Alina Rinaldi siempre ha sabido cuál es su lugar: obedecer, callar y sobrevivir dentro de un clan que nunca ha sido realmente suyo.
Adriano Vassari nació para mandar. Como heredero de una de las dinastías más poderosas, su futuro ya está escrito… incluso si eso significa casarse con una desconocida.
Cuando sus caminos se cruzan lejos de las reglas y los nombres que los atan, lo que comienza como un encuentro casual se convierte en algo imposible de ignorar.
Pero en un mundo donde la sangre lo define todo, hay verdades que no pueden ocultarse para siempre.
Y cuando salgan a la luz, no solo destruirán el acuerdo que los une…
podrían destruirlos a ellos también.
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CAPÍTULO 3
Alina
Plantada.
Esa era la palabra exacta para describir mi situación.
Llevaba más de una hora sentada en una de las salas más opulentas de la mansión Vassari, esperando a un hombre que, evidentemente, no pensaba aparecer.
El silencio era incómodo. Pesado.
Podía sentir las miradas, la tensión contenida, la molestia disfrazada de cortesía.
Esa mañana había intentado escapar.
Pero los hombres de mi padre me lo impidieron.
Y ahora ahí estaba… vestida con el traje más costoso que tenía, impecable, perfecta… para nadie.
Solté un suspiro y me levanté.
—Tengo un compromiso. Me tengo que ir.
Mi padre me miró de inmediato.
—Te quedas, Alina.
Lo miré, firme.
—No. No me voy a quedar esperando a alguien que claramente no piensa venir.
Mis palabras cayeron como un golpe.
Noté la incomodidad en la mujer que estaba allí —la madre de él, supuse—, pero no me importó.
Ni un poco.
—El “caballero” del que hablabas no va a aparecer —añadí, con frialdad.
Mi padre apretó la mandíbula.
No dije más.
Me disculpé con una formalidad que no sentía y salí de la mansión sin mirar atrás.
Sabía lo que estaban haciendo.
Buscándolo.
Intentando ubicarlo en una ciudad de millones de habitantes.
Patético.
Subí a mi auto, aún furiosa.
El aire me quemaba en el pecho.
Mi padre se quedó atrás, tratando de salvar una reunión que ya estaba perdida.
Yo no.
Yo ya había tomado una decisión.
Conduje directo a la ciudad neutral.
Al parque.
A la fuente.
A él.
No tenía sentido.
No creía en esas cosas.
No puedes enamorarte de alguien en un día.
Eso es ridículo.
Pero tampoco podía negar algo:
Con él… era diferente.
No me juzgaba.
No me medía.
No esperaba nada.
Y yo hacía lo mismo.
Eso… era libertad.
Caminaba por las calles del centro, rodeada de cafeterías pequeñas y encantadoras, cuando lo vi.
Estaba dentro de una de ellas.
Sentado.
Leyendo.
Vestido de forma sencilla, relajada… como si perteneciera a ese lugar.
Como si no existiera nada más allá de esas páginas.
Entré.
El sonido de mis tacones resonó en el espacio, pero él no levantó la mirada.
Estaba completamente concentrado.
Me acerqué despacio.
—¿Puedo sentarme?
Levantó la vista.
Y sonrió.
Como si ya me esperara.
—Claro.
Cerró el libro sin dudarlo.
Eso… me gustó más de lo que debería.
Pedí un café y una galleta de avena.
Y empezamos a hablar.
De libros.
De viajes.
De cosas simples… que no eran tan simples.
El tiempo pasó sin que lo notáramos.
Cuando salimos, el sol estaba en su punto más alto, iluminándolo todo con una calidez casi irreal.
Caminábamos sin rumbo.
Cómodos.
Naturales.
—Estás bastante arreglada —dijo de pronto—. ¿Alguna reunión importante?
Rodé los ojos.
—Ni me lo recuerdes.
Sonrió levemente.
—¿Tan mal estuvo?
—Me dejaron plantada —respondí—. En una reunión que, según mi padre, era “crucial” para la familia.
Me miró un segundo más de lo normal.
—Lo lamento.
Seguimos caminando.
Había algo curioso: él conocía la ciudad demasiado bien.
La gente lo saludaba.
Y él respondía con una naturalidad que no encajaba con alguien común… pero tampoco con alguien que buscara destacar.
Llegamos a un restaurante hermoso, escondido entre calles tranquilas.
Parecía sacado de un cuento.
Nos sentamos en el jardín interior.
El ambiente era íntimo, casi suspendido en el tiempo.
—¿Qué edad tienes? —pregunté.
—Treinta y seis. ¿Y tú?
—Veintiséis.
Guardó silencio unos segundos.
Lo miré.
—¿Qué?
—Nada —dijo, con una ligera sonrisa—. Eres bastante madura para tener veintiséis.
Alcé una ceja.
—¿Insinúas que me veo mayor?
—No —respondió—. Digo que no pareces de tu edad.
Sonreí.
—Siempre ha sido así.
Después de almorzar, caminamos un poco más.
El tiempo se volvió ligero.
Hasta que él se detuvo.
—Tengo que ir a casa.
Asentí.
—¿Te molesta si te acompaño?
Negó suavemente.
—No.
Caminamos en silencio.
Un silencio cómodo.
Llegamos a un edificio alto, elegante.
Subimos al último piso.
Cuando las puertas del ascensor se abrieron… lo entendí.
La vista.
El parque.
La fuente.
Todo estaba ahí.
Entré con cuidado.
El apartamento era amplio, limpio, ordenado.
Demasiado.
No había fotos.
No había rastros personales.
Era… contenido.
—Siéntete como en casa —dijo.
Me ofreció una bebida.
La tomé.
—Vives solo.
—Sí.
Se sentó a mi lado con unos documentos que dejó a un lado casi de inmediato.
Miré por la ventana.
—Tienes una vista hermosa.
—Me gusta ese parque.
Lo miré.
Y algo cambió.
No fue brusco.
No fue evidente.
Pero estaba ahí.
Me acerqué un poco.
Él no se movió.
No retrocedió.
Solo me observó.
Como si esperara.
Como si me dejara decidir.
Y lo hice.
Nuestros labios se encontraron de nuevo.
Pero esta vez no fue un roce.
Fue más profundo.
Más lento.
Más consciente.
Había algo ahí… difícil de nombrar.
No era solo atracción.
Era calma.
Era peligro.
Era… verdad.
Sus manos no invadían.
No exigían.
Solo estaban.
Presentes.
Como si entendiera exactamente hasta dónde llegar.
Y eso… me desarmó.
Porque por primera vez…
no me sentía atada a un apellido.
No sentía el peso de una decisión que no era mía.
No era la hija obediente.
No era la prometida de nadie.
Solo era yo.
Y él…
era el único que parecía verlo.
Cuando nos separamos, el silencio volvió.
Pero no era incómodo.
Era… íntimo.
Lo miré.
Y supe algo que no quería admitir:
Esto no era un error.
Era el inicio de algo mucho más peligroso.