Descripción
Betina nunca tuvo nada. Criada en una hacienda de Minas Gerais, dormía en el establo mientras su madrastra y hermanastra se paseaban por la casa como reinas. La única herencia que recibió de su padre fue callarse y trabajar.
Hasta que un accidente lo cambió todo.
Carlos Eduardo Schmidt —Edu para quienes se lo ganaban— era el heredero de una de las familias más ricas de São Paulo. Joven, arrogante y acostumbrado a conseguir lo que quería. Hasta que un accidente lo dejó en silla de ruedas y le arrancó todo lo que creía que era él.
Cuando Betina llega a la mansión Schmidt como cuidadora, ninguno de los dos espera que algo cambie. Él la mira como a otra empleada más. Ella lo mira como al hombre más difícil con el que ha tenido que lidiar en su vida.
Pero entre los cuidados del día a día, los roces que ninguno de los dos sabe cómo nombrar, y los secretos que empiezan a salir a la luz dentro de esa familia, algo crece que ninguno de los dos puede detener.
Él aprendió que el dinero no compra lo que más necesitaba. Ella descubrió que el campo que la definía no era una limitación, sino su mayor fortaleza.
Una historia de amor entre dos mundos opuestos. Con todo lo que eso implica: pasión, celos, conspiraciones familiares, secretos enterrados que salen a la superficie... y un romance que empieza donde nadie lo esperaba.
Para quienes disfrutan de romances con tensión, personajes de verdad y esa sensación de no poder soltar el libro hasta saber cómo termina.
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Un pedido de té
Sulivan-¿Podemos hablar, Cadu?
Cadu-Creo que ya hablamos suficiente ayer.
Sulivan-Cadu, ayer casi me pegas con un jarrón en la cara. Tenemos que hablar.
Edu me miró, y yo asentí con la cabeza bajo las miradas atentas de Vanessa. El señor Sulivan se levantó de la mesa del desayuno y caminó al escritorio.
Cadu-Espérame en el cuarto.
Betina-Está bien.
Edu fue tras su padre, y tengo la sensación de que todo se está derrumbando. Esta casa ya no es la misma de cuando llegué. Me levanté y Vanessa me apretó el brazo, obligándome a sentarme de nuevo.
Vanessa-La pueblerina cree que va a ser dueña de todo esto.
Betina-Suéltame.
Ella se carcajeó y apretó más mi brazo, clavándome las uñas en la piel.
Vanessa-Vas a volver al hueco de donde saliste. Puede que hayas aprendido a hablar mejor, a vestirte mejor, pero sigues siendo la pobretona del campo, una ladronzuela.
Jalé mi brazo, haciendo que su uña me cortara la piel, y me levanté.
Betina-Yo nunca robé nada, Vanessa. Ustedes me tendieron una trampa, y yo ya lo sé todo. Vi el video.
Vanessa se alejó, aparentemente nerviosa, y fui a la cocina. Entré y Berta me miró con la mano en el brazo.
Berta-¿Qué pasó?
Betina-Nada, solo me lastimé.
Berta-Eso son uñas. Fue ella, ¿verdad?
Betina-Berta, no digas nada. Edu tiene la cabeza llena, y...
Vanessa entró.
Vanessa-Berta, necesito que vayas al mercado. Aquí está la lista. Voy a dar una fiesta, no quiero que falte nada.
Berta-Sí, señora. ¿Quieres ir conmigo?
Vanessa no me dejó responder.
Vanessa-Ella es la niñera del lisiadito, digo, de mi querido hijastro. Te dije que fueras.
Vanessa salió y Berta me miró. Fue hasta la puerta de la cocina a ver si la arpía ya se había ido.
Berta-No le escondas eso a Carlos Eduardo. Sé que se quieren.
Betina-¿Ya te diste cuenta?
Berta-Sí, hija. Ese muchacho ya no es el mismo desde que tú llegaste. Él está luchando por los dos. Hay cosas escondidas en esta casa. Ten cuidado, estas paredes están agrietadas y pronto se van a caer.
Me dio un escalofrío cuando Berta habló así. Ella agarró la lista y sus bolsas del mercado y salió. Yo limpié las marcas de uñas.
Seguridad-Señora...
Me asusté con el guardia de seguridad detrás de mí.
Betina-Qué susto, señor Geremias.
Geremias-No quise asustarla. Acaba de llegar esta caja. Berta pidió que la pusiera aquí.
Betina-Está bien, dámela.
Tomé la caja y el guardia salió. La puse en la mesa y la abrí. Eran nuevas cajas de té del señor Sulivan, solo que el empaque era bastante diferente al de las otras. Aun así, las guardé en el lugar donde Berta siempre las guarda, llevé la caja a la basura en la parte de afuera, y subí.
