En un mundo donde la realeza no es sinónimo de inocencia, existe alguien dispuesto a romper todas las reglas.
Un misterioso cazador recorre los reinos con una misión peligrosa: encontrar y eliminar princesas. Pero no lo hace por ambición ni riqueza… sino por una verdad oculta que pocos conocen. Detrás de cada corona se esconden secretos, traiciones y poderes que podrían destruirlo todo.
A medida que avanza en su cacería, el cazador comienza a cuestionar su propósito, especialmente cuando se cruza con una princesa diferente a las demás… alguien que podría cambiarlo todo.
Entre conspiraciones, batallas y emociones prohibidas, la línea entre enemigo y aliado se vuelve cada vez más difusa.
¿Qué pasa cuando el cazador deja de ver a su presa como un objetivo… y empieza a verla como algo más?
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Cuando todo anda bien
Elena, con el bebe en brazos, y Lázaro caminan por las orillas del pueblo en dirección al centro. El agua que corre a su lado esa tarde está tranquila, como si el viento no tuviera motivo para soplar. Lázaro lleva algunas bandejas con comida.
—¿Será suficiente con esto? —pregunta Lázaro.
—Por supuesto que sí —responde ella—. Además, no somos los únicos que van a llevar comida.
Ambos se dirigen al comedor del pueblo, un lugar donde las familias se juntan una vez por semana a discutir los conflictos del reino y sus posibles soluciones.
— ¿Qué fue lo que hizo Preus? —pregunta él.
Ella sonríe y contesta: —Me ayudó con las ensaladas; también controlo el fuego del pastel.
Lázaro hace una mueca de conformidad y acota: —Es un buen muchacho. Estaba pensando en la idea de…
—Pero… —Elena lo interrumpe—. Se puso algo extraño cuando hablamos de quién eras.
Lázaro se frena de golpe, abre los ojos como platos, gira hacia ella y, casi gritando, pregunta: —¿Quién era yo? ¿Aquí? ¿En el reino? —Suelta las bandejas, que se estrellan en el suelo, y toma a Elena de los hombros—. ¡Qué le dijiste! ¡Qué fue lo que le dijiste!
Ella se llena de lágrimas; su labio inferior empieza a temblar, está a punto de llorar y aferra con fuerza al bebe. Lázaro la observa fijamente; por un momento se concentra tanto que puede apreciar el entorno reflejado en sus pupilas. En ellas, muy al fondo —donde se guardan las penurias— puede ver los árboles desaparecer en cenizas.
—Le dije que, luego de derrocar al rey, cuando salvaste el reino, fuiste nombrado soberano, pero que no querías ser llamado de esa manera… que eras un rey distinto —dice ella.
Un rey distinto.
Lázaro la suelta y comienza a correr. A ambos lados de él, el entorno empieza a disolverse: cada partícula de las casas, cada árbol que lo rodea, todo se desvanece. Grita con rabia mientras corre aún más rápido. Elena llora desconsolada sobre su hijo; el vestido que llevaba comienza a desvanecerse.
Lázaro llega a su casa, entra con violencia, tira la puerta abajo y corre en todas direcciones; mira a un lado y al otro, pero no encuentra nada. Grita los nombres de Penélope y Preus, pero nadie contesta. Luego se detiene y observa a su hija tirada en la mitad del umbral que daba al patio trasero. Rápidamente corre hacia ella. Al acercarse, aprecia un cuchillo de cocina incrustado en el centro de su pecho: la chica yacía sin vida. La princesa había muerto.
Su grito es de un dolor que le desfigura el rostro.
—Lo siento, Lázaro… pero este es mi destino y no puedo cambiarlo —dice Preus, unos metros delante de él. Algunas lágrimas caen de sus ojos; Parece entristecido. Acto seguido, abre un portal y lo cruza.
Lázaro alza la vista: sus ojos no pueden contener el llanto, se retuerce de furia y produce sonidos de desesperación mientras sostiene a su hija en brazos. Entonces encuentra a Preus con la mirada; lo mira fijo, totalmente desesperado. Su agitación no le permite hablar con normalidad y grita: —¡Preus! ¡Me las vas a pagar, maldito!
