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Sol De La Bahía

Sol De La Bahía

Status: Terminada
Genre:Romance / Yaoi / Completas
Popularitas:1.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Skay P.

⚠️🔞✅️Miles Stone, un rígido contador de la ciudad, huye hacia el pueblo costero de Bahía Centinela tras una devastadora traición familiar. Destrozado y buscando aislamiento, llega al viejo Hostal Morrow, administrado por Ezra, un lugareño libre, magnético y un tanto excéntrico. Mientras Miles intenta ordenar el adorable caos financiero del negocio, Ezra lo desafía a mirar el mundo a través de su lente analógica, enseñándole a abrazar las imperfecciones de la vida. Bajo el cálido sol de agosto, una cercanía eléctrica e ineludible florece entre ambos, transformando un verano melancólico en el refugio de amor más puro de sus vidas.✅️🔞⚠️

NovelToon tiene autorización de Skay P. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Amor infinito

La tarde del día siguiente llegó trayendo consigo el atardecer más espectacular que Bahía Centinela hubiera registrado en todo el año. El cielo de octubre parecía haberse puesto de acuerdo con los deseos de Ezra Morrow; se tiñó por completo de un color naranja encendido, rosa y violeta profundo, repitiendo de forma idéntica la estética de la fotografía del beso que Miles guardaba en el rollo de su cámara. El océano Atlántico permanecía en una calma mágica, reflejando las luces celestiales como un espejo de plata brillante.

A las seis en punto, las barandillas de madera del muelle viejo comenzaron a crujir bajo el peso de decenas de pasos silenciosos. El pueblo entero caminaba en una procesión ordenada y respetuosa hacia el extremo final, donde el agua se volvía más profunda. Los pescadores veteranos se habían quitado las gorras gastadas, manteniéndolas contra el pecho, y las vendedoras del mercado entrelazaban sus manos con lágrimas rodando por sus rostros arrugados. No había gritos ni lamentos ruidosos; solo una comunidad unida dispuesta a entregar al mar a su vecino más querido.

Miles caminaba al frente de la marcha, flanqueado por Matt. El contador sostenía la urna de bronce oscuro entre sus manos con una delicadeza infinita, pegándola a su pecho para sentir por última vez ese calor sutil que el metal desprendía. Al llegar al borde de los pilares de cemento carcomidos por la sal, Miles miró el horizonte infinito. Sintió que el aire salado le inundaba los pulmones, disolviendo la rigidez que le quedaba en los hombros.

—Estamos aquí, mi bebé —susurró Miles en un hilo de voz dulce, mirando la superficie del agua—. Cumplimos el contrato. Regresaste a tu paraíso.

Matt dio un paso adelante y retiró con cuidado la tapa de la urna de bronce. Tenía los ojos rojos por el llanto contenido, pero su rostro reflejaba una paz espiritual. Miró a Miles y le asintió con la cabeza, dándole el espacio para ser él quien guiara el final del ritual.

Miles introdujo sus dedos en el interior de la urna, tomando un puñado de las cenizas grises y delgadas de su novio. Avanzó hasta el límite de las maderas del muelle y extendió los brazos hacia el frente. El viento del norte, que soplaba con una suavidad reconfortante, comenzó a acariciarle los dedos.

Lentamente, Miles abrió las manos, permitiendo que la ceniza se elevara en el aire. El polvo gris fue atrapado por la brisa veraniega tardía, dispersándose en una estela brillante que flotó bajo la luz violeta del atardecer antes de caer de forma perezosa sobre la superficie del océano. Los lugareños soltaron un suspiro ahogado y colectivo, y varias mujeres comenzaron a arrojar pétalos de girasoles secos al agua, tiñendo el mar de un color dorado hermoso.

Miles repitió el movimiento hasta vaciar por completo el bronce. Al soltar el último puñado, sintió que el viento cálido le rozaba los labios con la misma suavidad de un beso salado y pausado de despedida. Una lágrima caliente rodó por su mejilla clara, pero no era una lágrima de pura desesperación; era una lágrima de agradecimiento infinito. Supo que Ezra ya no estaba atrapado en la habitación blanca de un hospital en Canadá; ahora era libre, disuelto en las olas que tanto amaba, cuidando el hostal desde la inmensidad del Atlántico.

