NovelToon NovelToon
Ceo No Soy La Madre De Su Hijo

Ceo No Soy La Madre De Su Hijo

Status: En proceso
Genre:CEO / Padre soltero / Matrimonio arreglado
Popularitas:4.5k
Nilai: 5
nombre de autor: valeria isabel leguizamon

Ella pasa una noche con un Ceo Y ese luego la secuestra al creer que ella esconde a su hijo

NovelToon tiene autorización de valeria isabel leguizamon para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitulo 20

Mateo traspasó el umbral de la estancia sin dignarse a llamar, como quien entra en dominio propio.

Valentina, que reposaba sentada sobre el lecho, alzó la mirada con la rapidez del que es sorprendido en su refugio.

Y lo fulminó con sus ojos.

—¡Nadie te ha dado permiso para entrar! —exclamó, y su voz era brasa y chispa.

Mateo cerró la puerta con pausa, con la calma de quien tiene el tiempo de su parte.

Como si tal cosa.

—Lo sé… —respondió, y en su tono había una placidez que irritaba más que el insulto—, pero deseo dormir abrazado a ti.

Se detuvo frente a ella, cerca, muy cerca.

—¿Me lo permites?—Pregunto el

—¡NO! —tronó Valentina, sin concederle un instante de tregua.

Mateo suspiró de manera exagerada, como actor en tablado que reclama al cielo justicia.

—Vamos… no seas tan desalmada.

Aquello bastó para avivar la llama de su cólera.

—¿Desalmada? —repitió ella, ardiendo—. Llegas oliendo a otra mujer… ¡y te atreves a llamarme desalmada!

Mateo no pudo reprimirse.

Sonrió.

Y aquella sonrisa, en la penumbra de la habitación, fue un puñal de sal.

Valentina entornó los ojos, cual felino que acecha.

—¿De qué te ríes?

—De que eres hermosa cuando los celos te consumen.

Silencio.

Un largo, tenso silencio.

—No estoy celosa —respondió ella, con demasiada prisa, con la mentira a flor de labios.

—¿Ah, no? —inquirió él, avanzando otro paso, apenas un susurro de aire entre ambos.

Valentina desvió la mirada, hallando de súbito un interés infinito en el lienzo vacío de la pared.

—No es lo que parece —murmuró Mateo, bajando la voz hasta volverla casi íntima, casi una caricia—. Bien sabes que estoy loco por ti.

Avanzó otro paso.

—No te creo…

Mateo inclinó la cabeza, como si sopesara un secreto antiguo.

Y entonces mudó de estrategia.

—¿Me dejarás así? —dijo, con una suavidad que desarmaba defensas y derretía rencores—. Anoche tuve una pesadilla…

Pausa dramática, digna de los mejores romances por entregas.

—¿De verdad me dejarás dormir solo?

Valentina lo miró.

Un segundo.

Dos.

Y entonces…

sonrió.

Pequeño.

Traicionero.

Inevitable.

—Está bien… —concedió al fin, y su voz era ya otro tono, otro clima—. Solo por esta noche puedes dormir conmigo.

Alzó un dedo, severa, aunque sus ojos ya no lo eran tanto.

—Pero sigo enojada.

Mateo sonrió, satisfecho como el gato que ha logrado entrar en la lechería.

—Claro… muy enojada.

Valentina volvió el rostro, fingiendo buscar algo en la penumbra.

—Además… —añadió, acomodándose sobre el lecho— no puedo dejarte solo si tienes miedo.

Pausa.

—No soy tan mala.

Mateo se acercó lentamente.

Se recostó a su lado.

Pero esta vez…

no la tocó de inmediato.

Respetó la distancia.

Y aquello la sorprendió.

Un poco.

—Buenas noches… —murmuró él.

Valentina no respondió enseguida.

Miraba el techo.

Pensando.

Confundida.

Hasta que, sin darse cuenta…

se giró ligeramente hacia él.

—Buenas noches… —susurró.

Silencio.

Tranquilo.

Pero no duró mucho.

Porque poco a poco…

Valentina fue acercándose.

Inconscientemente.

Hasta quedar cerca de su pecho.

Y Mateo…

esta vez tampoco la detuvo.

