Por amor, la Princesa Vivianne lo entregó todo. Se casó con Alexander, el hijo de un barón, creyendo en sus falsas promesas. ¿Su recompensa? Ser humillada, traicionada por su mejor amiga, desterrada por su propio padre y, finalmente, asesinada en un callejón oscuro.
Pero la sangre del Emperador esconde un secreto. En su último aliento, la magia de Vivianne despierta, haciéndola retroceder en el tiempo hasta la noche en que todo comenzó.
De regreso en el palacio, Vivianne ya no es la joven ingenua de antes. Ha jurado proteger a su padre, salvar su imperio y destruir a quienes la pisotearon. Aunque deba ensuciarse las manos y volverse despiadada, esta vez ella ganará la guerra. Pero lo que no sospecha es que un par de intensos ojos rojos vigilan cada uno de sus movimientos desde las sombras... ¿Un nuevo enemigo o el aliado que necesita para su venganza?
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Capítulo 3: El desprecio desde el balcón y el hilo de seda azul
El palacio imperial se había transformado en un hervidero de actividad. Por los pasillos resonaba el eco constante de los pasos apresurados de las sirvientas que cargaban telas preciosas, los criados que pulían los candelabros de cristal y los guardias que redoblaban la seguridad ante la inminente llegada de la aristocracia de todas las provincias. El baile de máscaras del solsticio no era solo una fiesta; era el evento político más importante del año, el lugar donde se sellaban alianzas, se destruían reputaciones y se exponían las ambiciones de la nobleza.
Vivianne observaba todo aquel movimiento desde el balcón de sus aposentos privados. Apoyada en la barandilla de mármol blanco, sostenía una pequeña taza de porcelana fina entre sus manos, dejando que la suave brisa de la tarde meciera los mechones de su cabello oscuro. Sus ojos, antes llenos de una ilusión juvenil por las festividades, ahora eran fríos y analíticos. Estaba estudiando el tablero antes de colocar su primera pieza.
De pronto, un revuelo en los jardines inferiores llamó su atención. Vivianne bajó la mirada y una sonrisa helada, casi imperceptible, se dibujó en sus labios.
Allí estaba ella. **Lucia**.
La joven avanzaba a paso apresurado por el sendero de rosas, vestida con un aparatoso vestido de encaje rosa pastel que buscaba resaltar una falsa inocencia. Detrás de ella, dos de sus doncellas personales caminaban con la cabeza gacha, cargando cajas de sombreros y abanicos. Vivianne observó cómo Lucia se detenía frente a las escalinatas principales del palacio de la princesa, donde dos guardias imperiales de armadura pesada le cerraban el paso cruzando sus lanzas.
A la distancia, Vivianne no podía escuchar las palabras exactas, pero conocía el libreto de memoria. Era la tercera vez en el día que Lucia intentaba ingresar a sus aposentos sin invitación previa. En su vida pasada, Vivianne le había otorgado un pase libre, permitiéndole entrar y salir de su intimidad como si fuera una hermana. Lucia se aprovechaba de ese privilegio para revisar sus cartas, conocer sus horarios y enterarse de cada uno de sus secretos.
Esta vez, sin embargo, las órdenes que Vivianne había dejado a la guardia real eran absolutas:
__«La princesa heredera se encuentra en un periodo de preparación espiritual previo al solsticio. No se permiten visitas de la baja nobleza, sin excepciones»*.
Abajo, el rostro de Lucia comenzó a desfigurarse por la frustración. Se llevó una mano al pecho, fingiendo una profunda ofensa, y empezó a gesticular de manera exagerada frente a los guardias, probablemente usando su habitual tono de víctima:
__¡Pero soy la mejor amiga de su alteza! ¡Ella me necesita!»*. Los soldados, hombres entrenados para obedecer al Emperador y a la princesa antes que a nadie, permanecieron inmóviles como estatuas de piedra.
Al darse cuenta de que sus lágrimas falsas no funcionarían con la guardia, Lucia dio un pisotón indignado en el suelo, dio media vuelta e hizo un berrinche que hizo que su falda rosa se sacudiera de forma ridícula. Se alejó despotricando entre dientes, con las mejillas encendidas por la rabia y la humillación de haber sido rechazada a la vista de los demás sirvientes.
Vivianne dio un sorbo a su té, disfrutando de la patética escena desde las alturas.
*«Nunca lo vi»*, pensó, sintiendo una mezcla de desprecio y lástima por su propio pasado. *«Estaba tan cegada por la soledad que nunca noté la clase de serpiente que metí en mi nido»*. En su vida anterior, cada vez que Lucia hacía una de esas rabietas, Vivianne corría a consolarla, a pedirle disculpas y a llenarla de costosos regalos de la tesorería imperial solo para no verla "sufrir". Qué patética ironía. Aquella mujer que fingía llorar por un desaire de los guardias, fue la misma que un año después sonreiría con crueldad mientras plantaba el veneno que condenaría a Vivianne al destierro.
