⚠️✅️Sam y Norman comienzan a saciar su sed de aventura, lejos de su amada familia. El camino comienza a dificultarse, pero cuatro almas sellan sus destinos.✅️⚠️
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Vamos a traerla de vuelta
El sonido de los cascos de los caballos contra el suelo de piedra del palacio de Blackshield retumbó como un presagio. Sam, que ahora se movía con la pesadez de una armadura que cargaba siglos de historia, corrió hacia el patio principal. A su lado, Norman tropezaba con sus propios pies, con el rostro pálido y la respiración entrecortada. El aire frío del valle parecía haberse vuelto más denso, cargado con el olor a humo que Lin y sus hombres traían consigo desde la aldea.
Cuando los caballos se detuvieron, el silencio que siguió fue más doloroso que cualquier grito. Lin bajó de su montura con movimientos lentos, sus hombros hundidos por un peso que no era físico. En sus brazos cargaba a Iris. La mujer que había sido el sol en la vida de Sam parecía ahora una sombra marchita. Su delantal, siempre limpio y oliendo a lavanda y harina, estaba desgarrado y manchado de la ceniza negra de su hogar.
-¡Madre!- Gritó Sam, y en ese grito desapareció el príncipe Lucien. Solo quedaba el niño que temía a la oscuridad y que buscaba refugio en los abrazos de aquella mujer.
Lin entregó a Iris a los brazos de Sam con una reverencia que nació de la pura vergüenza. Sam la rodeó con sus brazos, apretándola contra su pecho. Iris sollozó, un sonido seco y roto que se clavó en el corazón de todos los presentes.
-Se ha ido, Sam… se ha ido.- Susurró Iris, hundiendo su rostro en el cuello de su hijo -Tu padre… intentó detenerlos. No los dejó entrar en el granero. Decía que allí estaban tus recuerdos… y lo mataron, hijo. Lo mataron frente a mis ojos mientras nuestra casa se convertía en fuego.-
Sam cerró los ojos y dejó que las lágrimas fluyeran sin control. No eran las lágrimas de un guerrero, eran las de un hijo que acababa de perder una parte de su mundo. El rubí en su pecho latía con un color opaco, compartiendo el luto de su portador. Se quedaron allí, arrodillados en el frío mármol, dos almas rotas tratando de sostenerse en medio de las ruinas de su felicidad.
Iris, a pesar de su propio dolor, se soltó suavemente del abrazo de Sam y gateó hacia Norman. Lo rodeó con sus brazos cansados, acunando la cabeza del hechicero contra su pecho.
-Llora, pequeño.- Le dijo Iris con una ternura que solo una madre puede dar -Llora todo lo que necesites. Alma es fuerte, ella te enseñó a ser luz en la oscuridad. No dejaremos que la dañen, te lo prometo por la memoria de mi esposo.-
Norman se aferró a Iris, llorando con una fuerza que hizo que las plantas cercanas al patio se marchitaran por un momento, absorbiendo su angustia. El grupo se convirtió en un nudo de luto y ceniza bajo la mirada eterna del palacio. Alaric, desde la distancia, bajó la cabeza. Sabía que este dolor era el precio de su regreso, y la culpa lo quemaba por dentro.
El patio del palacio Blackshield parecía haber absorbido todo el frío del mundo. Aunque las antorchas ardían en las paredes, la luz no lograba calentar el ambiente. Iris, la madre de Sam, estaba sentada en un banco de piedra, con la mirada perdida en las manos de su hijo. Sam, o Lucien, como lo llamaban las piedras del palacio, permanecía arrodillado frente a ella. El contraste era desgarrador: el joven vestía una armadura oscura que brillaba con un poder antiguo, pero su rostro seguía siendo el del niño que Iris había acunado durante dieciocho años.
-Hijo mío.- Susurró Iris, pasando sus manos callosas por las mejillas de Sam -Tu padre siempre supo que este día llegaría. Él decía que eras como una semilla de un árbol gigante plantada en un macetero pequeño. Tarde o temprano, ibas a romper el barro para buscar el cielo.-
Sam cerró los ojos, dejando que las lágrimas mojaran el metal de su armadura. El dolor por la muerte de su padre era un algo que lo arrastraba hacia el fondo, pero el calor de Iris era lo único que lo mantenía conectado a la realidad.