Ni la abrazó.

Solo la dejó estar.

Porque sabía…

que si ella daba ese paso sola…

valía mucho más.

Y aun así…

sus labios se curvaron en una leve sonrisa en la oscuridad.

Cuando Valentina abrió los ojos, la luz del amanecer se filtraba tenue entre los visillos, pintando de oro las sábanas enredadas.

Y entonces lo sintió.

El peso de un brazo sobre su cintura. El calor de un pecho contra su espalda. La cadencia tranquila de una respiración que aún dormía.

Mateo la envolvía por completo.

Sin saber cuándo ni cómo, durante la noche ella había cruzado esa distancia que él tan sabiamente había respetado. Sus brazos, ahora, reposaban sobre los de él. Sus piernas, entrelazadas. Su rostro, apenas a un suspiro de su cuello.

El rubor le subió al rostro como una marea culpable.

Con el mayor sigilo, intentó separarse. Deslizó un brazo. Luego el otro. Contuvo el aliento al mover la cadera, como quien desactiva una trampa.

Pero apenas logró alejarse un palmo...

La mano de Mateo la atrapó.

Firme. Cálida. Dueña.

—¿Adónde crees que vas? —murmuró él, con la voz ronca y espesa de quien acaba de despertar, pero con los ojos aún cerrados, como si el sueño no fuera más que un disfraz.

Valentina sintió que el corazón se le desbocaba.

—Yo… iba a…

No pudo terminar.

Porque Mateo la giró hacia él con una lentitud que fue casi una caricia, y antes de que ella pudiera articular protesta alguna, sus labios encontraron los de ella.

No fue un beso tímido ni de buenos días.

Fue un beso profundo, demorado, de esos que se guardan en la memoria de los huesos. Una mano se enredó en su cabello; la otra le recorrió la espalda con una ternura que desarmaba cualquier intento de huida.

Valentina quiso resistirse. De veras que lo intentó.

Pero sus brazos, traidores, terminaron rodeando el cuello de él. Y sus dedos, también traidores, se hundieron en su nuca.

—Mateo… —susurró contra su boca, y aquel nombre fue a la vez un reproche y una rendición.

Él se detuvo apenas un instante, la miró con los ojos brillantes y oscuros como el acebo, y dijo:

—Ya no te suelto.

Y entonces el beso se hizo más hondo, más lento, más urgente. Las sábanas se arrugaron bajo el peso de dos cuerpos que se buscaban como si el tiempo se hubiera acabado. Los dedos de él trazaron caminos de fuego sobre su piel; los labios de ella respondieron con susurros que no alcanzaban a ser palabras.

El sol, discreto, se derramó por la ventana sin atreverse a entrar del todo.

Y en aquel lecho desordenado, entre un ayer de rencores y un hoy de promesas mudas, Valentina dejó de pensar.

Porque Mateo la besó de nuevo.

Porque sus manos la sostuvieron como si fuera frágil y eterna a la vez.

Porque, en el silencio roto solo por respiraciones que se fundían, ella comprendió que no quería escaparse.

Que nunca había querido.

Horas después —o tal vez solo minutos, que el amor tiene el don de torcer el tiempo—, Valentina reposó sobre su pecho, agotada, sonrojada, profundamente en paz.

Mateo acariciaba su espalda con la punta de los dedos, dibujando círculos perezosos.

—Buenos días —dijo él, con una sonrisa que era pura victoria.

Valentina alzó el rostro, fingiendo severidad, aunque sus ojos brillaban como dos luceros.

—Sigo enojada —murmuró, y fue la mentira más hermosa que jamás había pronunciado.

Mateo rió, bajo, cálido, y la apretó contra él.

—Lo sé —respondió.

Y no dijo nada más.

No hacía falta.

1
Tere Jimenez
muy interesante el capítulo gracias
Tere Jimenez
cada capítulo es más interesante felicidades
Tere Jimenez
cómo que estamos muy intriga dos perdió la memoria y le robaron el bebé
Tere Jimenez
muy interesante la novela gracias por compartir
Karina Vazquez Gonzalez
interesante historia
💙💫Géminis 💫💙
🤭🤭
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play