Sin dinero, sin familia y con el corazón destrozado, Valentina huyó a un pequeño pueblo donde nadie la conocía. Ahí, entre las manos ásperas de mujeres solidarias y el llanto de su hijo recién nacido, construyó desde cero lo que nadie creyó posible: un negocio propio, una nueva vida y un amor que jamás imaginó.
Mientras tanto, el karma no descansaba.
Todo lo que Sebastián le hizo se le devolvió con intereses: la traición de su amante, la caída de su imperio, la soledad más profunda. Y cuando por fin comprendió el peso de sus errores, ya era demasiado tarde para recuperar lo que destruyó.
Pero la vida guarda sorpresas para todos. Incluso para quienes no las merecen.
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Episodio 4
El piso frío de la Estación Central fue testigo mudo de los pasos tambaleantes de una mujer cuyo mundo acababa de derrumbarse. Valentina caminaba con la cabeza gacha, tratando de ocultar las manchas de lodo seco que aún ensuciaban su bata de maternidad.
Se sentía como un espectáculo gratuito: algunos ojos la miraban con lástima, otros con juicio.
Pero Valentina no tenía tiempo para sentir vergüenza. Su único objetivo era volver a casa. Necesitaba el abrazo de su padre. Necesitaba la protección del hogar donde creció, antes de que Sebastián llegara y se la llevara.
Después de un trayecto breve que le exprimió las últimas fuerzas, el taxi se detuvo frente a una reja alta de hierro en una colonia de clase media. La casa lucía tranquila, pero para Valentina, esa casa era la única esperanza que le quedaba.
Con las manos temblorosas, Valentina presionó el timbre. No tardó en abrirse la puerta de madera maciza. Pero no fue el rostro cálido de su padre el que apareció, sino la figura de una mujer de mediana edad con maquillaje recargado y una bata de seda llamativa.
Marta. La madrastra de Valentina.
Marta se quedó paralizada un momento al ver el aspecto de Valentina. Sus ojos la recorrieron de arriba abajo, desde la cabeza despeinada hasta la maleta vieja tirada junto a sus pies.
—¿Valentina? ¿Qué facha es esa? ¿Por qué apestas a lodo? —preguntó Marta con un gesto de asco, sin darle tiempo siquiera de decir hola.
—Mamá... Sebastián... me pidió el divorcio. Quiero ver a papá —la voz de Valentina se quebró. La fortaleza que había construido al borde de la avenida se desplomó al ver la puerta de su propia casa.
Marta no abrió la reja. Se cruzó de brazos y se plantó bloqueando el paso.
—¿Divorcio? ¿Dices que te divorció? ¿Con esa panza?
Marta soltó una risa ácida que le erizó la piel a Valentina.
—Valentina, escucha bien. Tu papá no está, salió de viaje por negocios. Y francamente, es mejor que no te vea así.
—Mamá, por favor... no tengo adónde ir. Anoche dormí en un hospedaje de mala muerte, solo necesito descansar —suplicó Valentina, con las lágrimas acumulándose en los ojos.
—¿Descansar? ¿Aquí? —Marta dio un paso hacia la reja—. Valentina, ¿sabes qué? El mes que viene tu hermana Tania se compromete con el hijo de un empresario importante. Si la gente se entera de que su hermana mayor volvió a la casa porque el marido la corrió estando embarazada, ¿qué van a decir? ¡Vamos a ser el chisme de todo el vecindario! ¿Quieres arruinarle el futuro a tu hermana con tu etiqueta de divorciada?
Valentina se estremeció.
—Mamá... yo soy hija de papá. ¡Esta también es mi casa!
—Era tu casa, Valentina. Antes de que te casaras con un hombre rico y te olvidaras de nosotros —siseó Marta con crueldad—. Escucha, no voy a cargar con esta vergüenza. No traigas tu mala suerte aquí. Vete a donde quieras, pero no te quedes. Si de verdad fueras lista, te habrías arrodillado a los pies de Sebastián para que no te divorciara, en vez de volver hecha un desastre.