—Tu hora llegará, Lucia. Pero primero, te quitaré el suelo bajo los pies —murmuró Vivianne para sí misma, dándole la espalda al balcón y entrando de nuevo a sus opulentas habitaciones.
Dentro la esperaba una escena completamente distinta. Marie, su dama de compañía principal y la única en quien realmente podía confiar en este palacio, la aguardaba junto a tres modistas de la corte real. Sobre los percheros dorados descansaban cuatro imponentes vestidos de gala, enviados directamente por el taller del diseñador imperial para que la princesa eligiera su atuendo para la gran noche.
—Su Alteza Real —dijo Marie, haciendo una profunda reverencia—. Los costureros han terminado las modificaciones de última hora. ¿Le gustaría empezar a probárselos?
Vivianne se acercó a los vestidos, deslizándose entre las telas con paso lento. El primero de la izquierda era una opulenta pieza de tul y seda en un tono rosa viejo, cubierto de perlas diminutas y bordados florales. Un diseño clásico para una princesa joven y dócil.
Al verlo, Vivianne sintió un rechazo visceral. En su vida pasada, había elegido exactamente ese vestido rosa. Alexander le había dicho días antes, con total falsedad, que el rosa era el color que mejor resaltaba su "pureza", y ella, queriendo complacerlo, se había presentado al baile pareciendo una muñeca frágil lista para ser manipulada.
—Llévense este —ordenó Vivianne, señalando el vestido rosa con un gesto cortante de su mano—. No quiero volver a ver ese color en mi guardarropa. Es demasiado blando. Demasiado... ingenuo.
Las modistas se miraron entre sí, sorprendidas. La princesa Vivianne solía preferir los colores pasteles y los diseños discretos que no llamaran demasiado la atención de la corte. Marie, sin embargo, asintió de inmediato y les hizo una seña a las costureras para que retiraran la prenda sin chistar.
Vivianne continuó revisando los percheros hasta que sus ojos se clavaron en el último diseño. Sus dedos rozaron la tela y una chispa de satisfacción brilló en su mirada de obsidiana.
Era un vestido confeccionado en seda pesada de color **azul medianoche**, tan oscuro que en las sombras parecía negro, pero que bajo la luz del sol revelaba destellos plateados que imitaban un cielo nocturno estrellado. El corsé era de una estructura firme, ajustado a la perfección, con un escote elegante en corte corazón que realzaba la postura erguida y aristocrática de Vivianne. Las mangas eran caídas, de un encaje plateado finísimo que caía como hilos de luna sobre sus brazos, y la falda caía con un peso imponente, abriéndose en una cola sutil que exigiría que cualquiera se apartara a su paso.
No era el vestido de una víctima. Era el vestido de una soberana dispuesta a reclamar su trono.
—Quiero este —declaró Vivianne, con una firmeza que no admitía réplicas.
—Es una elección magnífica, mi princesa —comentó Marie, con los ojos brillando de admiración—. Es imponente. Nadie en el salón de baile podrá apartar la mirada de usted. ¿Y qué hay de la máscara, Su Alteza?
Vivianne caminó hacia su tocador, donde reposaba una pequeña caja de terciopelo. Al abrirla, reveló una máscara de metal forjado a mano, tan fina que parecía encaje, bañada en plata pura. No cubría todo su rostro, solo la parte superior, permitiendo que sus ojos y sus labios quedaran perfectamente expuestos.
—Esta será suficiente —respondió, sosteniendo la máscara plateada contra la luz—. Alexander pensará que se encontrará con la misma paloma asustada de siempre. No tiene idea de que lo que va a recibir es un halcón listo para cazar.
Marie ayudó a las modistas a ajustar el vestido azul en el cuerpo de la princesa. Mientras las agujas y las cintas métricas se movían a su alrededor, Vivianne se miró en el gran espejo de cuerpo entero. La transformación era absoluta. La vulnerabilidad de la noche anterior, el llanto en los brazos de su padre, se habían resguardado en lo más profundo de su pecho. Lo que el espejo le devolvía ahora era una mujer fría, majestuosa y letal.
El tablero estaba listo. El vestido estaba elegido. El traidor Alexander estaría esperando en el jardín, confiado en su red de mentiras, y la víbora de Lucia seguiría rabiando por no poder controlarla.
Vivianne sonrió frente a su reflejo, ajustando la máscara plateada sobre sus ojos. Que comience el juego.
felicidades por tus novelas.