Alessandra "Lexa" Cavalier es una hematóloga destacada por sus logros en el difícil mundo de la medicina, pero su fe proviene de la ciencia y la lógica. Todo se rompe cuando acepta el contrato más inusual de su carrera: salvar a Dante Marek, un hombre hermético y arrogante, CEO de una empresa prestigiosa que parece tener siglos de su fundación.
Él no es un hombre cualquiera, sino un vampiro de sangre pura cuya estirpe se marchita, por una corrupción que está devorando su sistema circulatorio, amenazando con convertir su inmortalidad en cenizas. Desde su primer encuentro en una mansión que huele a hostilidad. Dante desprecia la fragilidad de Lexa, pero su sangre tiene un aroma que mueve sus instintos primitivos que creía haber enterrado hace décadas.
Mientras ella se adentra en un laboratorio de tinieblas para encontrar una cura, descubre que no es una simple observadora. Su propia genética guarda el secreto de una salvación que Dante ansía y teme por igual.
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Capítulo 23
Descendí rápido para ver cómo iba el trabajo en las cuevas, sintiendo aún el eco de la pequeña victoria silenciosa de Dash en mi pecho, saber que ella estaba encontrando su anclaje en Oleck, me reconfortaba en gran manera; es una especie de normalidad dentro de su nueva naturaleza, ya que la ciencia me había enseñado que los sistemas en caos absoluto siempre buscan un desconocido punto de equilibrio, sin embargo ver a mi hermanita sonreír junto a ese muchacho de modales anticuados para esta época, era la prueba viviente de que la vida, incluso la inmortal, siempre se abre paso.
Me dirigí hacia el Salón de Tratados, el lugar donde Cooper y Mikhail habían estado concentrando los esfuerzos para coordinar la seguridad; cuando mis pies tocaron la tierra ferrosa y húmeda de los socavones, el aire cambió, como con una carga de vibración metálica que conocía demasiado bien, Dante estaba cerca, de pronto una sombra se materializó a mi costado, no hubo ruido de pisadas o el crujido de una hoja seca bajo sus botas; era el hombre que me había presentado ante los pobladores como su esposa; pero que a solas aún seguía siendo el enigma más complejo que alguna vez había intentado descifrar.
Se detuvo y me miró, con algo que yo diría, era curiosidad; esa mirada azul, que usualmente parecía una tormenta helada de arrogancia y secretos, se suavizó apenas unos milímetros al fijarse en mí, sus facciones, esculpidas a la perfección que a veces me resultaba perturbadora, por la gran belleza o masculinidad, ya no mostraban la rigidez del líder que acababa de pasar horas sepultado en las cavernas de obsidiana diseñando estrategias de defensa.
—Estás tranquila, Alessandra. —Dijo, pronunciando mi nombre completo con ese ritmo pausado y profundo que siempre conseguía alterar mi ritmo cardíaco. —Dio un paso hacia mí, lo suficientemente cerca como para que el frío que emanaba su cuerpo, interactuara con el calor del mío. —Tu pulso ya no es el mismo siento que tú miedo se ha disipado.
Asentí levemente, sosteniéndole la mirada sin retroceder, la simbiosis con su sangre seguía corriendo a gran velocidad por en mis venas, sin embargo, seguía siendo humana; con unas mejoras extraordinarias en mi anatomía por el contacto que tenemos cuando mi sangre limpia la suya, que desafiaban cualquier manual de hematología que hubiese estudiado en la universidad.
—He estado viendo a Dasha con Oleck. —Respondí, con una pequeña sonrisa involuntaria, al recordarlos en el claro elevado. —Ella está aprendiendo a controlar la sobrecarga sensorial, él la está ayudando de una manera que mis gráficos o los medicamentos nunca lo habrían logrado. —Le está enseñando a escuchar a la tierra y por primera vez no la vi como el resultado del chantaje de la codicia de Jonathan, sino simplemente como una chica corriente o lo más cercano a normal que se puede ser en nuestra situación.
Dante arqueó una ceja, con una chispa de emoción que no supe descifrar.
—Oleck es un buen vampiro, pertenece a una estirpe que entiende que el poder sin control es solo un desperdicio de energía; me alegra que tu mente científica empiece a aceptar que hay fuerzas en este mundo que no necesitan ser medidas en un laboratorio para ser reales.
—No lo celebres tanto, Marek. —Le contesté con un deje de ironía, intentando ocultar el estremecimiento que me causaba su cercanía. —Sigo siendo una doctora que busca la lógica de las cosas detrás de un fenómeno; pero reconozco cuando un tratamiento funciona, sea biológico o conductual.