-Lo siento tanto, madre. Todo esto es por mi culpa. Si yo no hubiera nacido con esta sangre… si Alaric no me hubiera encontrado…-
-No digas eso.- Lo interrumpió Iris con una firmeza que sorprendió incluso a Alaric, que observaba desde las sombras -Tú eres nuestra mayor alegría. Tu padre murió protegiendo lo que más amaba: a su hijo. No dejes que su sacrificio se convierta en amargura. Úsalo para ser el hombre que él vio en ti.-
A unos metros de allí, Norman observaba la escena con el corazón hecho pedazos. Él también sentía el peso de la pérdida, pero lo suyo era una tortura viva. Sabía, por los informes de Lin y por lo que había intentado sentir con su magia, que su madre, Alma, estaba viva, pero prisionera. La imagen de ella encadenada a ese poste de hierro frío, rodeada de hombres que solo conocían el odio, se repetía en su mente como una pesadilla interminable.
Norman se alejó del grupo, sintiendo que el aire le faltaba. Caminó hacia uno de los balcones que daban al desfiladero, allí donde la oscuridad era más profunda. Intentó, por centésima vez, cerrar los ojos y buscar la chispa de vida de su madre. Extendió su conciencia hacia las raíces de los árboles, hacia el murmullo del viento, buscando ese rastro dulce y terroso que era el alma de Alma.
Pero solo encontró un muro de hielo. El hierro frío que Quirno usaba en sus redes y cadenas actuaba como un veneno para la magia de Norman. Cada vez que intentaba acercarse, sentía una descarga de dolor que le recorría los brazos, como si estuviera tocando un cable al rojo vivo.
-¡Maldita sea!- Gritó Norman, golpeando la barandilla de piedra con rabia. Sus manos, que antes solo servían para curar y hacer crecer flores, temblaban de impotencia.
-No te castigues así, Norman. No es tu culpa que ese monstruo use trampas contra la naturaleza.-
Norman se giró de golpe. Lin estaba allí, parado en la penumbra. El capitán de los cazadores se veía cansado; su capa gris estaba sucia y su rostro tenía marcas de ceniza que no se había molestado en limpiar. Lin se sentía como el hombre más miserable del mundo. Había fallado en su misión principal: proteger a las familias de los jóvenes que ahora eran su razón de vivir.
Norman lo miró y, por un momento, la rabia se desvió hacia el guerrero.
-Tú estabas allí, Lin. Tú tenías la espada. ¿Cómo pudiste dejar que se la llevaran? ¿Cómo pudiste dejar que la encadenaran como a un animal?-
Lin bajó la cabeza. Cada palabra de Norman era como una puñalada.
-Fueron demasiados, Norman. Los rastreadores de élite… usaron bombas de humo de hierro. Mis hombres y yo quedamos cegados. Cuando logramos recuperarnos, el carro ya estaba lejos. Intenté seguirlos, te lo juro por mi vida, pero Quirno envió una patrulla de distracción para detenernos.-
Norman suspiró, su ira desinflándose para dejar paso a una tristeza abrumadora. Se apoyó en la piedra y miró hacia abajo.
-Ella les tiene miedo a las cadenas, Lin. Ella siempre decía que nosotros somos como los pájaros, que si nos quitan el cielo, el corazón se nos seca. Quirno planea… planea usarla para que Sam se entregue. No puedo soportar la idea de lo que le están haciendo mientras nosotros estamos aquí, protegidos por estos muros de cristal.-
Lin se acercó un paso más. El capitán, que siempre había sido un hombre de pocas palabras y de emociones controladas, sentía algo extraño en su interior cada vez que estaba cerca de Norman. Nunca antes se había sentido atraído por otro hombre. En la Orden de la Luz, la vida era casta, dedicada solo a la espada y al deber. Pero Norman… Norman era diferente. Era rudo, hablaba de forma sencilla, olía a tierra y a sol, y tenía una luz que Lin necesitaba desesperadamente para no perderse en su propia oscuridad.
Norman, por su parte, sentía lo mismo. Siempre había pensado que su destino era casarse con alguna chica de la aldea y pasar sus días cultivando trigo. Pero desde que Lin apareció en su vida, con esa seriedad protectora y esos ojos que parecían pedir perdón por existir, algo en su interior se había despertado. Era una atracción tímida, confusa, que lo hacía sentirse torpe y vulnerable.
-Norman… mírame.- Pidió Lin con una voz suave, casi un susurro.
El hechicero levantó la vista. La luz de la luna bañaba el rostro de Lin, suavizando sus facciones de soldado.
