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MANUAL DE INSTRUCCIONES PARA UN CORAZÓN SESGADO

MANUAL DE INSTRUCCIONES PARA UN CORAZÓN SESGADO

Status: En proceso
Genre:Autosuperación / Amor eterno / Romance
Popularitas:131
Nilai: 5
nombre de autor: Roberto González Álvarez

"Soy psicóloga, sé exactamente por qué el amor es una ilusión neuroquímica… y aun así estoy a punto de perder una apuesta por culpa del publicista con la sonrisa más estadísticamente significativa del mundo."

NovelToon tiene autorización de Roberto González Álvarez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 4: El Barista y el Periodista

CLARA: MANUAL DE INSTRUCCIONES PARA AMIGAS DE ESCRITORAS FAMOSAS

En psicología de la decisión hay un concepto que explica por qué los seres humanos somos tan malos eligiendo: la Paradoja de la Elección. Es ese fenómeno por el cual, cuantas más opciones tenemos, más difícil nos resulta decidir. Y no solo eso: una vez que elegimos, vivimos atormentados por la posibilidad de habernos equivocado.

Yo, Clara Morales, experta en Recursos Humanos, mejor amiga de una escritora famosa, cuidadora eventual de un gato delincuente y ahora aspirante a novelista, llevaba una semana atrapada en una paradoja de la elección con nombres propios.

Nico Ferrer. Periodista de guerra. El hombre que me había roto el corazón con un mensaje de WhatsApp y que ahora, tres años después, quería explicarse.

Leo Vega. Barista de El Psicoanálisis. El hombre que servía café con forma de trauma freudiano y que, sin pretenderlo, se había colado en mis mañanas como quien se cuela en una conversación ajena: con naturalidad y un punto de insolencia.

Dos hombres. Dos historias. Dos caminos.

Y yo, que nunca había creído en el amor romántico, de repente tenía material de sobra para escribir dos novelas.

—Estás bloqueada —dijo Valeria al otro lado de la mesa de El Psicoanálisis. Habíamos quedado para nuestro café semanal, el único ritual que ni los bestsellers ni las giras internacionales habían conseguido interrumpir—. Llevas diez minutos mirando la pantalla sin escribir nada.

—Estoy documentándome.

—Estás mirando el perfil de Instagram de Nico. Te he visto.

—Eso también es documentarme.

Valeria suspiró. Ese suspiro de psicóloga que significaba "te quiero mucho pero a veces eres un caso perdido".

—Clara. ¿Quieres que hablemos de lo que está pasando?

—No.

—¿Seguro?

—Seguro. Bueno. No. No estoy segura de nada. Por eso no quiero hablar.

—Eso es lo más humano que has dicho en toda la semana.

Miré a Valeria. Sus ojos color avellana (todavía no me había acostumbrado a describir los ojos de la gente con ese nivel de detalle, pero ella me había enseñado) me observaban con una mezcla de preocupación y cariño.

—¿Tú cómo lo hiciste? —le pregunté—. ¿Cómo supiste que Andrés era el indicado?

—No lo supe. Sigo sin saberlo.

—Eso no ayuda.

—Ayuda más de lo que crees. El amor no es una certeza. Es una apuesta. Y como todas las apuestas, puedes ganar o perder. Pero si no apuestas, ya has perdido.

—Eso es muy profundo.

—Lo he aprendido de una escritora que conozco.

—Esa escritora soy yo. Bueno, estoy intentando serlo.

—Pues ya tienes tu respuesta.

En ese momento, Leo se acercó a nuestra mesa con dos cafés. Un "Ello, Yo y Súper Café" para Valeria. Un "Complejo de Edipo" para mí. Lo había pedido sin pensar, por costumbre. Porque era lo que siempre pedía.

—¿Todo bien por aquí? —preguntó, dejando las tazas.

—Clara está en plena crisis creativa —dijo Valeria.

—Ah. ¿Necesitas otro café? ¿O un confidente? Ofrezco ambos servicios.

—Hoy no, Leo. Gracias.

Leo asintió y se retiró. Pero antes de girarse, me dedicó una mirada. Una mirada que no supe clasificar. Duraba un segundo. Quizá dos. Pero en esos dos segundos sentí que me veía. De verdad. No a la clienta. No a la amiga de la autora famosa. A mí.

—¿Y Leo? —preguntó Valeria cuando él se hubo alejado.

—¿Qué pasa con Leo?

—Que te mira.

—Todo el mundo me mira. Soy irresistible.

—No. Te mira como Andrés me miraba a mí antes de que nos diéramos cuenta de que estábamos enamorados.

