Ella pasa una noche con un Ceo Y ese luego la secuestra al creer que ella esconde a su hijo
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Capitulo 23
—No te esfuerces en nada, mi amor —dijo Mateo suavemente.
Acarició su mano con cuidado, con una ternura que parecía prestada, como si el hombre duro de la mansión hubiera dejado paso, por un instante, a otro más frágil.
—Voy a traerte agua… trata de descansar, ¿sí?
Valentina lo miró débilmente, desde la penumbra de sus párpados a medio cerrar.
—Sí…
Mateo asintió.
Y salió de la habitación.
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El pasillo del hospital estaba en silencio.
Un silencio blanco, estéril, de esos que pesan más que cualquier grito.
Pero dentro de él…
todo era ruido.
Pensamientos encadenados. Dudas que se mordían la cola. Sospechas que brotaban como malas hierbas.
Se detuvo.
Apoyó una mano contra la pared, sintiendo el frío de los azulejos bajo sus dedos.
—Si ella volvió a perder la memoria…
Cerró los ojos.
Pensando.
Analizando.
—Entonces…
Su respiración se volvió más pesada, como si el aire mismo se hubiera vuelto más denso.
—¿Y si no está mintiendo?
Esa idea…
lo golpeó distinto.
Más fuerte.
Más real.
—¿Y si de verdad no recuerda nada…?
Silencio.
Pero no era alivio.
Era algo peor. Era el vacío que deja una certeza que se derrumba.
—¿Y si tampoco recuerda a nuestro hijo?
Sus ojos se abrieron lentamente.
Esa posibilidad…
no la había considerado antes.
Porque para él…
todo era claro.
Ella sabía. Ella ocultaba. Ella mentía.
Todo encajaba en su teoría, como piezas de un rompecabezas que él mismo había armado.
Pero ahora—
todo se desmoronaba.
—No…
Negó con la cabeza, como si aquel gesto pudiera alejar la verdad.
—Tiene que saber algo.
Pero su propia voz…
ya no sonaba tan segura.
Porque si Valentina estaba diciendo la verdad…
entonces esto no era una traición.
Era algo mucho más complejo.
Mucho más oscuro.
Y eso significaba—
que alguien más estaba involucrado.
Alguien que había borrado piezas.
Alguien que había manipulado todo.
Alguien que llevaba más tiempo jugando que él.
Su mirada se endureció.
Perdió toda la humanidad que había mostrado un instante antes. Se transformó. Se volvió piedra.
—Si alguien hizo esto…
Su mandíbula se tensó hasta doler.
—Lo voy a encontrar.
Y esta vez…
no iba a ser una simple búsqueda.
Iba a ser una guerra.
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Dentro de la habitación—
Valentina abrió los ojos lentamente.
El silencio la envolvía como una sábana pesada.
Pero su mente…
no estaba en calma.
Llevó una mano a su cabeza, presionando las sienes, como si quisiera detener algo que ya estaba en marcha.
—Me duele…
Susurró.
Y entonces—
otra vez.
Un destello.
Un niño.
Una risa.
Un jardín lleno de luz dorada.
Y una voz…
"No te olvides de mí…"
Valentina se incorporó de golpe.
Agitada.
Con el corazón desbocado y la piel erizada.
—¿Quién…?
Su voz era apenas un hilo.
—¿Quién eres…?
Pero el recuerdo—
se desvaneció.
Como humo entre los dedos.
Como arena que se escapa.
Dejándola con una sensación extraña.
Vacía.
Y al mismo tiempo…
llena de algo que no entendía.
Una nostalgia sin nombre. Un duelo sin muerte. Un amor sin rostro.
—¿Qué me está pasando…?
Susurró en la penumbra de la habitación.
Y por primera vez—
tuvo miedo.
No de Mateo.
No de la mansión.
No de los secretos que otros guardaban.
Sino de su propia mente.
Porque algo dentro de ella…
estaba despertando.
Algo que habían enterrado.
Algo que habían borrado.
Y no sabía si quería recordar.
Pero algo, en lo más profundo de su pecho…
le susurraba que no tenía elección.
Mateo regresó a la habitación con el vaso de agua en la mano. El cristal reflejaba la tenue luz del atardecer que se filtraba por la ventana, y sus dedos lo sostenían con una firmeza que delataba la tensión contenida en su cuerpo.
Se acercó a la camilla.
Valentina yacía allí, con los ojos cerrados, pero él supo que no dormía. Lo supo por el leve temblor de sus pestañas, por la forma en que sus dedos se crispaban sobre la sábana.
