Alexa Hills desprecia a su jefe, el arrogante y poderoso Azkarion DArgent, casi tanto como a su asfixiante deuda. Sin embargo, cuando un oscuro incidente destruye su estabilidad, la renuncia parece su única salida... hasta que Azkarion le presenta una oferta imposible de rechazar.
A cambio de su libertad financiera, Alexa deberá firmar un contrato de matrimonio y entregarse al mundo de un hombre con obsesiones ocultas y una tentación secreta que roza lo prohibido. Atada por un papel y rodeada de lujos peligrosos, Alexa descubrirá que el mayor riesgo no es el contrato, sino sucumbir a los deseos irresistibles que su "esposo" despierta en ella.
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capitulo 3
El despertador no tuvo que esforzarse mucho para sacarme del sueño; apenas había logrado cerrar los ojos durante dos horas. Me senté en el borde de la cama, sintiendo el peso de la seda negra del vestido que aún descansaba sobre la silla, como un recordatorio mudo de la rendición de anoche. Mis dedos todavía hormigueaban donde Azkarion había presionado su boca contra mis nudillos. Aquel beso no había sido un gesto de cortesía, sino el sello de una propiedad adquirida.
Me puse de pie y caminé hacia la pequeña cocina. El silencio de la casa me resultaba ensordecedor. Mi padre dormía en la habitación de al lado, roncando con una pesadez que delataba su agotamiento crónico. No sabía que, mientras él soñaba con deudas y juicios, su hija mayor acababa de venderse al hombre que encarnaba todo lo que él odiaba del mundo corporativo.
Me preparé un café cargado, observando cómo el vapor se disolvía en el aire frío de la mañana. Me sentía extraña. Había una mezcla de alivio corrosivo y una náusea persistente en la boca del estómago. Ya no había deudas. La casa era nuestra otra vez. Pero el precio… el precio era levantarme cada mañana y mirar a los ojos al arquitecto de mi propia jaula.
Llegué a la oficina media hora antes de lo habitual. Necesitaba recuperar el control de mi entorno antes de que él apareciera. Sin embargo, al abrir la puerta de su despacho para dejar la agenda del día, me detuve en seco. Azkarion ya estaba allí. No llevaba la chaqueta del traje, y las mangas de su camisa blanca estaban remangadas hasta los codos, revelando unos antebrazos potentes y venosos que trabajaban con furia sobre una pila de documentos.
No levantó la vista, pero supe que sentía mi presencia. El aire en la habitación cambió, volviéndose más denso, cargado de esa electricidad estática que siempre lo rodeaba.
—Llegas temprano, Alexa —dijo, y su voz, más grave de lo normal debido a la hora, vibró en el centro de mi pecho.
—Hay mucho que organizar antes de que el consejo llegue —respondí, manteniendo mi tono profesional, aunque mis manos temblaran levemente al colocar la carpeta sobre su escritorio—. El contrato que firmamos anoche…
—Ya está en manos de mis abogados para la protocolización —me interrumpió, levantando finalmente la mirada. Sus ojos grises estaban inyectados en sangre, como si no hubiera dormido en absoluto. Me recorrió con lentitud, deteniéndose en mi cuello antes de volver a mis ojos—. No hay vuelta atrás. Espero que lo entiendas. A partir de hoy, tu puesto como asistente es solo una fachada para el mundo exterior. En privado, te preparas para mudarte a mi residencia este fin de semana.
—¿Este fin de semana? Azkarion, necesito tiempo para explicarle a mi familia, para…
Se levantó con una agilidad que me hizo retroceder un paso. Rodeó el escritorio, invadiendo mi espacio personal con esa confianza depredadora que tanto detestaba y que, al mismo tiempo, hacía que mis sentidos se pusieran en alerta máxima. Se detuvo tan cerca que pude oler el aroma a café expreso y ese perfume de sándalo que ahora asociaba con mi perdición.
