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Pacto Por Venganza

Pacto Por Venganza

Status: En proceso
Genre:Mitos y leyendas / Demonios / Maldición
Popularitas:1.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Tintared

Despues de ser humillada Lucciana decide hacer un viejo ritual para cobrarse las penas.
Vende su alma a Lucifer a cambio de castigar a quien se atrevió a dañarla pero en el instante en que firma el pacto de sangre, algo que jamás contempló ocurre...

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Inspección de la corona

Lucciana sintió un escalofrío que nada tenía que ver con el clima. La genialidad de la trampa era espantosa. El arte y la historia se guardaban en palacios, pero el dinero fluía como la sangre por las venas de una nación. Si Pendelton lograba dispersar su rúbrica entre miles de manos inocentes, el contrato se volvería indestructible.

—¿Dónde están las planchas de impresión? —preguntó Lucciana, cerrando el puño izquierdo con fuerza, sintiendo el bisturí florentino oculto en su bastón de ébano.

—En la bóveda subterránea de la Compañía de las Indias, en Threadneedle Street —respondió Luca, extendiéndole una orden de inspección gubernamental falsificada con el sello real en lacre escarlata—. Pendelton supervisará el último tiraje esta medianoche, antes de que los furgones distribuyan el papel a los bancos. Si entras allí, debes hacer algo más que destruir las planchas, Lucciana... Debes revertir el flujo del papel. Tienes que hacer que el dinero devuelva la culpa a su dueño.

La sede de la Compañía de las Indias Orientales era un edificio de granito gris que recordaba a una prisión de máxima seguridad. Los pasillos subterráneos, iluminados por ruidosas lámparas de arco eléctrico que zumbaban como avispas, olían a tinta fresca, ácido nítrico y yute húmedo. El sonido sordo y rítmico de las prensas de vapor resonaba en las paredes de ladrillo, un pum-pum-pum que imitaba el latido de un corazón de hierro.

Lucciana, presentada como la Dama Inspectora Bianchi de la comisión de auditoría comercial de la Corona, avanzó por la sala de impresión. Los operarios, con las caras manchadas de hollín y los brazos tiznados de tinta negra, trabajaban sin levantar la vista de las inmensas máquinas que escupían pliegos de billetes de cinco libras.

Al final de la sala, tras una reja de hierro forjado, Lord Arthur Pendelton vigilaba el proceso. Era un hombre de sesenta años, de complexión robusta, patillas canas y una levita de paño inglés impecable. Sostenía un reloj de bolsillo de oro en la mano, contando los minutos para que el tiraje concluyera.

—La inspección de la Corona es una formalidad innecesaria a estas horas, señorita Bianchi —dijo Pendelton, su voz una vibración de arrogancia imperial británica que no admitía réplica—. Mis libros están auditados y el papel cumple con todos los estándares del Banco de Inglaterra.

—No vengo a auditar sus libros, Lord Pendelton —respondió Lucciana, cerrando la puerta de la reja a sus espaldas y quitándose el guante de encaje negro de la mano izquierda—. Vengo a auditar su balance con el Barón de Ferro.

La runa azul estalló en un fulgor frío que hizo que las lámparas de arco eléctrico del techo parpadearan violentamente.

Pendelton palideció, pero no retrocedió. Una sonrisa despectiva se dibujó en sus labios delgados. Detrás de él, tres guardias de seguridad armados con rifles de repetición dieron un paso al frente.

—Sabía que el cobrador enviaría a alguien —siseó el lord, guardando su reloj—. Pero llega tarde, italiana. El cincuenta por ciento del tiraje ya está en los furgones exteriores. La tinta está seca. Mi deuda ya pertenece a los carniceros de Whitechapel, a los marineros de los muelles y a los lores de la cámara. El Infierno no puede embargar a un imperio entero.

—Un imperio entero no firmó con sangre, Pendelton. Usted lo hizo —replicó Lucciana.

Los guardias levantaron sus armas, pero Lucciana fue más rápida. Como restauradora, su mente estaba entrenada para calcular los puntos de tensión y los fluidos. No atacó a los hombres; atacó el sistema de distribución de la tinta de la gran prensa de vapor que estaba a su derecha.

Dio un golpe seco con su bastón de ébano en la válvula de presión del tanque de alimentación de pigmento, al mismo tiempo que liberaba una línea de fuego azul de su mano izquierda. El calor del fuego infernal expandió el ácido nítrico de los tanques instantáneamente.

La prensa estalló con un rugido de metal y vapor. Una lluvia de tinta negra y fluidos químicos inundó la estancia, cegando a los guardias y obligándolos a soltar las armas mientras el vapor ardiente llenaba el sótano.

Lucciana corrió a través de la densa niebla negra, guiada únicamente por el fulgor púrpura rancio que emanaba de las planchas de cobre de la prensa central, donde la firma invisible del pacto operaba.

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Megara García
me emocioné tanto con el final pero pensé por un momento que el diablo se quedaría con ella que el amor pudiera romper la maldad
gracias autora por esta joya 👏👏👏
Megara García
que emoción cada capítulo es más interesante 👏👏
Rolando Morales
ya le gustó estar con el diablo/CoolGuy//Chuckle/
Megara García
alguna vez alguien dijo que el demonio había Sido el ángel mas hermoso
Megara García
wooooo que capitulo tan intenso esta novela me atrapó
Alisson Nuñez
excelente
Gus Molina
/Drool//Drool//Drool/
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