Samantha no encaja en los estándares, y está cansada de que el mundo se lo recuerde a cada paso: en el espejo, en las miradas ajenas, en las palabras que duelen más de lo que muestran. Pero detrás de cada inseguridad hay una fuerza callada. Y cuando el nuevo profesor llega a su vida con una mirada distinta —una que no juzga, que no exige, que desea— todo comienza a cambiar.
Lo que empieza como una atracción silenciosa se convierte en algo que ninguno de los dos esperaba.
¿Podrán mantenerse al margen de lo prohibido? ¿O hay cosas que, aunque quieran ocultarse, terminan por estallar?
Una historia de deseo, ternura y valentía.
Porque a veces el amor no llega cuando te sentís lista… sino cuando por fin dejás de esconderte.
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Capítulo 20 — Lo que empieza a arder (Maratón 3/5)
Samantha
Faltaban veinte minutos para cerrar.
Las luces del café estaban un poco más bajas, como siempre a esa hora. El aire olía a café tibio, a pan tostado, a final de día. Y yo intentaba concentrarme en limpiar la máquina… pero no podía.
Porque él estaba ahí.
Y yo lo sabía.
Y él también lo sabía.
Me acerqué a retirar unas tazas vacías, y su voz suave me detuvo en seco.
—¿Tienes un minuto?
Me giré.
Lo miré.
Y asentí.
Señaló la silla frente a él.
—Solo si quieres sentarte un momento.
No era una orden. Ni siquiera una invitación. Era una pregunta que no necesitaba respuesta, porque mi cuerpo ya la había dado. Me senté, aunque mis piernas dudaban y mi pecho latía con fuerza. Como si algo, sin nombre aún, acabara de abrirse dentro mío.
Él tenía la libreta abierta, pero no la miraba.
Me miraba a mí.
—No sé si decir esto es correcto —empezó, con una calma que me erizaba la piel—, pero no puedo seguir fingiendo que no noto lo que pasa.
Lo miré sin parpadear.
—¿Qué pasa?
Sonrió apenas.
No burlón. No seguro. Solo… sincero.
—Que me gustas. Y que cada vez se me hace más difícil actuar como si no te mirara cuando pasas.
Me ardieron las mejillas. Pero no por vergüenza.
Por deseo.
Por la imagen que vino con esa frase.
Por la forma en que me lo decía.
Tan cerca. Tan directo.
—Gabriel… —dije, solo para sentir su nombre en mi boca.
Y algo en sus ojos se encendió.
—No voy a cruzar ninguna línea si tú no quieres —agregó—. Pero solo quería que lo supieras.
Se inclinó un poco hacia adelante.
Su perfume me envolvió.
Una mezcla de café, papel y algo que era solo suyo.
Sentí su aliento en mi cuello cuando susurró:
—Hoy te ves preciosa. Y no lo digo como profesor. Lo digo como hombre.
Un escalofrío me recorrió.
No me moví.
No podía.
Mi cuerpo estaba en alerta, cada célula latiendo con una energía nueva, cruda, peligrosa.
Su mano rozó la mía sobre la mesa. Solo un instante. Apenas un roce.
Pero mi cuerpo se estremeció entero.
Se puso de pie. Tomó su libreta.
Y antes de irse, me sostuvo la mirada por unos segundos más.
—Hasta pronto, Samantha.
Se fue. Sin tocarme más. Sin decir nada fuera de lugar.
Pero cada parte de mí gritaba por algo más.
Y cuando me quedé sola, detrás del mostrador, con las manos temblando… supe que ya no había vuelta atrás.
Ya no era solo admiración.
Ya no era solo un juego.
Era deseo.
Claro. Ardiente. Vivo.
Y él lo sabía.
Y yo… también lo sentía quemar.
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Nota de la autora
¡Hola! Si llegaste hasta acá, gracias por leer este capítulo.
La historia entre Gabriel y Samantha empieza a tomar temperatura (literal y emocionalmente), y me encanta ir mostrando cómo todo se va construyendo de a poco.
Cuéntame qué te pareció esta escena y si también sentiste esa tensión rara, linda e intensa que hay entre ellos.
Nos vemos en el próximo capítulo.