fantacia urbana y drama psicológico
NovelToon tiene autorización de Sara RA para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 22: Fuego y Sombra
Newt no bajó a cenar. Subió después de leer el mensaje y cerró la puerta. No con llave. Nunca con llave. Pero no salió.
Cabrera sirvió tres platos. Elías comió en silencio, mirando la escalera. Felix no tocó la comida. Miraba las trece macetas en la fila. Les faltaba agua. No se paró a regarlas.
A las nueve, Elías se fue a dormir solo. "Buenas noches", dijo desde el pie de la escalera. Nadie contestó. Cabrera le hizo upa para taparlo, pero el pibe ya estaba con el Gloria abierto, dibujando el jardín de día. Por si se olvidaba.
A las diez, Felix subió. Tocó una vez. No esperó respuesta. Entró.
Newt estaba en la ventana. Abierta. Entraba olor a Santa Rita y a noche. No miraba afuera. Miraba sus manos. Cerradas. Puños. Nudillos blancos.
"¿Quién es?", dijo Felix. Se quedó en la puerta. No se sentó. "Damián. No sé nada de él. Solo el nombre."
Newt no se dio vuelta. "Mi primo."
"Ya sé. ¿Quién es?"
Silencio. Largo. Newt abrió las manos. Las miró. Vacías.
"Éramos inseparables", dijo al final. La voz sin rabia. Peor: con cansancio de años. "De los cinco a los diez. Todos los veranos en la casa del tío. Él, yo, la pileta, el jardín. Jugábamos a los piratas. Él siempre era el capitán. Yo el contramaestre."
Felix no dijo nada. Esperó.
"Mi papá lo quería mucho", siguió Newt. "Más que a mí, a veces. Damián era... brillante. Rápido. Gracioso. Sacaba diez en todo. Jugaba al fútbol, ganaba. Tocaba el piano, aplausos. El tío se hinchaba. 'Mi hijo', decía. Como si fuera trofeo."
"¿Y vos?", dijo Felix.
"Yo era callado. Torpe. Me iba mal en todo. Lloraba fácil. Le tenía miedo a la oscuridad." Newt se rió, seco. "Irónico."
"¿Por qué no te gustaba estar con él?", dijo Felix. Porque esa era la parte que no cerraba. Si eran inseparables, si el padre lo quería.
Newt se dio vuelta. Lo miró a Felix. De frente.
"Porque cuando nadie lo miraba, era torpe a propósito", dijo. "Tiraba cosas mías y decía que se cayeron solas. Me empujaba en la pileta y después gritaba 'se ahoga' y me salvaba. Para que lo aplaudan. Una vez me dejó encerrado en el galpón dos horas, en verano. Cuando me encontraron, dijo que la puerta se trabó sola y que él me estuvo buscando desesperado."
Felix no se movió. Pero la mano se le fue al bate que no tenía. Costumbre.
"Y después", dijo Newt, más bajo. "Después cumplimos diez. Y nos... mostramos. Como hacen todos los pibes de familia. 'A ver qué te tocó'."
Se calló. Miró al techo. Las sombras estaban ahí, pegadas, quietas. Escuchando. Por primera vez en meses, no jodían. No opinaban.
"Damián tenía fuego", dijo Newt. "De verdad. Lo prendía en la mano. Chiquito, como un encendedor. Pero fuego. Lo podía tirar. Quemó una hoja. Quemó un bicho. Quemó mi libro de _Sandokán_ porque yo no se lo presté. Dijo 'uy, se me escapó'. Y se rió."
Felix asintió. No sorprendido. Encajaba.
"¿Y vos?", dijo.
"Yo tenía esto", dijo Newt. Señaló al techo, a las sombras. "Las empecé a ver esa semana. Me seguían. Me hablaban. No quemaban nada. No rompían nada. Solo... estaban. Y me decían cosas. Que él era malo. Que me iba a quemar a mí también algún día."
"¿Tus viejos?", dijo Felix.
"Se cagaron en las patas", dijo Newt. "Mi viejo, que lo quería tanto, me dijo que no me junte más con él. Que Damián era peligroso. Que el fuego no se controla, que un día iba a quemar la casa con todos adentro. Mi vieja lloró tres días. Dijo que eran hermanos, que no podía separarlos. Pero me separó. Me mandó pupilo al año siguiente. Para sacarme de ahí."