—Toma —murmuró, inclinándose sobre ella con una delicadeza que desmentía todo lo que era fuera de aquella habitación.
Acercó el vaso a sus labios. Ella los entreabrió, débil, y él vertió el agua con cuidado, poco a poco, como quien da de beber a algo precioso y frágil. Un hilo plateado resbaló por la comisura de sus labios, y Mateo lo secó con el pulgar, con una lentitud que parecía sagrada.
Valentina bebió. Tragó con esfuerzo. Y al terminar, sus ojos se abrieron apenas para encontrar los de él.
—Me quedaré así —dijo Mateo, en voz baja, casi un secreto—. Descansa.
No preguntó. No pidió permiso. Lo afirmó como una promesa.
Luego inclinó el rostro y posó sus labios en la frente de ella. Un beso suave. Breve. Pero cargado de algo que ninguno de los dos se atrevía a nombrar.
Valentina suspiró. Y sin soltar la mano que él le ofrecía, se dejó ir.
El sueño la atrapó despacio, como una marea mansa. Y aún dormida, sus dedos permanecieron enredados en los de él, aferrados como quien teme perderse en la oscuridad.
Mateo no se movió.
Se quedó allí, sentado junto a la camilla, con la espalda rígida y la mirada fija en el rostro apacible de ella. Su pulgar acariciaba el dorso de su mano con un ritmo hipnótico, lento, constante.
Afuera, el hospital seguía su curso indiferente. Pero dentro de aquella habitación, el tiempo parecía haberse detenido.
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Mientras tanto, en la puerta del hospital—
Adrián caminaba de un lado a otro como una fiera enjaulada. Sus pasos resonaban en el vestíbulo vacío, duros, rápidos, cargados de una impaciencia que apenas podía contener.
Llevaba minutos intentando llegar a la habitación de Valentina. Pero cada intento había sido frustrado.
—Déjenme pasar —exigió por tercera vez, con la voz tensa como una cuerda a punto de romperse.
Los hombres de Mateo bloqueaban el acceso al ala privada del hospital. Dos sombras de traje oscuro, impasibles, con los brazos cruzados y la mirada perdida en un punto más allá de Adrián, como si él no existiera.
—Lo siento, señor —dijo uno de ellos, con una educación tan fría como el acero—. Nadie entra sin la autorización de Mateo.
Adrián apretó los puños.
—Soy su hermano.
—Lo sabemos.
El guardia no se movió. Ni un milímetro.
Adrián dio un paso al frente, desafiante. El hombre no retrocedió. Solo lo miró, y en esa mirada había una advertencia silenciosa: no insistas.
La furia creció en el pecho de Adrián como una ola negra. Quiso golpear algo. Quiso gritar. Quiso derribar a aquellos dos autómatas de un solo empujón.
Pero sabía que no podía.
No allí.
No así.
—Esto no termina aquí —murmuró, con la mandíbula tan tensa que las palabras salían como cuchillas.
Ninguno de los guardias respondió.
Adrián los miró un último instante, con odio contenido, con impotencia hirviendo en las venas. Luego se giró sobre sus talones y caminó hacia la salida.
Sus pasos eran furiosos. Resonaron en el mármol del vestíbulo como disparos.
Empujó la puerta del hospital con violencia, y el aire frío de la noche le golpeó el rostro. Pero no calmó su ira.
—Maldición —escupió entre dientes, mientras caminaba hacia su auto.
Se detuvo junto a la puerta del vehículo. Apoyó ambas manos en el techo, inclinó la cabeza y cerró los ojos.
Su respiración era un torrente desbocado.
—Él no la merece —susurró, y en su voz había algo más que enojo. Había una certeza antigua, una convicción que llevaba años madurando.
Golpeó el techo del auto con la palma abierta.
Un golpe seco. Inútil.
Se subió al vehículo, encendió el motor y arrancó con estrépito.
Mientras se alejaba, la imagen de Valentina en aquella camilla no lo abandonaba. Y la idea de que Mateo estuviera a su lado, solo, sin testigos, sin control…
Lo devoraba por dentro.
Pero no podía hacer nada.
Aún no.
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Dentro de la habitación, Mateo seguía allí.
Inmóvil.
Con la mano de Valentina entre las suyas.
Y aunque su rostro no mostraba emoción alguna, en lo más profundo de sus ojos ardía una luz peligrosa.
Sabía que Adrián intentaría algo.
Lo sabía desde hacía tiempo.
Pero ahora…
estaba listo.
Y no pensaba permitir que nadie —hermano o no— se interpusiera entre él y ella.