En la ciudad prohibida, las reglas no solo están escritas en piedra, sino también en el corazón de un hombre que juró nunca amar.
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Capítulo 04: Tormenta en la Ciudad
La humedad en Beijing aquel martes de finales de verano era tan densa que se podía sentir en la piel como una sábana invisible. Durante la última semana, el ritmo de las mañanas en el piso 88 de la Torre Li se había vuelto una coreografía extraña y fascinante. Mei Ling llegaba antes del amanecer, cargando tubos de papel y el aroma del café de la calle, mientras que Li Wei ya la esperaba, impecable, con su mirada de acero y su lógica de hierro. Sin embargo, aquel día, la jornada se había extendido mucho más allá de las siete de la mañana.
El proyecto de "El Ala del Fénix" se había convertido en un agujero negro que succionaba todo el tiempo y la energía de ambos. Li Wei, en lugar de delegar las correcciones técnicas, se había obsesionado con la viabilidad estructural de la propuesta de Mei. Habían pasado de las siete de la mañana a las siete de la tarde sin apenas darse cuenta, rodeados de maquetas digitales y montañas de bocetos.
—No puede funcionar así, Mei Ling —dijo Li Wei, su voz sonando más ronca que de costumbre debido al cansancio. Se había quitado la chaqueta del traje y se había remangado la camisa, revelando unos antebrazos fuertes que Mei Ling intentaba ignorar con todas sus fuerzas—. Si mantenemos el voladizo en la sección norte sin un soporte central, la fatiga del metal en diez años será inasumible. Estéticamente es un milagro, pero físicamente es una pesadilla.
Mei Ling, que estaba inclinada sobre una mesa táctil gigante, soltó un bufido de frustración y se apartó un mechón de pelo de la cara. Su coleta se estaba deshaciendo y tenía una mancha de grafito en la mejilla, pero sus ojos brillaban con una intensidad febril.
—¡Es que no es solo metal, Li Wei! —exclamó ella, usando su nombre de pila por primera vez sin darse cuenta. La formalidad se había evaporado hacía horas bajo el calor de la discusión—. Es un sistema de contrapesos dinámicos. Si permitimos que la estructura se mueva con la presión del viento, la carga se redistribuye. Usted quiere que el edificio sea un búnker, yo quiero que sea una bailarina.
Li Wei se acercó a ella. Su presencia siempre parecía ocupar más espacio del que le correspondía.
—Una bailarina que, si se cae, matará a quinientas personas y destruirá mi reputación. No acepto un "si permitimos". Quiero certezas.
—La única certeza en este mundo es que si no arriesgamos, moriremos de aburrimiento —replicó ella, girándose para encararlo.
En ese momento, un trueno ensordecedor sacudió los cimientos de la Torre Li. Fue tan potente que las ventanas de cristal reforzado vibraron con un gemido sordo. Mei Ling dio un respingo involuntario y, por un segundo, perdió el equilibrio. La mano de Li Wei se disparó con la velocidad de un depredador, sujetándola por el codo para estabilizarla. El contacto fue eléctrico; la piel fría de él contra el calor de ella envió una descarga de adrenalina que nada tenía que ver con el trueno.
—Gracias —susurró ella, recuperando la compostura y apartándose con suavidad.
Li Wei no respondió de inmediato. Se giró hacia el ventanal. Afuera, el cielo de Beijing se había vuelto de un color violeta oscuro, casi negro. La lluvia no empezó a caer, sino que golpeó el cristal con la furia de un océano desatado. En cuestión de segundos, la visibilidad de la ciudad desapareció, dejando solo un vacío gris salpicado por los destellos de los rayos.
—Es una tormenta de nivel rojo —comentó Li Wei, observando el caos meteorológico con una calma inquietante—. El aeropuerto ha cancelado vuelos y las autopistas del centro están inundadas.
Mei Ling miró su reloj. Eran casi las ocho.
—Tengo que irme. Bo me espera en el estudio para revisar los presupuestos de los materiales.
Tomó su bolso y se dirigió hacia el ascensor privado, pero antes de llegar, las luces del ático parpadearon violentamente y se apagaron. Un silencio sepulcral llenó la estancia, solo interrumpido por el rugido del viento contra el edificio. Unos segundos después, las luces de emergencia, de un tono ámbar tenue, se encendieron, bañando la oficina en una penumbra irreal.
—Señorita Mei, no vaya a ninguna parte —dijo la voz de Li Wei desde la oscuridad. Se escuchó el clic de su teléfono—. El sistema de seguridad ha bloqueado los ascensores por protocolo de tormenta eléctrica severa. Estamos a trescientos metros de altura y el generador de respaldo solo está alimentando los sistemas críticos. Nadie entra y nadie sale hasta que el centro de control verifique la integridad del cableado.
—¿Qué? —Mei Ling sintió una punzada de pánico—. No puedo quedarme aquí atrapada. Tiene que haber una escalera de incendios, o...
—Hay ochenta y ocho pisos de escaleras —la interrumpió él, acercándose. Su silueta era imponente bajo la luz ámbar—. Y afuera la lluvia es tan fuerte que no vería el escalón frente a sus pies. Además, las puertas presurizadas se han sellado. Estamos atrapados, Mei Ling.
Ella se dejó caer en el sofá de cuero negro del área de espera, sintiendo que las paredes del ático empezaban a cerrarse sobre ella. La idea de pasar una noche entera a solas con Li Wei, sin el escudo de los planos y las hojas de cálculo, era aterradora.
—Es irónico —dijo ella, tratando de usar el sarcasmo para ocultar su nerviosismo—. El hombre que quería controlar cada centímetro de su edificio ha sido encerrado por él mismo.
Li Wei caminó hacia el ventanal. Por un momento, no pareció el CEO arrogante, sino un hombre contemplando la fragilidad de su imperio ante la naturaleza.
—Yo no controlo el edificio, Mei Ling. Solo trato de evitar que el caos gane la partida. Pero parece que hoy, el caos ha decidido que necesitamos un descanso.
—No sé cómo descansar —confesó ella en voz baja, mirando sus manos—. Si me detengo, siento que todo lo que he construido se desmoronará.
Li Wei se giró hacia ella. La luz de emergencia marcaba las líneas duras de su rostro, dándole un aire de estatua antigua.
—Bienvenida a mi mundo. Pero esta noche, ni usted ni yo podemos construir nada. El acero está frío y el cristal está mojado. Solo nos queda esperar.
Se quedaron en silencio, dos extraños unidos por un proyecto y separados por un abismo de clases y filosofías, escuchando cómo Beijing desaparecía bajo la tormenta más violenta de la década. Estaban atrapados, y en ese encierro, las máscaras profesionales empezaban a pesar demasiado.