Alana Díaz es una estudiante decidida a graduarse por sus propios méritos, lejos de los lujos y el caos de la gran ciudad. Pero su vida da un giro irreversible al entrar como pasante en el imperio de Leonardo Salvatore, un CEO tan influyente como implacable que no está acostumbrado a que le digan que no.
Lo que comienza como una relación profesional se convierte en un juego de seducción y peligro. Tras un violento "accidente" que deja a Alana vulnerable y bajo el cuidado personal de Leonardo en su lujoso Penthouse, la barrera entre el jefe y el protector se desvanece, dando paso a una pasión que ambos intentaron contener.
Sin embargo, el amor no es lo único que crece entre ellos. Mientras Alana lucha por mantener su independencia, una red de envidias, secretos de élite y una madre dispuesta a todo por mantener el "apellido" amenazan con destruirlo todo. En un mundo donde el dinero lo compra todo, ¿podrá el amor de una "pueblerina" sobrevivir a la furia de quienes lo quieren ver cae
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CAPÍTULO 1
¿Por qué la vida es tan difícil para las personas pobres?
Soy Alana Díaz, una mujer de 22 años que lucha por salir adelante, a duras penas estoy tratando de terminar la universidad, estoy en mi último año de la carrera de Administración de empresa y a la vez trabajo medio tiempo en una tienda de ropa como despachadora.
Me vine a la gran ciudad cuando tenía 17 años después de terminar mi bachillerato en una escuela rural, mi mamá y mi hermana quedaron en aquel pueblo que no ofrecía más que ser la mujer de algún hombre viejo capataz. Yo anhelaba desde muy pequeña ser alguien en la vida. Así que terminando la escuela tomé la decisión de venir a la ciudad a cumplir mi sueño.
Me quedé un tiempo con mi tía, a lo mucho un año, hasta que mi cumplí los 18 años. Ella (mi tía Sabine) quería que dejara de estudiar y buscara un trabajo para que le ayudara con los gastos de la casa. Yo era una carga más, siempre me lo decía.
Así que tomé mis cuatro trapos y salí de la casa. Las primeras noches estuve durmiendo como indigente en el parque, soportando el frío de aquella época, un frío que calaba mis huesos y me hacia doler mi corazón, sentía que no era más que una hormiga en este mundo.
Poco después empecé a trabajar como mesera en un restaurante, y con ese primer sueldo, conseguí alquilar un cuarto, y aunque era pequeño para mí era más que suficiente.
Tuve que dejar la universidad ese año y aunque mi sueño se pausaba un momento no significaba que iba a renunciar a ello.
Me enfoqué en ahorrar un poco de dinero para la matrícula del próximo año y todos los gastos que conllevaba estudiar.
¿Cuándo dejé de ser mesera? Cuando un hombre mayor me tocó mi trasero, recuerdo ese día, solo me giré hacia él, lo vi con desprecio y le di una cachetada. Jamás un hombre me había tocado, no había tenido ni siquiera novio en mi pueblo, y si escapé de ese lugar era porque no quería terminar como mi madre y mi hermana.
—Muchachita estúpida, ¿quién te crees para pegarme? ¿Acaso no sabes quién soy? Con solo tronar mis dedos hago qué te despidan en este instante.
— No me importa quien sea, usted no puede tocarme, es un viejo atrevido.
Mi jefe se acercó a la mesa y se disculpó con el señor. Dirigió su mirada a mis ojos.
— Acompáñame Alana — lo seguí, sentía que me iba a despedir.
— Antes que me despida — hablé con un poco de miedo — renuncio.
— Sabes que hiciste mal.
— No, no hice mal, solo defendí mi valor como mujer. No me importa quien sea ese señor, pero mi cuerpo es mío y nadie debe tocarlo sin mi permiso.
— Él es alguien importante. Tu vida puede cambiar, sabías.
— Sé que usted pensara que solo soy una chica de pueblo, que no tengo donde caer muerta, y si es verdad, no tengo nada, pero eso no significa que tienen que violentarme de esta forma. Así que en este momento renuncio — me quité el delantal blanco y se lo di.
Mi jefe no dijo nada. Caminó a la caja, sacó algo de dinero y me lo dio. Me finiquitó ahí mismo.
Salí del restaurante con mi dignidad alta, pero con lágrimas en mis ojos. Mi único sustento en esta ciudad abrumadora se había esfumado.
Al día siguiente, empecé a buscar trabajo, no me podía permitir descansar, sabía que si quería seguir viviendo, tenía que trabajar.
Pasaron 2 semanas, hasta que conseguí un trabajo de medio tiempo en una tienda de ropa, cercana a la universidad.
Llegada la fecha de matrícula, me inscribí a mi segundo año, había perdido uno, mis compañeros habían avanzado y yo me había quedado atrás, pero no importaba, mi esfuerzo también valía la pena.
Así transcurrió el tiempo en un abrir y cerrar de ojos, ahora estoy en mi último año. Me siento agotada, haciendo el doble de esfuerzo que los demás. La señora dueña de la tienda, siento que me ha ayudado de cierta manera, porque me ha tenido mucha paciencia. Me ha enseñado a usar la máquina de costura y en mis tiempos libres, elaboro corbatas y pañuelos, que luego vendo con mis compañeros y maestros. Todo dinero extra es una bendición.
Ahora, una Alana de 22 años puede contestar aquella pregunta que me agobiaba desde que pisé la ciudad, ¿Por qué la vida es tan difícil para las personas pobres? porque no hay margen de error. Para alguien como yo, es quedarse sin comida y sin techo. La pobreza nos obliga a ser perfecto, a no cansarse nunca y a tener una voluntad de hierro solo para llegar a la línea de salida donde otros ya están parados
pobre leo cuando lo sepa 🥺🥺
leo
creen que eres un niño que pueden jugar contigo demuestrsles que no
debe pagar