—Tu familia creerá que te han ascendido a una posición de confianza que requiere disponibilidad absoluta —dijo, bajando la voz hasta convertirla en un susurro peligroso—. Les dirás lo que sea necesario para que no hagan preguntas. No quiero dramas, Alexa. Quiero eficiencia.
Extendió una mano y, con una lentitud tortuosa, rozó el lóbulo de mi oreja con la punta de sus dedos. El contacto envió una descarga de calor directamente a mi vientre. Odiaba cómo mi cuerpo traicionaba mi mente cada vez que él se acercaba. Mi respiración se volvió errática, y él pareció disfrutarlo, porque una sonrisa casi imperceptible curvó sus labios.
—¿Te da miedo, Alexa? —preguntó, su dedo descendiendo ahora por la línea de mi mandíbula hasta detenerse en mi barbilla, obligándome a sostenerle la mirada—. ¿Te da miedo el contrato o te da miedo lo que sientes cuando te toco?
—Siento asco, Azkarion —mentí, aunque mi voz sonó más como un gemido que como una acusación.
Él soltó una carcajada seca y se alejó, dejándome repentinamente fría.
—Mientes tan mal. Pero eso es lo que te hace interesante. Ahora, trae el informe de la auditoría. Tenemos una empresa que destruir antes del almuerzo.
El resto de la mañana fue un desenfreno de actividad. Azkarion estaba en pie de guerra, despidiendo directivos y reestructurando departamentos con una crueldad clínica. Yo me movía a su alrededor como una sombra, procesando órdenes, filtrando llamadas y tratando de ignorar las miradas curiosas de mis compañeros. Todos notaban algo diferente. Quizás era la forma en que él me llamaba por mi nombre sin el "Hills", o la manera en que su mirada me seguía cada vez que salía de la habitación.
A mediodía, me llamó a su oficina de nuevo. Esta vez la puerta estaba cerrada.
—Siéntate —ordenó, señalando la silla frente a él.
En la mesa no había documentos de trabajo, sino un estuche de terciopelo azul. Lo abrió para revelar un anillo de diamantes tan grande que parecía obsceno. La luz de los ventanales se fragmentaba en mil colores sobre las facetas de la piedra.
—Póntelo —dijo de forma escueta.
—Es demasiado —susurré, mirando la joya con desconfianza—. Parece una cadena, no un anillo.
—Es una marca de posición. Mañana por la noche tenemos la gala de la Fundación Marat. Allí anunciaremos nuestro compromiso de manera "accidental" ante la prensa. Necesitas lucir como la mujer que ha logrado domar al CEO de DArgent.
Tomó mi mano izquierda con una firmeza que no admitía réplica. Sus dedos eran largos y cálidos, contrastando con el frío del metal cuando deslizó el anillo en mi dedo anular. El peso de la joya era real, un recordatorio físico de que mi libertad había sido canjeada por piedras preciosas y cuentas bancarias saldadas.
—¿De verdad crees que alguien se creerá que estamos enamorados? —pregunté, intentando retirar mi mano, pero él la retuvo, frotando su pulgar sobre mis nudillos con una sensualidad deliberada que me hizo estremecer.
—No necesitan creer en el amor, Alexa. Necesitan creer en la pasión. La gente perdona cualquier locura si creen que es fruto del deseo incontrolable. Y tú y yo… —se inclinó hacia adelante, sus ojos brillando con una oscuridad que me hizo apretar las piernas instintivamente—, tú y yo tenemos suficiente tensión acumulada para quemar este edificio entero.
Me soltó bruscamente y volvió a sus papeles, dándome a entender que la audiencia había terminado. Salí de allí con el corazón martilleando contra mis costillas. Me encerré en el baño de mujeres y apoyé las manos en el lavabo, mirando el anillo. Brillaba con una intensidad insultante. Me lavé la cara con agua fría, tratando de borrar la sensación de sus dedos sobre mi piel, pero el rastro de su tacto parecía haberse filtrado bajo mis poros.
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