Betina-Edu... Edu.
Edu todavía no había subido, así que arreglé el cuarto y enseguida él entró. Estaba terminando de hacer la cama cuando lo sentí detrás de mí, abrazándome.
Edu-¿Qué es eso en tu brazo?
Betina-La señora Vanessa me apretó el brazo.
Edu se puso furioso y se alejó de mí.
Betina-No, no vayas.
Cadu-Ella no puede hacerte eso.
Betina-Edu, por favor, no quiero traerte más problemas. Sé que algo está pasando aquí.
Edu se sentó en la cama y se puso la mano en la cabeza.
Cadu-Siéntate.
Me senté, y él sostuvo mi mano.
Cadu-Mi papá le fue infiel a mi mamá con Vanessa.
Betina-¿Qué? Dios mío, Edu.
Cadu-Betina, muchas cosas van a cambiar en esta casa, así que quiero que te quedes aquí en el cuarto. Necesito salir. Thomas viene a buscarme, tengo que averiguar una sola cosa.
Betina-¿Es sobre Vanessa?
Cadu-Sí, y también sobre mi mamá. Prométeme que te vas a quedar aquí. No salgas de este cuarto.
Betina-Está bien. Te amo, Edu. Ten cuidado.
Edu-Yo también te amo mucho.
Edu me sostuvo el rostro y selló nuestros labios.
Cadu-¿Quieres ser mi novia?
Betina-¿Tipo novio y novia?
Él sonrió.
Cadu-Sí, tipo novio y novia.
Su teléfono sonó y Edu me besó, y salió sin esperar mi respuesta. Se sentó en la silla para mantener las apariencias, y simplemente se fue. Me quedé viéndolo desde la ventana mientras se iba con Thomas.
Fui al clóset a poner algunas cosas en orden y a organizar nuestro baño, cuando alguien entró al cuarto. Salí a ver quién era. Doña Vanessa estaba mirándolo todo.
Betina-Doña Vanessa...
Vanessa-Berta fue a buscar un encargo mío a otra ciudad. Quiero que vayas a la cocina. Tu patrón necesita un té, y yo no sé prepararlo.
Acompañé a Vanessa y ella se quedó en la puerta. Tomé la caja de té nueva que había llegado y ella se fue. Dejé hervir el agua y después puse el té en infusión. El color era muy oscuro, parecía muy fuerte.
Agarré una taza y serví. Estaba bien caliente, igual a como lo hace Berta. Busqué en los gabinetes una bandeja y enseguida la encontré. Puse el té, y busqué unas galletas para que comiera.
Las puse en un plato aparte y fui caminando al escritorio. Toqué la puerta y me dieron permiso de entrar.
Betina-Hola, señor Sulivan. Le preparé un té y le traje unas galletas también.
Sulivan-Ah, qué bien. Adivinaste, necesito relajarme.
Dejé el té frente a él. El señor Sulivan tomó un buen trago.
Sulivan-Fuerte.
Betina-Discúlpeme, es que llegaron unos nuevos hoy.
Sulivan-Debe ser la cosecha, pero está rico, Betina.
Cuando estaba por salir, me pidió que me sentara.
Sulivan-Tu padre preguntó cómo estabas.
Betina-No quiero hablar de él.
Me levanté en cuanto terminó el té, tomé la bandeja y la llevé a la cocina. Iba de vuelta para subir al cuarto cuando escuché un ruido muy fuerte.
Corrí al escritorio y el señor Sulivan estaba sin aire, tratando de abrirse la camisa o aflojarse la corbata que lo sofocaba. Se estaba poniendo pálido.
Betina-¡Señor!
Se desplomó en el piso, gruñendo algo. De su boca empezó a salir espuma. Me tiré de rodillas al suelo tratando de ayudarlo y empecé a gritar pidiendo auxilio.
Betina-¡Despierte, señor Sulivan! ¡Socorro!
La puerta fue abierta de golpe por Vanessa y los guardias de seguridad de la mansión. Vanessa empezó a llorar, los guardias intentaron ayudar al señor Sulivan haciéndole masaje en el pecho. Yo estaba en pánico, y Vanessa lloraba al teléfono pidiendo una ambulancia y después llamó a la policía avisando que su marido estaba muerto.
¿Cómo que muerto? No, él no estaba muerto, no podía estarlo. Estaba bien, yo lo vi bien hace un momento. De repente la casa se llenó de sirenas y de gente. Había policías, paramédicos y doctores. La sala entera fue aislada y nos sacaron.
/Scare/