-Te hago una promesa aquí y ahora- continuó Lin, dando un paso que eliminó casi toda la distancia entre ellos -No me importa lo que diga el Sumo Sacerdote. No me importa si tengo que enfrentarme a toda la Orden yo solo. Voy a rescatar a tu madre. Voy a entrar en ese campamento y voy a romper cada cadena de hierro frío con mis propias manos.-
Norman sintió un nudo en la garganta.
-Es muy peligroso, Lin. Quirno te matará si te captura. Eres un traidor para ellos.-
Lin dejó escapar una sonrisa triste.
-Mi vida ya estaba perdida el día que me arrodillé ante ti en aquel bosque, Norman. Tú me diste un motivo para luchar que no tiene nada que ver con leyes o dioses. Me diste un motivo que tiene que ver con la verdad. Y la verdad es que… no puedo permitir que sufras más.-
Con un movimiento lento, casi temeroso, Lin extendió su mano y tomó la del hechicero. Fue un contacto eléctrico. Norman, a pesar de ser un joven fuerte, un granjero acostumbrado a lidiar con el ganado y el trabajo duro, sintió que sus rodillas flaqueaban. El calor de la mano de Lin, grande y curtida por el acero, lo envolvió por completo.
Lin levantó la mano de Norman. El capitán no sabía muy bien qué estaba haciendo; solo se dejaba llevar por un instinto de caballerosidad antigua que nunca había practicado. Se inclinó y depositó un beso suave, pero cargado de intención, sobre los nudillos de Norman.
El muchacho se derritió. No había otra palabra para describirlo. Aquel gesto, tan lleno de respeto y de una ternura que Lin no sabía cómo expresar con palabras, hizo que todas las barreras de Norman cayeran. Su respiración se detuvo por un segundo y sintió un calor que le subía por el cuello hasta las mejillas. Se sintió pequeño, protegido y, por primera vez en días, tuvo esperanza.
-Juro por mi vida, Norman, que Alma volverá a casa.- Dijo Lin, sin soltar su mano -Y cuando eso pase, espero que puedas perdonarme.-
Norman no pudo responder con palabras. Simplemente apretó la mano de Lin, un gesto que valía más que mil promesas. Se quedaron allí, en silencio, dos hombres que no entendían muy bien lo que sentían el uno por el otro, pero que sabían que estaban unidos por algo más fuerte que el destino.
Mientras tanto, en la armería del palacio, Sam observaba a su madre, que finalmente se había quedado dormida en un sillón, tapada con una de las mantas que Alaric había buscado para ella. Sam acarició el mango de la Espada de la Penumbra. El dolor por su padre seguía allí, pero ahora tenía una nueva fuerza: la necesidad de proteger lo que quedaba de su mundo.
Alaric se acercó a él, moviéndose como una sombra.
-Mis sombras exploradoreas dicen que el carruaje de Quirno ha acampado a los pies de la montaña negra.- dijo el vampiro -Tienen a Alma en el centro, rodeada de hogueras de hierro. Mañana será el día, Lucien.-
Sam asintió. Miró hacia el balcón, donde Lin y Norman seguían hablando en voz baja.
-Quirno cree que nos tiene acorralados porque tiene a Alma. Cree que el dolor nos hará débiles. Pero no sabe que el dolor es lo que nos va a dar la fuerza para destruirlo.-
Alaric puso una mano sobre el hombro de Sam.
-El odio de Quirno es su propia red. Cree que la luz es pureza y la sombra es maldad, pero pronto descubrirá que no hay nada más peligroso que un hombre que lucha por amor.-
El valle de los Blackshield vería la batalla. Un príncipe en busca de justicia, un hechicero en busca de su madre y un cazador que acababa de descubrir que su corazón podía latir por alguien más que por su espada. Las lágrimas de Iris y el juramento de Lin se convertirían en el combustible de una tormenta que Quirno no podría detener.
Norman se despidió de Lin con una mirada que decía todo lo que no se atrevía a pronunciar. Caminó hacia Sam y se colocó a su lado.
-Estamos listos, Sam. Vamos a traerla de vuelta.-
Sam miró a su amigo, vio la determinación en sus ojos y la marca del beso de Lin que parecía brillar en su piel.
-Sí, Norman.-
La noche se cerró sobre el palacio, pero por primera vez, las ruinas no se sentían muertas. Estaban vibrando con la promesa de una guerra que devolvería la dignidad a los caídos y la libertad a los encadenados. La cacería de Quirno estaba a punto de convertirse en su propia ejecución.