¿Qué harías si la única persona que puede salvarte es un "fantasma" que solo tú puedes ver?
Hades está en coma, pero su espíritu está atrapado en el mundo de los vivos, atado a Ela por un hilo rojo incandescente. Él busca una salida; ella busca una razón para seguir adelante. Están anclados el uno al otro en una lucha desesperada contra el destino. Juntos deberán enfrentar los nudos de dolor que los unen antes de que sea demasiado tarde. Una historia sobre la vida, la muerte y el poder de una conexión que no se puede romper.
Descubre "Rojo destino: El último nudo", una novela donde el amor es la única luz en la oscuridad del vacío.
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Fragmentos de una vida
Ela no regresó a clase después del enfrentamiento en el vestuario. No podía. La adrenalina todavía le hacía temblar las manos y sentía que, si se quedaba en el instituto, el aire terminaría por asfixiarla. Caminó varias calles hasta encontrar un viejo ciber café, uno de esos lugares oscuros y llenos de cables que olían a café quemado y a encierro. Era el refugio perfecto para pasar desapercibida.
Hades la seguía de cerca, con una expresión de desconcierto. A medida que se alejaban del instituto, parecía más distraído, como si estuviera tratando de atrapar pensamientos que se le escapaban entre los dedos.
—¿Te pasa algo? —le preguntó Isela en un susurro mientras pagaba por una hora de internet en la última computadora del rincón.
—No lo sé —respondió él, mirando sus propias manos traslúcidas—. Recuerdo el hospital... Recuerdo despertar allí y ver el hilo. Pero antes de eso... hay una neblina. Sé que vivía en un cuarto piso. Sé que hubo una caída. Pero no puedo recordar el momento en que mis pies dejaron el suelo. No recuerdo por qué lo hice.
Isela sintió un nudo en la garganta. Se sentó frente al monitor y empezó a teclear: "Joven, cuarto piso, caída".
—A lo mejor es mejor así —dijo ella con suavidad— Quizás tu mente te está protegiendo de algo.
—O a lo mejor tengo miedo de descubrir que no hubo una razón —murmuró Hades, con la mirada perdida en la pantalla—. Solo un vacío que no supe llenar.—
Los resultados de la búsqueda aparecieron. Varias noticias locales de los últimos meses hablaban del incidente. Ela hizo clic en una que tenía una foto borrosa de un edificio de apartamentos. Hades se acercó a la pantalla. Al ver la foto del edificio, retrocedió como si hubiera recibido una descarga eléctrica. Un par de imágenes fragmentadas empezaron a parpadear en su mente: destellos de luz de monitor en una habitación oscura y una sensación de vértigo, pero nada más. La neblina seguía allí, espesa y gélida.
—Ese es... ese es mi edificio —dijo con la voz entrecortada—. Mi nombre... ahí dice que me llamo Hades Belmont.
Isela siguió leyendo, saltando de un enlace a otro. Encontró un foro de seguridad informática donde alguien mencionaba su nombre. Se movía en las sombras digitales; hablaban de él como alguien brillante, un prodigio que podía entrar en sistemas imposibles, pero que se había vuelto paranoico y solitario en los últimos meses.
—Eras un genio de la informática —dijo Ela, mirándolo con asombro—. Dicen que podías ver cosas que nadie más veía en los códigos. Quizás por eso puedes ver el hilo ahora. Tu mente siempre estuvo entrenada para encontrar conexiones invisibles.
Hades no respondió. Estaba mirando un pequeño video de una cámara de seguridad cercana que captó el momento posterior a la caída. Vio la ambulancia, vio a su madre gritando en la acera... y entonces vio algo más. En el video, justo cuando los paramédicos subían la camilla, una patrulla de policía pasaba lentamente por la calle lateral. A través del cristal trasero, se veía la silueta de una chica que miraba la escena con una expresión de horror absoluto antes de que el vehículo doblara la esquina.
Ela ahogó un grito y tapó su boca con la mano.
—Esa... esa soy yo —susurró ella—. Yo estaba en esa patrulla. Mi madre me llevaba de regreso a casa después de que me presentara en la comisaría por... por un problema que tuve.
Se quedó helada, recordando la imagen de un cuerpo tendido sobre el asfalto que había visto a través de la ventana esa noche. Había sentido una punzada de dolor ajeno, un escalofrío que la recorrió entera sin saber por qué.
El hilo rojo entre ellos brilló con una intensidad cegadora, vibrando con una frecuencia que hacía doler los oídos. No se habían conocido hoy en el instituto. Sus destinos se habían cruzado en el momento exacto en que la vida de Hades Belmont se estaba apagando, mientras ella miraba por la ventana de una patrulla, compartiendo, sin saberlo, el mismo aire cargado de tragedia.