La reja no solo se cerró, sino que se trabó con llave desde adentro. Valentina se quedó petrificada. Golpeó los barrotes una y otra vez hasta que se le enrojecieron las manos, pero nadie respondió.
Desde la ventana del segundo piso, vio la cortina entreabrirse un momento: era Tania, su hermana, que la miró con frialdad antes de correr la cortina de vuelta.
El mundo de Valentina se volvió completamente oscuro. Ya no tenía hogar. El hombre que amaba la había desechado, y la familia de la que esperaba refugio le cerró la puerta en la cara.
Con lo que le quedaba de fuerzas, Valentina arrastró su maleta de regreso a la calle. Volvió a la estación, el único lugar donde podía perderse entre miles de personas sin tener que explicarle a nadie quién era.
La tarde en la estación se sentía sofocante. Valentina se sentó en una banca de metal en el andén, esperando el tren nocturno que la alejaría de la capital, rumbo al pueblo de su difunta abuela, el único rincón que le quedaba en la memoria.
De pronto, un dolor brutal le golpeó la parte baja del vientre.
—Ah... —Valentina gimió, y sus manos se aferraron al vientre abultado por instinto.
Ese dolor no era como las pataditas habituales del bebé. Era agudo, como un retorcijón, y se extendía hasta la espalda. El rostro de Valentina se puso lívido. Gotas de sudor frío del tamaño de un grano de maíz le brotaron en las sienes.
Intentó controlar la respiración, como le habían enseñado en las clases prenatales a las que asistía sola. Pero los calambres se intensificaban. El cuerpo se le dobló y tuvo que agarrarse del respaldo de la banca para no caer al suelo.
—Mi amor... ahora no, por favor... Mamá te lo pide, aguanta un poquito más... —susurró con la voz estrangulada.
En medio del dolor que la torturaba, la imagen de Sebastián le cruzó la mente. Se lo imaginó cenando a la luz de las velas con Clarissa, riéndose sobre sus ruinas.
Mientras tanto, aquí, en una banca dura de estación, ella se jugaba la vida por un hijo que su propio padre había rechazado.
—¿Señora? ¿Señora, está bien? —una voz desconocida le llegó al oído.
Valentina intentó levantar la vista, pero todo se le nublaba. Solo alcanzó a distinguir la silueta borrosa de un hombre de complexión atlética, con una chaqueta oscura.
—Me duele... el vientre... —fue todo lo que Valentina pudo decir antes de que la oscuridad empezara a arrebatarle la conciencia.
La mano que sostenía el vientre fue perdiendo fuerza. La maleta a su lado dejó de importarle. En los últimos segundos antes de desmayarse por completo, Valentina sintió que un par de brazos fuertes la levantaban en vilo.
Un olor a antiséptico y una fragancia masculina suave le llegaron de lejos, un aroma que nada tenía que ver con el perfume agresivo de Sebastián.
—¡Aguante, señora! ¡No cierre los ojos! ¡Vamos al hospital ahora! —la voz del hombre sonó firme pero cargada de preocupación.
Valentina quiso preguntar quién era, pero la lengua no le respondió. Solo pudo dejarse llevar mientras su cuerpo atravesaba la multitud de la estación.
Tras los párpados cerrados, apenas alcanzó a rezar una sola cosa: Dios, si tienes que llevarte mi vida, salva a mi hijo.
Sin que Valentina lo supiera, el hombre que la rescataba era el doctor Adrián Torres, el hombre que más adelante se convertiría en un oasis en medio del desierto de su vida. Pero por ahora, el destino de Valentina y su bebé pendía de un hilo.
Al otro lado de la ciudad, Sebastián levantaba una copa de vino para celebrar el regreso de Clarissa. No tenía idea de que en ese mismo instante, la mujer que alguna vez cargó sus ilusiones luchaba entre la vida y la muerte por culpa de lo que él le hizo.