"¿Y Damián?", dijo Felix.
"Se sintió superior", dijo Newt. Y ahí sí había rabia. Poca, vieja, pero rabia. "Siempre se sintió superior, pero ahora tenía razón. Él tenía algo para destruir. Yo tenía algo para... ¿qué? ¿Hablar con las esquinas? El tío lo llenó de regalos. 'Mi hijo el fuerte. Mi hijo el que va a heredar todo'. A mí me decían 'el raro'. 'El que ve cosas'."
Felix caminó hasta la ventana. Se paró al lado de Newt. Miraron los dos el jardín a oscuras. Las macetas no se veían desde ahí. Estaban adentro. Seguras.
"Tu papá se equivocó", dijo Felix. No miró a Newt. Miró la Santa Rita. "Fuego quema. Sí. Pero se apaga con agua. Con tierra. Con tiempo. Sombra no se apaga. Sombra está aunque prendas todas las luces. Sombra te dice dónde está la puerta cuando hay humo y no ves."
Newt no contestó. Pero respiró. Hondo. Primera vez en horas.
"No es que vos no podías", siguió Felix. "Es que no sabías. Diez años. ¿Qué ibas a saber? Damián prendía fuego y se creía dios. Vos hablabas con la oscuridad y te creías loco. Pero la oscuridad te cuidó. Te sacó del depto. Te trajo acá. Te avisó del mensaje."
Señaló con la cabeza al techo. "Ellas no queman libros. Queman al que quiere quemar libros."
Las sombras se despegaron un poco del techo. Se acercaron a la ventana. No tocaron a Newt. Nunca lo tocaban. Pero se quedaron cerca. _Eso. Eso dijimos siempre. Nosotras no somos menos. Somos distinto. Y distinto gana cuando el fuego se queda sin aire._
"Damián cree que todavía es así", dijo Newt. Más para él que para Felix. "Cree que yo sigo siendo el callado que llora. Que hablo con nada. Que no sirvo. Y ahora viene porque el título es mío y él tiene fuego. Y fuego gana."
"Fuego pierde", dijo Felix. Corto. "Si no tiene qué quemar. Si la casa es de piedra. Si las macetas están adentro. Si el nene duerme con la luz prendida y la puerta abierta. Fuego pierde."
Se calló. Miró a Newt. "Y vos no sos callado. Sos paciente. Esperaste cuatro meses sin un mensaje. Esperaste diez años sin quemar nada. Eso no es torpe. Eso es... no sé. Eso es otra cosa."
Newt lo miró. A Felix. Metro noventa, cicatriz en la ceja, manos que saben kendo y kung fu y esgrima y bate. Y que se olvidó de regar trece mandarinos porque estaba preocupado por él.
"Él no sabe", dijo Newt. "Damián. No sabe que ya no le tengo miedo. No sabe que aprendí a usarlas. No sabe que no estoy solo."
"No", dijo Felix. "No sabe. Y mejor. Que venga pensando que va a quemar al nene raro que habla solo. Que se encuentre con tres tipos, un nene que sabe finta, y una casa que no se prende fuego."
Newt asintió. Una vez. Fue hasta la cama. Agarró el teléfono. Lo guardó en el cajón. Sin mirarlo.
"Mañana riego las macetas", dijo. "Yo. Las trece."
Felix no dijo nada. Pero se le aflojó la cara. Un poco. Lo que Felix tiene de sonrisa.
"Y pasado", dijo Newt, "le enseño a Elías que la sombra no muerde. Que tapa. Que esconde. Que si Damián viene con fuego, nosotros tenemos dónde meter al nene para que no lo vea."
"Trato", dijo Felix.
Bajaron juntos. A las once de la noche. Cabrera estaba en la cocina, dormido en la silla, esperando. Se despertó cuando los escuchó.
"¿Comen?", dijo, arrastrando las palabras.
"Sí", dijo Newt. Se sentó. "Calentá el guiso."
Elías apareció en la puerta del living, en pijama, con el Gloria abajo del brazo. Vio a Newt. Vio a Felix. Vio que estaban los dos.
"¿Ya está?", dijo.
"Ya está", dijo Felix. "Andá a dormir. Mañana hay que regar."
Elías sonrió. Se fue. Dejó el Gloria en la mesa. En la página nueva había dibujado las trece macetas. Y una sombra grande, atrás, tapándolas. Como techo.