Matt se acercó y lo abrazó por los hombros con su mano grande, rompiendo en un llanto bajo y reconfortante. El pueblo entero permaneció en el muelle hasta que el sol se ocultó por completo detrás de las colinas, dejando que las primeras estrellas comenzaran a titilar sobre el manto oscuro del mar. El pacto sagrado de la azotea se había cumplido y el verano de tristeza cerraba su tramo más doloroso para dar paso a la eternidad de los recuerdos felices.

El tiempo, implacable y constante como el romper de las olas, continuó avanzando en el calendario. Pasaron las hojas del otoño, los vientos del invierno y los días de sol de las siguientes temporadas, transformando la realidad de Bahía Centinela paso a paso.

Cuatro años exactos transcurrieron desde la tarde de las cenizas en el muelle.

El Hostal Morrow lucía completamente renovado, pero sin haber perdido ni una sola pizca del desorden hermoso que Ezra tanto defendía. Miles, usando su mente ordenada de contador y sus ahorros, se había encargado de reparar las bisagras que chirriaban, de pintar las fachadas con un color blanco limpio y de arreglar el ventilador de techo de la recepción. Las sábanas blancas continuaban colgando de los hilos de nailon en el patio lateral, moviéndose como banderas de paz bajo el sol de la tarde.

Sin embargo, el mayor cambio estaba en el interior del vestíbulo. Las paredes de madera de roble oscuro ya no estaban vacías; ahora funcionaban como una galería de arte espectacular. Decenas de fotografías enmarcadas contaban la historia del hostal: imágenes de los pescadores locales reparando sus redes, los atardeceres morados del puerto y, sobre todo, los retratos en primer plano de Ezra Morrow riendo en el porche o mirando hacia el mar con sus ojos oscuros llenos de adoración. Miles se había convertido en un fotógrafo reconocido en la región, pero su lente seguía perteneciendo exclusivamente a la memoria de su novio.

Durante esos cuatro inviernos, Miles y Matt se habían mantenido en contacto de forma diaria a través de llamadas telefónicas y mensajes continuos, compartiendo el avance de sus vidas y el peso del duelo familiar que los unía.

La tarde del cuarto aniversario, el sonido de un motor pesado rompió la calma del sendero de tierra. Miles salió al porche delantero y una sonrisa amplia iluminó su rostro al reconocer la camioneta negra de Matt estacionándose frente a las escaleras de madera.

Del asiento del conductor bajó Matt, luciendo su habitual chaqueta de lana forestal, pero con un semblante notablemente más alegre y rejuvenecido que en los años anteriores. Corrió por los escalones y rodeó a Miles en un abrazo apretado y ruidoso, dándole palmaditas firmes en la espalda.

—¡Mírate, contador! —gritó Matt con su voz ronca de siempre—. Tienes la piel más tostada por el sol y este porche se ve increíble. Ezra estaría presumiendo de su novio con todo el mundo.

—Bienvenido a casa, Matt —respondió Miles de forma tranquila, sintiendo una inmensa alegría espiritual al ver a su primo de nuevo—. Sabes que este desorden siempre los estará esperando.

Matt se separó un poco y giró la cabeza hacia la puerta abierta de la camioneta, con un brillo de orgullo y timidez en sus ojos oscuros.

—Miles... no vine solo esta vez —dijo Matt con suavidad—. Te hablé de ella en mis últimos mensajes. Ella es Lizzie. Mi prometida. Quería que su primer viaje fuera aquí, para que conociera nuestra casa y al hombre que cuidó de mi hermano.

Una mujer joven bajó del vehículo y se acercó despacio al porche. Lizzie era una chica de aspecto dulce, de cabello castaño claro recogido en una trenza floja y unos ojos verdes y expresivos que desbordaban una calidez humana inmediata. Vestía una sudadera cómoda y sostenía una pequeña planta de lavanda en una maceta de barro entre sus manos como obsequio de presentación.

Al subir los escalones de madera, Lizzie miró a Miles y le ofreció una sonrisa sincera, libre de cualquier formalidad rígida.

—Es un verdadero honor conocerte finalmente, Miles —dijo Lizzie con una voz suave y melodiosa, entregándole la maceta de barro con caricias tiernas en las hojas—. Matt me ha contado mil historias sobre este hostal y sobre el amor tan hermoso que construyeron aquí. Traje esto para tu porche. Espero que combine con tus sábanas blancas.

