La alta sociedad aveces pasa por momentos de locura, al igual que está historia que está llena de momentos locos nuestra historia estará llena de aventuras, dramas y mucha pasión.
NovelToon tiene autorización de Luisa Galli para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
El Progreso
El rugido del automóvil anunció la llegada de los viajeros.
En la escalinata principal, Eleanor aguardaba con la serenidad de una estatua. Vestía un traje de lino claro, ajustado al talle. A su lado, se encontraba su dama de compañía, la joven Clara Ashford.
—Por todos los cielos… —murmuró Clara, tapándose los labios con asombro—. ¡Ha llegado sobre eso!
—Y con ruido suficiente para despertar a los antepasados —respondió la duquesa con un leve destello de diversión cruzaba sus ojos.
El conde William Brown descendió primero, sacudiéndose el polvo del viaje. Luego el marqués Frederick Bellucci.
—Eleanor —saludó William con una inclinación respetuosa—. Wynthorne luce tan espléndida como la recordaba.
La duquesa sonrió levemente.
—Y tú, William, llegas tan imprudentemente como siempre. ¿Es esto lo que llaman progreso?
—Progreso y aventura, mi señora —replicó él, divertido—. Permíteme presentarte al marqués Frederick Bellucci, amigo de confianza.
Frederick se inclinó con elegancia.
—Es un honor, duquesa. He oído tanto de Wynthorne que casi temo decepcionarme al verla con mis propios ojos.
—No es culpa de los ojos si se maravillan —replicó Eleanor con sutileza
William sonrió, acostumbrado a la agudeza de su amiga. Dominic, en cambio, quedó un instante en silencio antes de replicar con diplomacia.
Los condujo al interior de la mansión, mientras los sirvientes se apresuraban a guardar el automóvil en los establos vacíos.
El vestíbulo de Wynthorne conservaba el aire solemne de las antiguas casas nobles. Sin embargo, se notaban detalles nuevos: un telefono, un gramófono y electricidad en toda la casa. Eleanor, pese a su fama de tradicional, había aprendido a dialogar con los tiempos.
Durante la tarde, los visitantes fueron instalados en habitaciones con vista al jardín. El té acomoaña conversaciones.
—Debo agradecerte, Eleanor, por recibirnos sin aviso previo —dijo William—. Sabía que no rehusarías ayudarme con el proyecto.
—No rehúso lo que beneficia al pueblo —contestó ella con serenidad—. Pero antes de hablar de números, deseo saber qué se esconde tras tanto entusiasmo.
Frederick intervino, con tono ligero:
—No hay misterio, duquesa. Solo un deseo de prosperidad. Invertir en la tierra es asegurar el porvenir.
Eleanor lo miró con interés.
—¿Lo dice un hombre de ciudad? Sorprendente. Pensé que el mármol y el humo de las fábricas eran sus únicas tierras.
El marqués sonrió, reconociendo el golpe.
—He aprendido que incluso el humo necesita raíces, señora.
William soltó una leve carcajada.
—Si continúan así, el proyecto se resolverá antes de la cena.
—La cena servirá para continuar la batalla, entonces. Me intriga ver si el marqués mantiene su temple con vino en la copa.
—Y a mí me intriga si la duquesa concede victorias con vino en los labios —replicó Frederick.
Por un momento, la tensión flotó en el aire, pero fue William quien la disipó levantándose.
—Brindemos esta noche por el futuro de Wynthorne y por la cortesía que aún sobrevive entre viejos amigos.
Eleanor sonrió.
—Brindaremos, sí, aunque la cortesía sea lo primero que el progreso intenta reemplazar.
La cena se sirvió en el gran comedor, bajo una lámpara de cristal que lanzaba destellos sobre el mantel blanco. En el centro, un jarrón con lirios perfumaba el ambiente. Los criados iban y venían en silencio; Clara, situada junto a la duquesa, cumplía su papel con la elegancia de quien ha sido bien educada.
El menú era una sinfonía de los sentidos: sopa de castañas, faisán con salsa de vino y pastel de manzana con crema. Frederick, habituado a los banquetes de su tierra italiana, alabó cada plato con entusiasmo genuino.
—No recordaba que Inglaterra pudiera ser tan deliciosa —comentó—.
—Quizá la compañía ayuda —replicó Eleanor, sirviéndose una copa de vino.
William observó el intercambio con cautela. Sabía que la duquesa había pasado meses en luto, refugiada entre sus dominios, y que su humor se había vuelto más filoso que nunca. Frederick por su parte, parecía disfrutar del desafío.
—Entonces hablemos de tierras —dijo Eleanor, volviendo al asunto—. ¿Qué propone exactamente este proyecto de expansión?
El conde explicó con claridad los planes de cultivo, los canales de riego y la posibilidad de dar empleo a cientos de familias.
—¿Modernizar? ¿Convertir los campos en fábricas de trigo?
William intervino con tono conciliador.
—Eleanor, el marqués solo busca una manera de hacer prosperar la región.
—Lo entiendo —dijo ella suavizando el gesto—.Si el proyecto se hace, será con respeto por la tierra y por su gente.
—En eso coincidimos, duquesa. El oro no vale si no nace del trabajo justo.
Hubo un silencio breve, casi solemne. Luego Eleanor sonrió apenas. Ella sostuvo su mirada un instante antes de desviar los ojos hacia su copa.
—Frederick cuéntales de nuestro viaje.-
El marqués se lanzó a relatar las peripecias del trayecto: los baches, las gallinas, el campesino que juró haber visto un carro del infierno. Eleanor escuchaba riendo, y hasta Clara dejó escapar una carcajada suave.
Frederick levantó su copa.
—Brindo por ello. Por la amistad, la tierra y por la temeraria valentía de los que confían en el progreso.
Eleanor alzó la suya, mirándolo con interés renovado.
—Y yo brindo por los hombres que saben discutir sin olvidar el respeto.-
Las copas tintinearon. El ambiente, ahora cálido, se llenó de conversaciones suaves. Eleanor, entretanto, escuchaba al marqués describir la vida en sus tierras mediterráneas, el sol, los viñedos, la música.
—Debe de ser hermoso —dijo ella con nostalgia—. Aquí el invierno siempre se alarga.
—El sur —contestó él— tiene la ventaja de esconder su tristeza tras el otoño.
Sus miradas se cruzaron otra vez, brevemente. No hubo palabras, pero el silencio habló lo suficiente.
La duquesa se levantó con elegancia.
—Caballeros, ha sido un día largo. Mañana podremos revisar los documentos y decidir los próximos pasos. Por ahora, confío en que Wynthorne les brinde descanso.
—El descanso será un lujo después de una cena tan iluminada, señora.
Ella sonrió apenas.
Con esas palabras se retiró del salón, seguida por Clara.
El reloj marcó la medianoche, y el eco de aquella frase se perdió entre las columnas antiguas.