Alexa Hills desprecia a su jefe, el arrogante y poderoso Azkarion DArgent, casi tanto como a su asfixiante deuda. Sin embargo, cuando un oscuro incidente destruye su estabilidad, la renuncia parece su única salida... hasta que Azkarion le presenta una oferta imposible de rechazar.
A cambio de su libertad financiera, Alexa deberá firmar un contrato de matrimonio y entregarse al mundo de un hombre con obsesiones ocultas y una tentación secreta que roza lo prohibido. Atada por un papel y rodeada de lujos peligrosos, Alexa descubrirá que el mayor riesgo no es el contrato, sino sucumbir a los deseos irresistibles que su "esposo" despierta en ella.
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capitulo 9
El eco de su confesión todavía vibraba en las paredes de la oficina, transformando el aire en algo denso y ponzoñoso. «Fui yo». Tres palabras que desmantelaron el último rastro de esperanza que yo guardaba, esa estúpida idea de que Azkarion DArgent era un hombre atormentado pero noble. No lo era. Era un verdugo que había afilado la guillotina sobre el cuello de mi padre solo para poder ofrecerme un pañuelo después.
Sentí que las náuseas subían por mi garganta. La carpeta de los bocetos me pesaba en la mano como si estuviera hecha de plomo. Lo miré, y por un segundo, su rostro impecable me pareció la máscara de un demonio. Estaba allí, de pie, con la luz de la luna filtrándose por el ventanal y perfilando su silueta poderosa, sin un ápice de remordimiento en sus ojos grises.
—¿Cómo pudiste? —mi voz salió como un hilo roto, un susurro que apenas lograba cargar con el peso de mi decepción—. Mi padre te admiraba. Él hablaba de la empresa DArgent como el estándar de oro. Y tú... tú orquestaste su caída. Cada llamada, cada auditoría fallida, cada noche que lo vi llorar en la cocina pensando que era un fracasado... ¿Todo fue un juego para ti?
Azkarion dio un paso hacia la luz. Su expresión era una máscara de granito.
—No fue un juego, Alexa. Fue una deuda histórica —dijo, y su voz era tan fría que sentí que el vello de mis brazos se erizaba—. Tu padre no es el santo que crees. Hace veinte años, su empresa familiar dejó a la mía en la calle. Mi madre no murió de enfermedad; murió de miseria y de la vergüenza de haberlo perdido todo mientras Arthur Hills brindaba por su éxito. Yo solo devolví el equilibrio a la balanza.
—¡Eso no justifica que me encadenes a ti! —grité, y las lágrimas finalmente desbordaron, calientes y amargas—. Me usaste. Me observaste desesperarme en la oficina, me viste contar centavos para el metro, y todo el tiempo tenías el contrato en el bolsillo esperando a que me rompiera.
Él se acercó más, ignorando mi retroceso. Su presencia era abrumadora, una mezcla de peligro y una atracción magnética que odiaba con cada fibra de mi ser. Me acorraló contra la puerta cerrada, apoyando sus manos a ambos lados de mi cabeza.
—Te observé, sí —susurró, inclinándose hasta que su aliento, con sabor a whisky y tormenta, rozó mis labios—. Te observé resistir con una fuerza que nunca había visto en nadie. Y cuanto más luchabas, más te deseaba. No solo quería la empresa de tu padre, Alexa. Te quería a ti. Quería la luz que desprendes, aunque tuviera que arrastrarte a mi oscuridad para conseguirla.
Su cercanía era una tortura. Podía sentir el calor de su cuerpo atravesando mi bata de seda, una promesa de fuego en medio de la helada verdad que acababa de descubrir. Sus ojos bajaron a mi boca, y vi ese destello de hambre posesiva que me hacía temblar.
—Eres un enfermo —dije, aunque mi respiración se volvía errática bajo su escrutinio.
—Soy un hombre que obtiene lo que quiere —corrigió él, su mano derecha subiendo lentamente desde la madera de la puerta hasta mi cuello. Sus dedos rodearon mi garganta con una presión que no era dolorosa, sino dominante, obligándome a inclinar la cabeza hacia atrás—. Y ahora eres mi esposa por contrato. Mi firma está en tus deudas, y la tuya está en mi vida. Puedes odiarme todo lo que quieras, pero esta noche dormirás bajo mi techo, y mañana te despertarás con mi anillo en el dedo.
Me soltó bruscamente y regresó a su escritorio, recuperando esa indiferencia glacial que era su mejor arma.
—Vete a tu habitación, Alexa. Mañana tenemos una reunión con los inversores de NovelToon. Necesito que tu actuación sea impecable. Si hay un solo rastro de este drama en tu cara, me encargaré de que la "solución" a los problemas de tu padre sea revocada por un error técnico.
Caminé hacia la salida con las piernas temblando, sintiendo que el suelo se hundía bajo mis pies. Entré en mi habitación y cerré la puerta con llave, aunque sabía que en esta casa las cerraduras eran solo una sugerencia para él. Me despojé de la bata y me metí bajo las sábanas de seda, que ahora se sentían como sudarios.
La noche se hizo eterna. El silencio de la mansión estaba lleno de fantasmas. Pensé en la foto del niño en el invernadero y en la mujer de ojos grises. Entendía su dolor, pero no podía perdonar su método. Me había convertido en el trofeo de una guerra que yo no había empezado.
Hacia las tres de la mañana, escuché un ruido en el pasillo. Pasos lentos, pesados. Se detuvieron frente a mi puerta. Contuve el aliento, con el corazón martilleando contra mis costillas. Vi la sombra de sus pies bajo la rendija de la puerta. Azkarion estaba allí, parado en la oscuridad, probablemente debatiéndose entre su orgullo y la necesidad que parecía consumirlo.
La manilla giró lentamente. Gracias a Dios, estaba cerrada. Escuché un suspiro ronco, casi un gruñido de frustración, y luego el sonido de sus pasos alejándose hacia el otro extremo del ala de la mansión.
Me levanté y caminé hacia el ventanal. La ciudad de Nueva York se extendía ante mí, un mar de luces que prometían una libertad que yo ya no tenía. Me toqué los labios, todavía hinchados por el beso del invernadero. Odiaba la forma en que mi cuerpo respondía a él, la manera en que mi sangre se encendía cuando me tocaba, a pesar de que mi mente gritaba "traición".
Al día siguiente, la rutina se impuso como un mecanismo de defensa. Me vestí con un traje de chaqueta blanco, impecable y profesional, y me puse una capa de maquillaje suficiente para ocultar las ojeras de una noche de llanto. Cuando bajé al comedor, Azkarion ya estaba desayunando. Parecía que la escena de anoche nunca hubiera ocurrido. Leía el "Wall Street Journal" con una calma insultante.
—Los coches están listos —dijo sin levantar la vista—. El equipo de relaciones públicas ha filtrado las fotos del beso en la gala. Las acciones de DArgent han subido un cuatro por ciento. Eres una excelente inversión, Alexa.
—No soy una acción de la bolsa, Azkarion.
—En este mundo, todos tenemos un precio —respondió, cerrando el periódico y levantándose. Se acercó a mí y me puso una mano en la cintura, atrayéndome hacia él con una firmeza que no permitía objeción—. Hoy, sonríe. Mañana, puedes volver a odiarme en privado.
El viaje a la sede de NovelToon fue un desfile de flashes. Los paparazzi nos seguían en motocicletas, buscando la foto definitiva de la pareja del año. Azkarion me mantuvo pegada a su costado en todo momento, su mano descansando en la pequeña de mi espalda, un recordatorio constante de su propiedad.
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