—Valeria. Leo es el barista. Es un personaje secundario. Un secundario entrañable, pero secundario.

—Los secundarios entrañables suelen terminar robando la escena. Pregúntale a Schrödinger.

Schrödinger, que nos acompañaba aquella tarde tumbado en su cojín portátil (sí, Valeria llevaba a todas partes un cojín para el gato, y sí, era lo más ridículo y adorable del mundo), levantó la cabeza al oír su nombre. Emitió un maullido breve. Que significaba, claramente: "Los secundarios somos los verdaderos protagonistas. Los humanos principales sois aburridos y predecibles."

---

Aquella noche, después del café con Valeria, quedé con Nico. Seguíamos en esa fase extraña de "no somos amigos pero ya no somos enemigos". Una tierra de nadie emocional donde las conversaciones eran educadas, las miradas se sostenían un segundo de más y nadie se atrevía a preguntar lo que de verdad quería saber.

—¿Cómo va la novela? —preguntó. Estábamos en el mismo bar de vinos del Born, nuestra segunda cita-no-cita desde su reaparición.

—Avanzando. O intentándolo.

—¿De qué trata?

—De una mujer que nunca ha creído en el amor romántico y que, de repente, tiene que escribir una novela sobre ello.

—Suena autobiográfico.

—Lo es. Y también es tu culpa.

—¿Mi culpa?

—Si tú no me hubieras dejado con un WhatsApp a las dos de la madrugada, yo no habría desarrollado esta coraza de cinismo que ahora intento vender como material literario.

Nico se quedó en silencio. Luego, lentamente, esbozó una sonrisa triste.

—Entonces, en cierto modo, soy el responsable de tu carrera como escritora.

—No te halagues. Eres el responsable del capítulo siete. El de las crisis. El de los puntos de inflexión.

—Siempre quise inspirar algo en ti.

—Pues lo conseguiste. Inspiraste tres años de insomnio y una novela.

La conversación derivó hacia terrenos más seguros. Su libro. Su experiencia como corresponsal. Las cicatrices que no se veían. Las historias que nunca había contado.

Y mientras le escuchaba, me di cuenta de algo. Nico ya no era el fantasma que me atormentaba. Era un hombre. Con sus heridas. Con sus miedos. Con sus explicaciones que llegaban tres años tarde pero que, al fin y al cabo, llegaban.

—Nico —dije, cuando nos despedíamos en la puerta del bar—. ¿Por qué de verdad me dejaste?

—Porque tenía miedo.

—¿Miedo a qué?

—A quererte demasiado. A que me esperaras. A que dejaras de esperarme. A todo.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que tengo.

Me quedé en silencio. La noche de Barcelona olía a primavera y a promesas rotas. Nico me miró con esos ojos que habían visto demasiado y contado demasiado poco.

—¿Puedo preguntarte algo yo? —dijo.

—Adelante.

—El barista. ¿Quién es?

—¿Leo? Es... el barista.

—Te mira de una forma rara.

—Todo el mundo dice eso.

—Será por algo.

Se despidió con un beso en la mejilla. Un beso que no significaba nada. O que significaba todo. Con Nico nunca se sabía.

---

Al día siguiente, en El Psicoanálisis, Leo me sirvió el café sin necesidad de preguntar.

—Hoy tienes cara de no haber dormido —dijo.

—No he dormido.

—¿La novela?

—La vida.

—¿Quieres hablar?

—No sé.

—Yo estoy aquí. Para el café y para lo otro.

—¿Qué es lo otro?

—Lo que tú quieras que sea.

Me miró. Esa mirada. La que duraba un segundo más de lo necesario. La que no supe clasificar hasta que recordé las palabras de Valeria.

A veces el amor no es una certeza. Es una apuesta.

—Leo —dije—. ¿Tú crees en el amor romántico?

—Creo en el café caliente. En las canciones de los Smiths. Y en que algunas personas merecen que te quedes a su lado aunque no sepas muy bien por qué.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que tengo. De momento.

Sonreí. Él también. Y por primera vez en semanas, no pensé en Nico. No pensé en la novela. No pensé en la paradoja de la elección.

Solo pensé en el café. En la canción que sonaba de fondo. Y en que algunos secundarios, como decía Valeria, estaban destinados a robar la escena.

---

Aquella noche escribí un nuevo capítulo. Lo titulé: "La paradoja de la elección (y otros males evitables)."

La primera línea decía:

"El amor no es elegir entre dos personas. Es saber cuál de las dos te elige a ti sin necesidad de preguntar."

Schrödinger, desde su cojín, me miró con aprobación.

O quizá solo quería salmón.

Con Schrödinger nunca se sabía.

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