Después de años de separaciones, heridas y secretos, Natalie Cardona, una valiente capitana de élite, y Dereck Stein, un estratega marcado por la guerra, se reencuentran entre el deber y el amor que nunca pudieron apagar, descubren que incluso las almas rotas pueden volver a latir...
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Rompiendo límites
Dereck Stein
Desde que la vi cruzar la puerta del club, supe que la noche se iba a ir al carajo.
No porque estuviera borracho, sino porque verla así, vestida de vampiresa medieval, fue un golpe directo al centro de todo lo que llevo reprimiendo.
Era una maldita visión.
El corsé negro ceñido a su cuerpo, el encaje rojo delineando su piel, la falda abierta dejando entrever sus piernas cubiertas de medias. Ni siquiera los años, ni las heridas, ni la rabia habían logrado matarme ese deseo.
Natalie era, y seguía siendo, mi mayor debilidad.
La observé reír con Emma y con James, ese imbécil que últimamente cree que puede ocupar el lugar que dejé vacío. Ella se inclinaba hacia él, sonreía, le tocaba el brazo cuando reía... y eso bastó para hacerme hervir la sangre.
Ella intentó soltarla, pero terminó siguiéndome. Siempre fue así: podía odiarme, discutir conmigo, pero cuando estábamos cerca, algo en ella se rendía.
Y esa noche no fue la excepción.
La música bajó, lenta, peligrosa, de esas que exigen cercanía.
La tomé de la cintura, la atraje hacia mí. Su cuerpo encajó contra el mío con una facilidad que dolía.
Ella levantó la mirada, intentando mantener la compostura, pero su respiración la delataba.
—¿Te diviertes? —pregunté, rozando su oído.
—Sí —respondió, sin apartarse—. Es lo que la gente hace cuando sale a una fiesta.
—¿Incluso cuando el pasado está a dos centímetros de su boca?
Ella sonrió con sarcasmo, pero no se movió.
—No todo el pasado, Dereck. Algunos pedazos ya no significan nada.
La miré fijamente.
—¿Y otros sí?
Su silencio fue suficiente para entenderlo.
Ella desvió la mirada, pero mis manos seguían firmes en su cintura.
El ritmo de la música la obligaba a moverse, y cada vez que sus caderas rozaban las mías, perdía un poco más el control.
—Sigues igual —murmuré, sin apartar la vista de su cuello—. La misma forma de mirarme, la misma forma de provocarme.
—Y tú sigues creyendo que todo gira a tu alrededor —respondió, clavándome la mirada.
—No. —Incliné la cabeza, rozando su mejilla con mis labios—. Pero esta noche sí.
Ella soltó una risa nerviosa.
—¿Te escuchas? Suenas igual que antes, arrogante y confiado.
—Y tú suenas igual que antes, temblando y fingiendo que no te afecta.
—No me afectas. —Lo dijo, pero su voz se quebró un poco.
—Entonces mírame a los ojos y dímelo otra vez.
Lo hizo. Me sostuvo la mirada. Pero sus pupilas dilatadas contaban otra historia.
La tensión era tan espesa que ni el ruido del club lograba filtrarse entre nosotros.
Mis manos subieron por su espalda, apenas rozando el encaje. Su respiración se aceleró.
Yo también estaba perdido, borracho de su perfume, de la maldita nostalgia, de todo lo que no pude decir.
Y entonces, sin pensarlo, la besé.
No fue un beso suave.
Fue un asalto, una declaración, una herida abierta.
Sus labios se abrieron bajo los míos, calientes, impacientes.
Su cuerpo se arqueó, se pegó más.
Jadeó, y ese sonido me volvió loco.
Ella me tomó del cuello, respondiendo al beso como si odiara hacerlo, como si la rabia fuera combustible.
No sé cuánto duró, pero cuando se separó, ambos respirábamos agitados, con la frente pegada y los labios húmedos.
—Esto no debe repetirse —susurró, con los ojos aún cerrados.
—Entonces deja de mirarme así —respondí sin soltarla—. Porque si lo haces otra vez, no voy a detenerme.
Abrió los ojos, esa mirada marrón encendida en una mezcla de deseo y rabia.
—No eres tú quien pone las reglas —dijo, apartándose bruscamente.
La vi alejarse, su capa ondeando tras ella, el rubí de su collar brillando como una provocación. Volvió con Emma y James, que la recibió con una sonrisa que me pareció demasiado cómoda, demasiado suya.
Ahí lo sentí.
Celos.
De mi mejor amigo.
Di media vuelta sin decir nada.
Necesitaba aire.
Necesitaba no pensar en cómo sus labios sabían igual que antes, ni en cómo aún podía hacerme perder el control con una sola mirada.
Salí del club, y la noche me recibió con el frío más real que había sentido en años.
Pero ni siquiera eso logró enfriar lo que ardía dentro de mí.