Miles sintió que un calor reconfortante le inundaba el pecho al ver la nobleza en el rostro de la prometida de su primo. Tomó la planta de lavanda con gratitud, estrechando la mano de Lizzie de forma tierno y segura.

—Muchas gracias, Lizzie. Bienvenida a Bahía Centinela —respondió Miles con una sonrisa de absoluta aceptación—. Combina perfectamente. Pasen, por favor. El comedor está listo y preparé el café exactamente a las ocho, tal como dictan las reglas estrictas de este establecimiento.

Entraron juntos al vestíbulo sumergido en la penumbra pacífica de la tarde. Mientras Matt ayudaba a Lizzie a dejar sus bolsos de mano cerca de la recepción, la chica se detuvo en seco frente al mostrador de roble oscuro. Sus ojos verdes se clavaron en el retrato en primer plano de Ezra Morrow que colgaba en el centro de la pared, la fotografía donde sus ojos oscuros reflejaban la ventana de Canadá y la silueta de Miles inclinado sobre su camilla.

Lizzie caminó despacio hacia la imagen, contemplando los detalles de la sonrisa perezosa del hotelero con un respeto sagrado. Giró la cabeza hacia Miles y sus ojos brillaron con una comprensión profunda.

—Es hermoso, Miles —susurró Lizzie de forma tierna, tocando suavemente el marco de madera—. Puedo ver su luz en toda la habitación. Se nota que el amor de ustedes dos sigue gobernando este paraíso.

Miles se colocó al lado de ella, mirando el rostro de su novio en la fotografía. Sintió que el pitido sordo del monitor del hospital y el dolor del final de la historia se disolvían por completo en el aire con olor a lavanda de su vestíbulo. El tiempo de la separación ya no causaba angustia; se había transformado en un lazo eterno de lealtad y memoria verdadera.

—Sí, Lizzie —respondió Miles con una voz profunda, clara y llena de una paz espiritual inquebrantable—. Ezra firmó el contrato de su destino en esa playa, pero comprando su desastre, logré que su recuerdo nunca se apagara. Mientras este hostal tenga las puertas abiertas y yo siga tomando fotos bajo la luz del atardecer, nuestro verano de tristeza continuará siendo el monumento más hermoso del mundo.

Caminaron hacia el comedor compartiendo risas bajas, conversaciones tranquilas y planes reales para los días de vacaciones que pasarían juntos en la costa. Afuera, la llovizna fina del otoño comenzaba a caer sobre los mosaicos del muelle viejo, pero dentro del Hostal Morrow, resguardados por las sábanas blancas y la presencia viva de un amor infinito, los tres hombres y la nueva integrante de la familia sabían que habían logrado vencer al invierno absoluto a base de puras promesas y recuerdos dorados que ni la misma eternidad lograría borrar jamás de sus almas unidas.

Fin.

⚠️🌟Holis mis amores, ¿lloraron un poquito? Porque aquí sí y bastante. Amamos tanto a esta pareja, que me quema. 🦋❤️‍🔥

Pensamos en escribir, si Miles encontraba otra pareja, para no quedarse solito, pero decidimos por otro final. Así parece perfecto. O si quieren, lo podemos crear sin ningún problema, ¡somos todo oídos! 👆✨️

Gracias por leernos, dejar sus pulgares arriba y estrellitas. Dejen sus comentarios para saber si les gustó o alguna sugerencia para otras historias increíble.🫰🫣

Hay un capítulo extra. Disfruten.🌟⚠️

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Beisy Antunez
muy bueno gracias
Beisy Antunez
Gracias que amor tan lindo nacido del dolor de cada uno, llore mucho con esta historia 😭 pero fue hermosa
Skay P.: Gracias por la compañía, mi cielo.
Tenemos otras excelentes historias para alegrar el corazón. ¡Besitos!✨️🦋
total 1 replies
Smer
y justo escuchando la nave del olvido de José José 😭
Skay P.: ¡Uy! Disculpa, mi Chickis.
En mi perfil, encontrarás historias que sanan el corazón. Además, esta historia tiene un final alternativo muy bonito. 🫣🫰✨️
total 1 replies
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