. ¿Te has quedado petrificada por la humillación o estás guardándote algún trozo para cortarme el cuello mientras duermo?
—Estoy recogiendo el cristal, Francisco —dijo ella, usando su nombre de pila por primera vez, lo que le valió una contracción en la mandíbula de él—. No hay necesidad de ser cruel.
—La crueldad es lo único que me queda para distinguir a los hipócritas de la gente real —escupió él—. ¡Recoge más rápido!
En su prisa por complacerlo y evitar que él pisara los cristales y se lastimara, un borde afilado le tajó la yema del dedo índice. Andrea soltó un jadeo ahogado. Una gota de sangre roja y brillante cayó sobre el mármol blanco, mezclándose con el agua.
Francisco se tensó. Sus oídos, agudizados por la falta de visión, captaron el cambio en la respiración de ella y el sutil sonido del impacto de la gota de sangre.
—¿Te cortaste? —preguntó. Hubo un milisegundo de algo parecido a la preocupación en su tono, pero lo aplastó de inmediato con una carcajada seca—. Qué lástima. Supongo que el precio de mi fortuna incluye algunas cicatrices. No esperes que te pida perdón. Tú firmaste el contrato.
Andrea se mordió el labio para no llorar. No era el dolor del dedo lo que le quemaba, sino la herida en el corazón al ver en qué se había convertido el hombre que ella admiraba. Se limpió la sangre en el delantal y continuó, recogiendo hasta la esquirla más pequeña para asegurarse de que él no corriera peligro.
—He terminado —dijo finalmente, poniéndose de pie con las rodillas marcadas por la dureza del suelo.
—Bien. Ahora, llévame a mi despacho —ordenó él, extendiendo el brazo, pero no para que ella lo sostuviera, sino como si fuera un guía que debe ser dirigido—. Y no intentes guiarme por el camino largo para que vea tus poses. Recuerda que no veo, Andrea. Tu belleza, si es que tienes alguna, es desperdicio conmigo. Aquí solo importan los resultados y tu capacidad para aguantar mi temperamento.
Caminaron por los pasillos interminables. Andrea lo guiaba dándole indicaciones verbales, tal como él prefería para mantener su autonomía. "Tres pasos, giro a la izquierda, puerta a la derecha". Francisco caminaba con una soberbia que ocultaba su vulnerabilidad, pero Andrea notaba cómo sus hombros se tensaban cada vez que sus dedos rozaban una pared para orientarse.
Al llegar al despacho, Francisco se sentó tras su imponente escritorio de caoba.
—Mañana empezaremos con la revisión de mi agenda. No quiero errores. Si no puedes manejar una jarra de agua, dudo que puedas manejar mi vida. Vete a tu habitación. Es la que está al fondo del pasillo, la más alejada de la mía. No quiero oír tus pasos por la noche buscando mi caja fuerte.
Andrea se detuvo en el umbral. Miró a ese hombre envuelto en sombras, solo en su inmensa riqueza, usando el odio como un escudo para que nadie viera cuánto miedo tenía de ser amado por interés.
—Buenas noches, Francisco —dijo ella suavemente.
—El día que sea una buena noche para mí, Andrea, será el día en que pueda ver el amanecer sin sentir que es una burla —respondió él, dándole la espalda.
Andrea salió del despacho, cerrando la puerta tras de sí. Al llegar a su habitación, se sentó en la cama y miró su dedo vendado. La mansión era, en efecto, una jaula de mármol. Francisco estaba decidido a quebrarla, a humillarla hasta que ella renunciara y confirmara sus peores sospechas sobre el género humano. Lo que él no sabía era que Andrea no estaba allí por el mármol, ni por el oro, ni por el apellido. Estaba allí por el hombre que rugía en la oscuridad, y ninguna cantidad de cristales rotos la haría retroceder. La batalla por su alma apenas comenzaba.
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