un caos en tacones
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Cap 4
¿Vieron eso? El gran Alek Volkov, el hombre que hace que los senadores suden frío y que los rivales desaparezcan sin dejar rastro, se ha quedado petrificado en la acera. Si las miradas mataran, Renata ya sería leyenda, pero como lo que ella lanza son dardos de lógica y sarcasmo, Alek se ha quedado... bueno, digamos que su cerebro está tratando de procesar qué acaba de pasar.
Alek subió al asiento trasero del Mercedes blindado con una lentitud inusual. Cerró la puerta y el silencio sepulcral del habitáculo solo duró tres segundos.
—¡JAJAJAJA! ¡No puedo más! ¡De rodillas, Alek! ¡Te puso de rodillas con un regaño de maestra de primaria! —Ivan golpeaba el volante, con las mejillas rojas de tanto reír—. "Modelo de pasarela malhumorado"... ¡Es oro puro! Voy a mandar a grabar eso en tu tumba.
Alek no respondió de inmediato. Se aflojó la corbata de seda oscura y clavó la vista en el punto donde el pequeño auto de Renata había doblado la esquina. Su mirada, usualmente gélida, tenía un brillo extraño. No era furia pura; era algo mucho más peligroso: curiosidad.
—Cierra la boca, Ivan —masculló Alek, aunque no había veneno en su voz—. Esa mujer... es un problema.
—¿Un problema? —Ivan se giró, apoyando el brazo en el respaldo del asiento, aún sonriendo—. Alek, esa mujer es un tornado de metro cincuenta. Tiene curvas de infarto, una cara de ángel y la lengua de una víbora con doctorado. Te barrió el piso frente a tus propios hombres y ni siquiera parpadeó cuando la amenazaste. ¡Ni siquiera sabe quién eres!
Alek dejó escapar un suspiro pesado, una media sonrisa cargada de arrogancia y deseo asomándose en la comisura de sus labios.
—Eso es lo que más me molesta. Y lo que más me gusta —admitió Alek, frotándose la barbilla—. Me miró como si fuera un estorbo en su camino, no como si fuera el dueño de esta ciudad. Me llamó "pequeño" emocionalmente. ¿Sabes cuántas personas han vivido para decirme algo así?
—Solo ella. Y técnicamente, todavía vive —Ivan se puso serio por un segundo—. Pero hablando en serio, jefe, es mexicana. Esas mujeres tienen el fuego en la sangre. Si crees que la vas a impresionar con tus relojes de cien mil dólares o quemando un edificio, estás muerto. Esa mujer desayuna tipos como tú.
Ivan tiene razón. Alek cree que el mundo es un tablero de ajedrez donde él siempre es el Rey, pero acaba de toparse con una Reina que no sigue las reglas del juego. Y miren esa mirada... ya está planeando algo.
—Búscalo todo, Ivan —ordenó Alek, su voz volviendo a ser ese susurro de autoridad que helaba la sangre—. Quiero saber a qué hora llega, a qué hora se va, qué café toma y por qué demonios no cree en el amor.
Ivan arqueó una ceja, divertido.
—¿Vas a acosarla o vas a inscribirte en su clase de manualidades? Porque te veo muy mal recortando estrellitas de papel, Alek.
Alek le lanzó una mirada que habría hecho que cualquier otro se callara, pero Ivan solo se encogió de hombros.
—No voy a acosarla —dijo Alek, reclinándose en el asiento de cuero—. Voy a enseñarle que este "gigante de vitrina" tiene mucha más educación de la que ella cree. Pero primero... quiero verla perder los papeles otra vez. Esa furia en sus ojos es lo más real que he visto en años.
Oh, Alek... pobre, ingenuo y letal Alek. Cree que tiene el control, pero no tiene ni idea de que Renata no solo no pierde los papeles, sino que te los devuelve corregidos y con una nota de "necesita mejorar". Esto va a ser un choque de trenes, y yo tengo el mejor asiento para verlo.
Alek sacó un cigarrillo, pero no lo encendió. Se quedó pensando en el aroma a vainilla que había quedado flotando en el aire cuando ella lo enfrentó.
—Maestra de jardín de niños, ¿eh? —susurró para sí mismo—. Vamos a ver qué tan buena es enseñándole modales a un monstruo
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