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MANUAL DE INSTRUCCIONES PARA UN CORAZÓN SESGADO

MANUAL DE INSTRUCCIONES PARA UN CORAZÓN SESGADO

Status: En proceso
Genre:Autosuperación / Amor eterno / Romance
Popularitas:127
Nilai: 5
nombre de autor: Roberto González Álvarez

"Soy psicóloga, sé exactamente por qué el amor es una ilusión neuroquímica… y aun así estoy a punto de perder una apuesta por culpa del publicista con la sonrisa más estadísticamente significativa del mundo."

NovelToon tiene autorización de Roberto González Álvarez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 6: La Identidad Revelada

En psicología social hay un fenómeno que siempre me ha fascinado y aterrado a partes iguales: la Profecía Autocumplida. Es ese mecanismo por el cual una creencia, aunque sea falsa en su origen, acaba volviéndose verdadera simplemente porque actuamos como si lo fuera.

Si crees que vas a fracasar, fracasas. Si crees que alguien te odia, te comportas de forma defensiva y acabas provocando su rechazo. Si crees que tu doble vida como novelista romántica va a ser descubierta y arruinará tu carrera académica...

Bueno, digamos que el universo siempre encuentra la manera de darte la razón.

El lunes a las diez de la mañana, frente a la puerta del despacho del doctor Ernesto Cifuentes, director del Departamento de Psicología de la Universidad Central, yo era la viva imagen de una profecía a punto de cumplirse.

—Pasa, Valeria. Pasa.

El doctor Cifuentes era un hombre de sesenta y pocos años, con el cabello completamente blanco, unas gafas de concha que habían vuelto a estar de moda sin que él lo supiera y la expresión perpetuamente afable de quien ha visto demasiadas crisis académicas como para inmutarse por nada. Su despacho olía a libros viejos, a café de filtro y a una colonia de barbería que probablemente usaba desde la Transición.

—Siéntate —dijo, señalando una silla frente a su escritorio de caoba—. ¿Café?

—No, gracias. Ya he tomado uno esta mañana.

—En El Psicoanálisis, imagino.

Se me heló la sangre.

—¿Perdón?

—El barrio de Gracia. El local del diván de Freud. Muy pintoresco. Mi hija pequeña va mucho. Dice que el barista tiene tatuajes de Rorschach. Me lo contó el otro día y pensé: "Qué curioso, la doctora Núñez vive por esa zona".

—Ah. Sí. Es un sitio... curioso.

—Lo imagino. —Cifuentes se acomodó en su sillón, entrelazó las manos sobre el vientre y me miró con esos ojos claros que habían visto desfilar a generaciones de psicólogos—. Valeria, voy a ser directo. No tengo mucho tiempo y sospecho que tú tampoco.

—Le agradezco la franqueza.

—He leído tu novela.

Cuatro palabras. Solo cuatro. Y el mundo se detuvo.

—¿Mi... novela?

—"Veinte Maneras de Olvidarte (Y Otras Mentiras que Nos Contamos)". V. Núñez. Ganadora del Premio Anual de Novela Romántica. Enhorabuena, por cierto.

—Doctor Cifuentes, yo...

—Déjame terminar. Lo he ensayado. En el espejo del baño. Tres veces.

Solté una risa nerviosa. Él también. La tensión, sin desaparecer del todo, se aflojó un milímetro.

—La compré el sábado por la noche —continuó—. Después de ver tu ponencia en el simposio. Me la leí del tirón. Hasta las tres de la madrugada. Mi mujer me preguntó qué hacía despierto a esas horas y le dije: "Leyendo a una colega". No le especifiqué que la colega escribía frases como "sus ojos eran dos océanos donde naufragar voluntariamente".

—Doctor, si esto va a afectar a mi posición en el departamento, le ruego que...

—Valeria. —Alzó una mano para detenerme—. ¿Sabes por qué te contraté hace cinco años?

—Por mi tesis sobre microexpresiones.

—Por tu tesis, sí. Pero sobre todo por la forma en que la escribiste. Había humanidad en esas páginas. No solo datos. No solo ANOVA. Había personas. De carne y hueso. Con sus miedos, sus deseos, sus pequeñas tragedias cotidianas. Eso no se enseña en ningún doctorado. Eso se tiene o no se tiene.

—No entiendo adónde quiere llegar.

—Quiero llegar a que no me importa que escribas novelas románticas. Me importa que las escribas bien. Y por lo que he leído, las escribes muy bien.

Parpadeé. Una vez. Dos veces. Tres veces.

—¿No va a despedirme?

—¿Despedirte? Por Dios, mujer. Eres la mejor profesora de este departamento. Tus alumnos te adoran. Tus investigaciones son impecables. Y ahora, además, eres una escritora premiada. ¿Sabes el prestigio que eso puede traer a esta facultad si lo manejamos bien?

—No quiero ser la "profesora que escribe novelas románticas". Quiero ser la profesora que investiga la percepción interpersonal. A secas.

—Y lo eres. Pero también eres V. Núñez. Y eso no es una debilidad, Valeria. Es una fortaleza. La gente viene a estudiar Psicología porque quiere entender el alma humana. Tú la entiendes. Y además, sabes contarlo.

Me quedé en silencio. El reloj de pared del despacho marcaba las diez y doce. Fuera, por la ventana, se veía el campus universitario bañado por el sol de octubre. Estudiantes con mochilas. Profesores con prisas. La vida normal. La vida que yo creía a punto de perder.

—Hay un problema —dije finalmente.

—¿Cuál?

—La noticia del premio se ha filtrado. El departamento de Comunicación de la universidad ya me ha pedido una entrevista. Quieren hacer un reportaje: "La doctora que escribe al amor". Algo así.

—Lo sé. Me lo han consultado esta mañana.