El reino entero de agua se consume lentamente hasta desaparecer.
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El ser supremos
Una novia, con su vestido blanco, mira al cielo; Allí busca algún refugio para escapar de su situación. En la mano izquierda aferra un ramo de flores artificiales; la palma de la otra mano reposa inerte. El sol brillaba aquella tarde, y el viento frío que bajaba de la montaña no se sentía tanto. Cientos de invitados deberían maravillarse con la ceremonia: la verían desfilar por el pasillo cubierto de pétalos, sus amigas gritarían por ella, llorarían, estarían orgullosas, así como seguramente lo estaba su padre, que la observaba desde algún punto en el cielo.
La mujer desciende del altar. Detrás de ella, la princesa del reino muere desangrada en brazos del rey; un corte a la altura del cuello bastó para arrebatarle la vida. La novia sigue su camino y pasa junto al príncipe, su prometido —el hombre que esta tarde juraría amor eterno hasta envejecer, el hombre que le daría su más preciado beso para sellar una tarde mágica— pero, para desgracia suya, el príncipe grita en agonía con la mano cercenada.
Camina por el pasillo en dirección contraria a la que minutos antes había recorrido. Levanta la vista hacia el cielo. Los árboles que la rodean comienzan a desaparecer a su paso; las personas, los animales, cada detalle junto a ella se desvanece. Ella se detiene. Los presentes gritan desesperados; observan cómo sus seres queridos desaparecen en el viento. La novia inclina la cabeza y ve cómo el ramo de flores pierde el color y se convierte en cenizas. Su vestido se desvanece primero —lo orgánico, al parecer, es lo segundo en desintegrarse—. Su piel empieza a resquebrajarse y se vuelve papel: papel que el fuego consume y alza en el aire. Sus brazos desaparecen, luego las piernas; la desmaterialización es tan rápida y mortal que no siente dolor. Sólo puede concentrarse en un punto, uno en el cielo.
—Perdón, papá. —dice mientras se desaparece.
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Una madre se aferra a su bebé; su cuerpo está manchado de sangre que no es la suya. Grita desconsolada, sin saber cómo seguir, sin saber qué hacer con su marido muerto en la entrada. Entonces, en un instante de lucidez, percibe que las cosas de su casa se desintegran: comienzan a reducirse a polvo. La madre se paraliza; las lágrimas cesan. Levanta al bebé frente a ella y lo mira, emocionada, como si estuviera enamorada.
—Prometo hacerlo mejor la próxima vez —exclama la mujer. Ambos desaparecen junto con la casa.
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El silencio de la desolación; la intemperie de lo desconocido; la oscuridad cuando ya nada queda. El reino de hielo se extingue por completo: cada centímetro de su mundo queda hecho ceniza. En el centro de tanta oscuridad, en medio de tanto dolor, un joven está arrodillado sobre la nada y se maldice en silencio; se reprocha haber fallado al reino, a su gente y a su hermana. En su mano derecha porta cuatro anillos con formas de animales distintos; su mano izquierda fue cortada de cuajo, pero eso ya no dolía —quedó en un segundo plano.
Las lágrimas de sus ojos caen en sentido inverso: se elevan por encima de su cabeza como si la gravedad no existiera. Aprieta el puño y golpea la oscuridad que lo rodea; grita maldiciones y escupe la rabia que lo consume. Abre nuevamente la mano y encuentra el collar de la princesa, la fuente de su poder. De pronto se queda en silencio. Levanta el brazo sin mano —ya no sangraba—, lo observa detenidamente, lo gira y examina.
—Te entrego está parte de mi ser! —dice mientras sus ojos cambian de color—. Dame de tu fu esa asquerosa alimaña.
Un fuego verde y blanco brota de sus pupilas. De su muñón comienza a materializarse una especie de mano fantasmal: dedos largos, deformes, casi transparentes y con aspecto putrefacto. Observa su nueva mano; sus ojos siguen sumergidos en un fuego que eriza la piel. Sonríe levemente, como perdiendo la razón.
—Voy por ti, cazador…—exclama, mientras su cuerpo entero se cubre del fuego verdoso.