un caos en tacones
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Capitulo uno
Bendito sea el caos (y el café cargado)
Hola. Soy yo, el que vive aquí adentro, justo al lado de su sentido común (que a veces se toma vacaciones). Permítanme presentarles a Renata. Sí, esa mujer menudita que apenas alcanza la alacena y de puntitas, pero que camina como si fuera la dueña del maldito edificio. Mírenla: rizos perfectos, curvas que harían que un ciego recobrara la vista y una mirada que dice "atrévete a cuestionarme y te arrepentirás".
Renata ajustó su falda de lápiz color esmeralda y suspiró mientras cruzaba la entrada del jardín de niños "Rayito de Sol". Eran las siete de la mañana.
—Buenos días, Miss Renata —dijo el conserje, bajando la vista.
—Buenos días, Don Pepe. ¿Ya arreglaron la gotera del salón cuatro o tengo que ir a buscar las herramientas yo misma? —respondió ella con una sonrisa que era mitad cortesía y mitad amenaza.
¿Ven? Inteligente, elegante y sarcástica hasta la médula. Para ella, el amor es un invento del marketing para vender chocolates baratos. Su vida son sus niños, su orden y su paz. O al menos, eso cree ella.
A mitad de la mañana, el caos se desató. Un niño decidió que el pegamento blanco era un excelente acondicionador para el cabello de su compañera. Renata, con la paciencia colgando de un hilo, tomó aire y miró hacia el techo, como buscando una señal de humo.
—Dios, soy yo de nuevo —susurró, cerrando los ojos—. Sé que me diste este trabajo porque tengo el don, pero si no me das paciencia ahora mismo, voy a necesitar que me pagues la fianza. Tú eliges.
Me encanta cuando habla con el "Jefe de Arriba". Es su único momento de vulnerabilidad, aunque lo haga sonar como una transacción de negocios.
Renata terminó de limpiar el desastre, manteniendo su porte impecable. No importaba qué tan difícil fuera el día, ella no se doblaba. Al salir del jardín de niños, ya de noche, su mente solo pensaba en una copa de vino y un libro.
Sin embargo, al llegar a su auto, notó algo fuera de lugar. Un vehículo negro, blindado y ridículamente caro, estaba bloqueando su salida.
—Lo que me faltaba —masculló Renata, cruzándose de brazos—. Algún idiota con complejo de superioridad cree que el asfalto es su sala de estar.
Se acercó a la ventanilla oscura y golpeó el vidrio con sus nudillos perfectamente manicurados.
—¡Oye! ¡Mueve este tanque de guerra o llamo a la grúa ahora mismo!
Oh, querida Renata... si supieras que detrás de ese vidrio no hay un "idiota", sino el hombre que va a poner tu mundo de cabeza. Prepárense, porque aquí es donde la inteligencia de ella choca contra el frío acero de la mafia rusa. Y créanme, esto va a doler... pero de la mejor manera.
La puerta se abrió lentamente, y lo primero que Renata vio fue un zapato de cuero italiano que costaba más que su auto. Luego, una pierna interminable, y finalmente, él. Un muro de 1.90 metros de pura frialdad y una sonrisa que, aunque era pecaminosa, le dio ganas de darle una bofetada.
—¿Decías algo, pequeña mujer? —dijo la voz de Alek, con un acento que haría vibrar hasta los cimientos del jardín de niños.
Renata no retrocedió ni un centímetro.
—Dije que muevas el tanque, Gigante de Vitrina. Tengo prisa.
Y así, amigos míos, es como comienza la Tercera Guerra Mundial
besos xxx