Ella nunca imaginó que el peor día de su vida terminaría con un anillo en el dedo.
Él juró no volver a amar… hasta que la obligación lo ató a una mujer que se convirtió en su debilidad.
Un matrimonio por contrato para salvar el honor, los negocios y una familia en ruinas.
Mentiras, secretos y enemigos ocultos pondrán a prueba un vínculo que nació de la conveniencia, pero que pronto se vuelve demasiado real.
En un mundo donde nada es lo que parece, ¿el amor será suficiente para sobrevivir?
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Capítulo 4 – La primera negociación
La sala quedó en silencio tras las palabras de Adrián. El único sonido era el leve chisporroteo de las velas y el repiqueteo lejano de la lluvia golpeando los ventanales.
Valeria sostuvo su mirada, intentando no mostrar el temblor que recorría sus manos. Jamás había sentido una mezcla tan contradictoria: miedo, rabia, y, en el fondo, una curiosidad que no quería admitir.
Adrián bebió un sorbo de vino, imperturbable. Luego dejó la copa sobre la mesa y habló con la calma de alguien que ya tenía todas las respuestas.
—Nuestro matrimonio no será una farsa. Habrá un contrato, con cláusulas que protegerán a ambas partes.
Valeria arqueó una ceja.
—¿Cláusulas? ¿Me está proponiendo un negocio?
Él ladeó la cabeza, como si la pregunta le pareciera ingenua.
—Todo en la vida es un negocio, Valeria. El matrimonio no es la excepción.
Julián sonrió satisfecho, como si cada palabra de Adrián confirmara la decisión correcta. Pero Valeria lo ignoró. Dio un paso al frente, enfrentando al hombre que parecía querer firmar su destino como si fuera un contrato más en su colección.
—¿Y qué me garantiza a mí que no seré solo otra de sus piezas en el tablero? —preguntó, con la voz más firme de lo que esperaba.
Adrián entrecerró los ojos, evaluándola.
—Nada —respondió sin rodeos—. La vida no ofrece garantías. Pero conmigo tendrás poder, protección y libertad bajo una condición: la lealtad absoluta.
La palabra cayó entre ellos como un golpe seco. Lealtad.
Valeria sintió cómo su respiración se agitaba. ¿Lealtad a un hombre que apenas conocía? ¿A un apellido que imponía respeto y miedo a partes iguales?
Julián, incapaz de contenerse, intervino:
—Valeria, basta de preguntas. Adrián te está ofreciendo la salida que necesitamos.
Pero Valeria lo calló con una mirada que sorprendió hasta a Isabel, que observaba en silencio desde un rincón.
—Quiero leer ese contrato —dijo con firmeza.
Adrián alzó una ceja, divertido.
—Interesante. La mayoría de las mujeres que conozco solo se preocupan por la piedra en el anillo. Tú, en cambio, quieres revisar las condiciones.
—Porque no pienso perder mi voz en este trato —replicó ella, con un dejo de rebeldía.
Por primera vez, los labios de Adrián se curvaron en algo que se parecía a una sonrisa genuina. No duró más de un segundo, pero fue suficiente para helarle la sangre y calentarle la piel al mismo tiempo.
—Perfecto —dijo él con voz baja, casi un desafío—. Tendrás el contrato mañana. Pero recuerda algo, Valeria: cada cláusula que leas será tan vinculante como mi palabra. Y mi palabra… no se rompe.
Un escalofrío recorrió a Valeria. En ese momento comprendió que no se trataba solo de un matrimonio arreglado, sino de una negociación peligrosa con un hombre al que todos temían traicionar.
La cena terminó en un silencio tenso. Cuando Adrián se retiró, el eco de sus pasos resonó en el mármol como una sentencia.
Valeria respiró hondo, sabiendo que había cruzado una línea invisible.
El juego había comenzado.
Y aunque lo negara, parte de ella quería descubrir hasta dónde estaba dispuesta a llegar.