Soltó una risa corta, un sonido grave que resonó directamente en mi conexión con él, sin decir una palabra, sin embargo, colocó una mano en mi pequeña espalda. No obstante, el contacto fue eléctrico, una descarga que subió por mi columna vertebral y me recordó que, ante las leyes de Oakhaven, yo soy su esposa, por lo que sin decir nada me guío a una habitación de paredes de piedra gruesa tapizadas con pieles y maderas oscuras que Mikhail había dispuesto para nosotros, al entrar, la pesada puerta de roble se cerró detrás de nosotros, aislando por completo el ruido del asentamiento, la estancia quedaba en una penumbra acogedora, apenas iluminada por una rendija de luz solar que se filtraba por una ventana estrecha.
Dante se giró hacia mí, solo estábamos nosotros dos y el beso apasionado en el salón de Tratados que al recordarlo me acelera el corazón, ya que nunca antes estuve a solas con un hombre en una situación así; yo me había enfocado en estudiar para ser la mejor hematóloga, nunca tenía tiempo para citas a comer o quizás no era mi prioridad.
—Has aceptado el título de Reina ante mi pueblo, Lexa. —Murmuró, dando un paso que eliminó cualquier espacio restante entre nuestros cuerpos. Su aroma natural a madera y poder me envolvió por completo, nublando mis sentidos lógicos.
—Frente a Mikhail y los demás, declaré que eres mi esposa no solo para protegerte o darte un escudo que sus instintos respetaran, pero tú y yo sabemos que la sangre no miente. —Al escuchar sus palabras mi respiración se volvió errática, apoyé las palmas de mis manos contra su pecho, sintiendo la dureza inquebrantable de sus músculos bajo la tela fina de su camisa negra; él estaba frío, como siempre, sin embargo, mi cuerpo manifestaba una combustión espontánea de fuego líquido en mis venas, una contracorriente biológica que buscaba equilibrar su temperatura con la mía.
—Dante... —Comencé, pero mi voz se extinguió cuando él levantó una mano para delinear el contorno de mis labios con su pulgar, el roce con delicadeza extrema, fue un contraste absoluto con la violencia latente que sabía que poseía.
—Eres mi esposa, Lexa, el deseo que corre por este vínculo que nos une no es una ecuación lógica que puedas ignorar, sé que puedes sentirlo en tú sangre.
Sus ojos azules se oscurecieron, transformándose en un océano profundo que me atrajo sin remedio, luego se inclinó para besarme.
A diferencia del beso desesperado del Salón de los Tratados, este comenzó con una lentitud calculada, una exploración posesiva que hizo que mis rodillas se aflojaran, sus labios fríos se deslizaron sobre los míos, reclamando un territorio que ya le pertenecía por derecho de sangre, pronto escapó de mi garganta un gemido ahogado que pareció romper la última barrera de su contención milenaria.
Dante me rodeó con sus brazos, levantándome ligeramente del suelo para pegarme contra su cuerpo, la intensidad del contacto entre nosotros sobrecargó mi sistema nervioso, yo podía sentir toda su pasión contenida por siglos fluyendo a través de nuestra conexión simbiótica; era una marea de necesidad física, hambre no de alimento, sino de unión absoluta, de entrega total; sus manos se deslizaron por mi espalda, encendiendo cada terminación nerviosa a su paso, mientras su beso se volvía cada vez más demandante y hambriento, arrastrándome a un territorio donde el raciocinio de la ciencia se disociaba por completo.
Me dejé llevar por el instinto primitivo, enredando mis dedos en su cabello oscuro, tirando de él para pegar más su boca a la mía, sujetándome a sus hombros anchos, necesitaba ese frío, anhelaba su oscuridad; Dante no necesitaba un manual tenía experiencia milenaria a su a ver, entendía a la perfección cada suspiro, por lo que se movió con una gracia letal, guiándome hacia el lecho cubierto de mantas de lino y pieles en el centro de la estancia para reclinamos juntos, el peso de su cuerpo sobre el mío se sintió como una declaración de soberanía absoluta.
Sus besos descendieron por mi mandíbula, trazando una línea de fuego hasta mi cuello, mis uñas se clavaron en sus hombros, emitiendo un leve destello metálico, pero cuando sus labios presionaron la piel sensible sobre mi yugular, sentí el roce inequívoco de sus colmillos, sin embargo, no hubo miedo; solo una oleada de calor que me hizo arquear la espalda hacia él.
Dante jadeó contra mi cuello, su respiración era fría, haciendo que mi anatomía vibrara ante su contacto, sus manos diestras comenzaron a desabrochar los botones de mi camisa con una urgencia contenida, exponiendo la piel de mi pecho que subía y bajaba al ritmo de un corazón que martilleaba contra las costillas con una fuerza ensordecedora que, para sus sentidos agudizados, mis latidos debían sonar como un tambor de guerra en la intimidad de la habitación.