—¿Y?

—Y les he dicho que adelante. Con una condición.

—¿Cuál?

—Que la entrevista la hagas tú. Con tus palabras. Sin esconderte. Sin pedir disculpas por lo que escribes. Sin separar a Valeria de V. Núñez. Porque son la misma persona. Y es hora de que el mundo lo sepa.

---

La entrevista fue el miércoles.

El titular, el jueves: "VALERIA NÚÑEZ, LA PSICÓLOGA QUE ENSEÑA A LEER EL ROSTRO Y ESCRIBE AL CORAZÓN: 'EL AMOR ES EL EXPERIMENTO PEOR DISEÑADO DEL UNIVERSO'".

La foto de portada me mostraba en mi despacho de la universidad, con las gafas puestas, un ejemplar de "Veinte Maneras de Olvidarte" entre las manos y una sonrisa que no era AU6 ni AU12 ni ninguna unidad de acción facial codificable. Era simplemente mi sonrisa. La de Valeria. La de V. Núñez. La de las dos por fin reconciliadas.

Los comentarios en redes sociales fueron un tsunami.

"¡La profe de Psico escribe novelas románticas! ¡Lo sabía! ¡Sus clases siempre tenían algo de storytelling!"

"He leído todos sus libros. Ahora entiendo por qué las escenas de besos eran anatómicamente tan precisas."

"Señora Núñez, ¿acepta alumnos para tutorías sentimentales? Pregunto para un amigo."

Mi madre me llamó llorando de orgullo. Clara me envió un ramo de flores con una tarjeta que decía: "Por fin. Ya era hora. Te quiero, idiota."

Schrödinger, desde su cojín, me miró con su desprecio habitual. Pero esta vez, estoy segura, había un brillo de aprobación en sus ojos felinos.

Y Andrés...

Andrés preparaba su propia sorpresa.

---

Viernes por la noche. Mi apartamento.

—Tengo algo que enseñarte —dijo Andrés, apareciendo en la puerta con su ordenador portátil bajo el brazo y una expresión que mezclaba nerviosismo y excitación.

—¿Otra edición pirata de mis libros?

—Mejor.

Abrió el portátil sobre la mesa del comedor. Schrödinger se subió de un salto para inspeccionar el dispositivo con la desconfianza que le caracterizaba. Andrés hizo clic en un archivo de vídeo.

—¿Qué es esto?

—La campaña de lanzamiento de tu libro. Para la gala del sábado.

—Andrés, yo no he encargado ninguna campaña.

—Lo sé. La he hecho yo. Por mi cuenta. Sin cobrar. Bueno, cobrando en especie. En cafés. En besos anatómicamente plausibles.

El vídeo comenzó.

Era un montaje de sesenta segundos. Imágenes de Barcelona al atardecer. El Parque Güell. La Sagrada Familia. El Psicoanálisis. La universidad. Y una voz en off, mi voz, leyendo fragmentos de mi novela:

"A veces, el amor no es una novela que escribes. Es una que te atreves a vivir."

La pantalla se fundió a negro. Y apareció un texto:

V. NÚÑEZ. LA AUTORA QUE NOS ENSEÑÓ QUE EL CORAZÓN TAMBIÉN SE LEE. GALA DE ENTREGA DEL PREMIO. SÁBADO 2. EN DIRECTO POR NOVELTOOM.

—Andrés... —mis ojos se llenaron de lágrimas. Maldita activación del sistema límbico—. Esto es...

—¿Demasiado?

—Es perfecto.

—¿Anatómica y literariamente perfecto?

—Perfecto. A secas.

Me besó. El beso número... ya había perdido la cuenta. Pero fue uno de los buenos. De los que no necesitan unidades de acción facial para ser verdaderos.

—Falta una cosa —dijo, separándose unos centímetros.

—¿Cuál?

—El final de la campaña. Lo tengo programado para que se emita justo después de tu discurso en la gala. Pero necesito tu permiso.

—¿Mi permiso para qué?

Andrés sonrió. Esa sonrisa. La suya. La que yo ya no analizaba porque simplemente era parte de mi vida.

—Para decirle al mundo que MrBrightside_Ads y V. Núñez no son solo lector y escritora. Son... esto. Lo que somos. Lo que estamos construyendo. Juntos.

—¿Quieres hacer pública nuestra relación?

—Quiero hacer pública nuestra historia. Porque es la mejor que he leído nunca. Y quiero que todo el mundo sepa que el espécimen con modales se enamoró de la psicóloga que escribía besos imposibles. Y que ella, contra todo pronóstico estadístico, también se enamoró de él.

—ANOVA no contempla el enamoramiento.

—ANOVA no contempla muchas cosas.

Me quedé en silencio. Miré a Schrödinger, que seguía sobre la mesa, observándonos con sus ojos de esfinge. Miré a Andrés, con sus ojos color avellana llenos de futuro. Miré el vídeo congelado en la pantalla del portátil.

—Trato hecho —dije—. Pero con una condición.

—Usted dirá.

—Si hacemos esto, lo hacemos bien. Sin medias tintas. Sin refuerzos intermitentes. Sin miedo a que el departamento descubra nada, porque ya lo han descubierto todo. Sin esconderme.

—Sin esconderte. Sin esconderme. Sin ANOVA.

—Sin ANOVA. Definitivamente.

Aquella noche, mientras Andrés dormía a mi lado por primera vez (Schrödinger lo había aceptado en la cama después de un exhaustivo proceso de olfateo y desprecio controlado), abrí Noveltoom en el móvil.

Escribí un nuevo capítulo. El último. El que llevaba semanas en blanco.

Lo titulé: "Veintiuna Maneras de Enamorarte (Sin Morir en el Intento)".

Y lo dediqué a MrBrightside_Ads.

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